Crímenes contra la humanidad, genocidios y la historia real
- 31/03/2026 00:00
La Asamblea General de la ONU aprobó el miércoles pasado, con 123 votos a favor, 3 en contra y 52 abstenciones, una resolución que califica únicamente la trata transatlántica de esclavos y la esclavitud racializada de africanos como “el crimen de lesa humanidad más grave” de la historia (desde 1500 hubo crímenes mucho mayores) si consideramos que la historia universal comenzó hace cinco siglos, cuando se integró a ella América y parte de Oceanía. Antes del siglo XVI, la esclavitud se practicaba en todas partes del mundo durante milenios, hasta los albores de la humanidad.
La Resolución de la ONU debió referirse no solo a la trata transatlántica, sino también a la que se dirigió en dirección contraria, hacia el norte y el este de África. La trata de esclavos africanos hacia América se refirió a aproximadamente 12 millones de personas durante cuatro siglos, hasta finales del XIX cuando llegó el colonialismo. Reino Unido y Francia principalmente, con Alemania y Bélgica más atrás se repartieron África entre 1880 y 1900, combatieron la extendida esclavitud africana y prohibieron la trata (esta cesó en Panamá a finales del siglo XVIII y la esclavitud en 1852). Pero la misma trata, desde el África subsahariana hacia el mundo musulmán e incluso el océano Índico, fue aún mayor y alcanzó 16 millones de seres humanos hasta bien entrado el siglo XX. ¡Nadie lo recordó!
El Observador Permanente de la Santa Sede ante la ONU, más lúcido, aseguró que el proyecto presentado por Ghana contenía “una narrativa parcial” que no estaba “al servicio de la verdad”. A pesar de que el principal proponente fuera el presidente de Ghana, la resolución de la Asamblea General de la ONU desconoció que los pueblos y reinos africanos (Ghana, Oyo, Dahomey, Asangte, Kong, Mali y Songhai, principalmente) practicaban mucho la esclavitud y fueron los más grandes responsables de la esclavización que precedió a la trata. La mayoría de los esclavos africanos eran cazados por otros africanos, quienes los ponían a la venta en factorías tanto en el litoral del Atlántico, como en las que estaban en las rutas hacia el norte de África y el Medio Oriente, los principales mercados de esclavos. En vez de los gobiernos, traficantes españoles, portugueses, franceses, genoveses, ingleses y holandeses se abastecían de las mercancías humanas que luego, en su mayoría, transportaban por el Atlántico para revenderla en América. Mientras que los traficantes musulmanes hacían lo mismo para los mercados norafricanos y asiáticos desde siglos antes.
Deberíamos añadir la esclavitud de más de 3,5 millones de europeos, sobre todo de los Balcanes, de Europa Central hasta Polonia, y de Europa Oriental (hasta de Rusia), de Inglaterra, del Cáucaso y del litoral del Mediterráneo. Gente capturada y esclavizada por los musulmanes dependientes del Imperio Otomano, incluyendo a los del norte de África, la Berbería, hasta el siglo XIX, siendo el más famoso Miguel de Cervantes, quien logró comprar su libertad en 1580 en Argel.
La votación de la Asamblea General de la ONU fue esencialmente de naturaleza política, e ignoró que la esclavitud aún perdura en África y en otros lugares. Así, aunque solicite “reparación” moral y material a ciertos pueblos y Estados (pero excluye a los mismos africanos que esclavizaban a su propia gente y a Estados musulmanes) por crímenes considerados hoy cometidos hace siglos, no es vinculante. Aquí vemos nuevamente el error del anacronismo, que analiza las situaciones históricas más lejanas con los criterios y valores actuales, algo tan común entre los políticos más demagogos, entre los que sobresalen algunos mandatarios de América.
Podemos preguntarnos: ¿hay algo peor que la esclavitud y la trata? Respondemos: “la muerte” mediante la destrucción “intencional”, parcial o total, de un pueblo, de un grupo étnico, racial, religioso o nacional. Es la definición de “genocidio”, concepto que se aplica impropiamente a la conquista-colonización de Hispanoamérica.
Es difícil obtener una estadística impecable del horror. Sin embargo, se estima que el mayor genocida de la historia fue Mao Zedong, durante cuyo mandato, de 1949 a 1976, hubo más de 40 millones de chinos muertos (algunos autores avanzan la cifra de 70 millones), por asesinatos, purgas, hambrunas provocadas por políticas erróneas, sobre todo durante el llamado Gran Salto Adelante (1958-1962) y, finalmente, durante la Revolución Cultural de 1966 a 1976. Los historiadores calculan que Iósif Stalin fue responsable de al menos 20 millones de muertos durante su gobierno, de 1924 a 1953, en Rusia y las repúblicas soviéticas, por asesinatos, purgas, hambrunas (holodomor en Ucrania) causadas por la colectivización forzosa, etc. Se calcula que durante el gobierno de Adolf Hitler, de 1933 a 1945, fueron asesinadas al menos 17 millones de personas (6 millones del Holocausto judío), además de los millones de víctimas de la Segunda Guerra Mundial. Se estima que entre 1937 y 1945, el ejército imperial japonés asesinó a más de 6 millones de chinos, indonesios, coreanos, filipinos e indochinos, entre otros, incluyendo prisioneros de guerra occidentales.
A estos inmensos genocidas del siglo XX se suman otros menores, como Leopoldo II de Bélgica, cuyo modo de administrar su propiedad personal hasta 1908 fue responsable, se dice, de la muerte de millones de congoleses. Siguen, entre otros, el Imperio Otomano, que además cometió el genocidio armenio de 1915, con aproximadamente 1,5 millones de víctimas. Como Pol Pot, quien, en nombre del comunismo, asesinó entre 1975 y 1979, a cerca de 2 millones de camboyanos (25% de la población), mientras que en este inventario macabro le sigue Kim Il-sung, cuyas políticas terminaron por matar, entre 1948 y 1994, a más de 1,7 millones de sus súbditos coreanos, muchos de hambre. En 1994 el genocidio de los tutsis (70% asesinados) por los hutus en Ruanda, produjo en pocos días casi 1 millón de víctimas (15% de la población). Frente a esas cifras del horror absoluto, todo lo demás palidece, hasta los genocidios televisados del siglo XXI.