Biopoder como pospolítica
- 30/05/2026 00:00
Recientemente Manuel Alcántara (Huellas de la democracia fatigada, 2024) enfatizó que regímenes democráticos “fatigados” prefieren descansar en dispositivos tecnológicos y en shows mediáticos para lograr la sumisión y apatía de los ciudadanos, y así imponer políticas que una sana democracia deliberativa habría rechazado. Quizás este subrepticio desplazamiento de la política por algo menos escandaloso que la toma del poder por regímenes totalitarios, no sea nada nuevo, aunque ahora se le llame pospolítica.
Por eso, vale la pena explorar el pensamiento del filósofo italiano Giorgio Agamben, quien hizo suya la tesis de Michel Foucault sobre la incubación de la categoría “biopolítica” como ‘saber disciplinario’ para domeñar a los seres humanos con el fin de someterlos a los designios de las élites de poder. Como explicaré a continuación, la tesis de Agamben ofrece una variante mucho más radical.
Ya desde el primer volumen de su monumental obra, Homo Sacer (El poder soberano y la nuda vida, 1995), Agamben, siguiendo a Foucault, sostiene que la vida natural del ser humano en la era moderna difiere de la perspectiva introducida por Aristóteles. La visión del estagirita, que prevaleció durante siglos, fue la del animal propenso a vivir una existencia política idónea, que lo habilitaba para decidir entre lo que es justo y lo que no lo es (Política 1253a).
En la era moderna, se produce un cambio a partir del cual la vida natural está puesta en entredicho por la mediación de las prácticas y normativas políticas disciplinarias. En consecuencia, este ser humano moderno está despojado del derecho a discernir lo que es justo, por lo que está desprovisto del atributo de sus derechos. La biopolítica emerge cuando la política se define, no por el logos, sino por las políticas económicas que controlan la vida de los individuos, y que Foucault llamó “gubernamentalidad”.
Foucault no profundizó en el hecho más decisivo de la modernidad, en opinión del autor de Homo Sacer. Para Agamben la clave para entender la política no es tanto que el ser humano esté inserto en la polis, sino la dilución de la frontera entre physis y nomos, o entre Zoe (“vida natural”, confinada a la esfera de las necesidades de la especie) y Bíos (“vida grupal”, manera de vivir cualificada en común con otros).
Esta distinción se expresa también en la contraposición formulada por Hannah Arendt (La condición humana, 1958) entre el ámbito de la labor y el de la acción. Mientras que la primera es una referencia a la reproducción social de la vida, en donde el quehacer diario se impone como leyes de hierro, la segunda es la que origina la praxis política. En Arendt, la modernidad se perfila como la prevalencia de la primera, lo que conduce a la tendencial desaparición de la segunda.
Para Agamben, ya desde la antigüedad clásica, el poder se incrusta en la vida natural (zōé) dentro de los mecanismos de control estatal; es decir, se inserta al individuo dentro del derecho mediante su «exclusión». Por ende, el crear las condiciones jurídicas para que el poder soberano despoje de su derecho a los ciudadanos y los confine a la ‘animalidad’ requiere la introducción del “estado de excepción”.
Entendida así la ubicuidad de la política, Agamben pone de relieve el hecho de que las políticas del biopoder se desarrollaron en la era moderna, alcanzando su cúspide en el siglo XX. De acuerdo con esta figura, que desempeña un papel central en el aporte que hace Agamben, el poder estatal arremete contra la vida de cualquier individuo marcado como superfluo. Las políticas del gobierno de Trump contra los migrantes ejemplifican patéticamente este enunciado. Es así como el biopoder se convierte, si seguimos el paradigma del filósofo italiano, en el más importante dispositivo pospolítico de la época actual.
El (bio)poder soberano puede, entonces, definirse como el marco político y jurídico que incluye bajo el mismo paradigma del «estado de excepción» los confinamientos migratorios, los gulags soviéticos y los campos de exterminios nazis, así como los confinamientos por crisis sanitarias. Así, el derecho moderno viola su núcleo emancipatorio, como medio de inmunizar a la comunidad frente a la violencia que pudiera nacer en su seno, si no se actuase de esta manera.
Dentro de esa lógica cae el caso de Guantánamo, territorio cubano bajo el poder de imperio norteamericano. Es decir, un gobierno en principio democrático que comete diariamente todo tipo de desmanes contra privados de libertad. Potencialmente, indica Agamben, cualquier ser humano, en ciertos supuestos, podría terminar en un “Guantánamo”.
La lucha por los derechos de carácter emancipatorio o reivindicativo queda relegada, desde sus inicios, a esa zona de indistinción de los individuos: todos, y cada uno de nosotros, estamos siempre en esa realidad de indefinición frente a las medidas excepcionales que puede tomar un Estado soberano en situaciones límite. La práctica de enfatizar la importancia del estado de excepción, como el principal instrumento de defensa del Estado, hace que las diferencias entre las dictaduras totalitarias y los gobiernos democráticos se tornen borrosas. La vida sigue así inmersa en la pospolítica.