Cuando las desigualdades florecen
- 27/10/2026 00:00
El terremoto del 9 de octubre causó muchos estragos en el interior del país. En la capital apenas nos dejó el susto. Sin embargo, ha dejado mucha desolación en poblaciones que quizás muchos en Panamá no sabíamos de su existencia. Para que lo entiendan bien los que dirigen el rumbo económico del país, Panamá es un caso muy preocupante: hay crecimiento, pero no hay desarrollo. Sube la riqueza nacional, dicen que este año el crecimiento rondará el 5% del PIB, pero ese aumento no se refleja en la mayoría de la población. Aumentan los dividendos económicos de una élite, pero no al mismo ritmo que se generan, crean más oportunidades de trabajo.
Sí, crece nuestro producto interno bruto, aumentan las contribuciones que el Canal de Panamá entrega al fondo común del Estado cada año, pero ese crecimiento solo aumenta la riqueza de algunos y mantiene y hasta fomenta la pobreza en que muchos viven por el constante aumento en el costo de la vida.
Panamá figura entre los países de América Latina con mayores niveles de desigualdad económica. Según datos del Banco Mundial correspondientes a 2024, el 10 % de la población con mayores ingresos concentra más del 37% del ingreso, mientras que el 10 % más pobre recibe apenas el 1.2%. La grotesca disparidad evidencia que el crecimiento económico no se traduce necesariamente en bienestar compartido.
Esta desigualdad también tiene consecuencias concretas frente a las catástrofes naturales: los hogares con menos recursos suelen disponer de menos medios para proteger sus viviendas, afrontar las pérdidas y recuperarse de los daños. Por ello, ante el fenómeno telúrico que nos golpeó el pasado 9 de octubre, resulta fundamental examinar cómo afectó a las comunidades más vulnerables y garantizar que la respuesta y la recuperación atiendan prioritariamente sus necesidades.
En 2024, el país concentraba un 21.7% de pobreza general y 9.6% de pobreza extrema, o sea aquellos que, de a vaina, obtienen 2 dólares diarios para cubrir sus necesidades básicas. La pobreza urbana está en 4.8%, lo vemos en Boca la Caja y en áreas de El Chorrillo y San Miguelito, mientras la pobreza en las comarcas indígenas, esa que no vemos, donde no llegan las cámaras ni los influencers, alcanza un altísimo 76%. La desigualdad en su máxima expresión.
Vivimos dos realidades en Panamá. La del Canal, los bancos, la zona libre y los cientos de rascacielos que emplean a pocos. La realidad de Costa del Este, Punta Pacífica, Howard, Santa María y Punta Paitilla, que bien puede tener ingresos como Dubai y que, según el expresidente prófugo, pronto nos convertiríamos en el Dubai de las Américas. Mientras el otro Panamá, como las comarcas de originarios, Darién y muchos sitios en provincias como Herrera, Los Santos, Veraguas y Coclé carecen de agua, adecuadas viviendas, servicios de salud aceptables, malísima educación y escasez de trabajos productivos. El 70 % del producto interno bruto viene de servicios que no llegan al interior del país, y quizás ello explique por qué están en el abandono por parte de los gobernantes, quienes dirán: “Como aportan poco a los fondos del Estado, es poco lo que deben recibir”.
La lección del terremoto es que las amplias coberturas de los noticieros de televisión y los reportajes periodísticos nos han llevado al interior de nuestras casas una trágica realidad. Que muestra un país de tremendas brechas sociales que pretendíamos ignorar en la relativa opulencia que vive un segmento de nuestra sociedad, donde poco les interesa lo que pasa en el resto del país.
Es necesario que tanto gobernantes como gobernados tomen conciencia antes de que sea muy tarde. Las prioridades de los recursos públicos deben ser enfocadas en esos que tan poco tienen. No puede admitirse que, mientras toda esta tragedia sucede, la Asamblea Nacional continúe aumentándose los millones que injustificadamente gasta, mientras que la Contraloría se hace la vista gorda frente a las tantas botellas que tiene y el Ejecutivo esté por gastarse más de $10 millones en un helicóptero de lujo. Igualmente, la clase pudiente debe darse cuenta que esta realidad puede afectarnos como país, no siendo suficiente los programas que anuncian de responsabilidad social empresarial.
Nos ha faltado un plan a corto, mediano y largo plazo para enfrentar los retos que el terremoto nos ha restregado en la cara. Por eso es que era tan importante que el presidente Mulino tuviera un plan de gobierno al llegar al Palacio de las Garzas, lo que lastimosamente nunca hizo.
Hemos improvisado mucho y esa improvisación nos cogió, como decimos coloquialmente, con los pantalones abajo. Queda el sinsabor de los gobernantes que carecen de la humildad y la empatía para corregir el rumbo que llevamos, faltando más de dos años para que concluya este mandato.