De la posverdad a la posdemocracia

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  • 28/03/2026 00:00

¿Podría la tecnología digital reanimar nuestras fatigadas democracias? El filósofo surcoreano Byung-Chul Han advierte el riesgo de que la e-democracia se convirtiera en posverdad electrónica. No sería una democracia, sería una infocracia. Eso sí, para las élites neocapitalistas es una gran oportunidad de potenciar el lucro de sus negocios.

Han no utiliza el vocablo posverdad, pero sí discurre sobre las fake news. En su libro No cosas: Quiebras del mundo de hoy (2021) nos ofrece una conclusión lapidaria: “Las fake news son informaciones que pueden ser más efectivas que los hechos. Lo que cuenta es el efecto a corto plazo. La eficiencia sustituye a la verdad”.

En la era de la sociabilidad digital, los bulos conllevan el peligro de que, en ausencia de una fuerza dispuesta a cuestionar a los individuos que los distribuyen, disuelven la frontera entre el yo y el otro, pues todos somos consumidores, tal como repiten los dogmas del mercado. No solo se elimina el conflicto con el otro, sino que se bloquea la posibilidad de encuentro con el otro. Así se impone la infocracia que, al ser diseminada por las redes sociales, envuelve a los individuos en la telaraña de fake news.

Ya en La sociedad de la transparencia (2012), Han describe un mundo caracterizado por la invisibilidad, i.e., por la despersonalización, en la que se allanan todas las acciones sociales con el fin de insertarlas en un torrente de información consumista que favorece al gran capital. Se conduce así al sometimiento de todos los individuos a la rutina diaria. La transparencia es, sobre todo, una condición existencial que nos acostumbra a una vida sin fricciones, a la docilidad.

“Transparencia” se llama a la política de hacer invisible el régimen de la información: Todo debe ser transparente. Las personas deben ser invisibles, la información debe ser invisible; empero, lo único que no es transparente es la dominación misma, porque la dominación se ejerce mediante un trasfondo de oscuridad: el de los algoritmos, que sirven para manipular la información. Vivimos en tiempos en que las mentiras han dejado de ser una anomalía del discurso político para convertirse en la norma.

Empero, la posverdad no solamente es una mentira bastante más sofisticada, sino, sobre todo, el síntoma de una sociedad que ha perdido la confianza en la certidumbre de los enunciados científicos, en la experticia de los técnicos y en las instituciones democráticas. La democracia como forma de vida está en franco declive.

La posverdad -según el diccionario de Oxford del 2016- alude a aquellas situaciones en las cuales los hechos objetivos son menos influyentes en la formación de la opinión pública que las apelaciones a las emociones y a las convicciones personales; por ello, las teorías políticas se enfrentan, hoy más que nunca, al apremiante desafío de adaptarse o fracasar en su objetivo fundamental, a saber: formar ciudadanos críticos, responsables y comprometidos con la democracia.

Frente a esta hegemonía de la posverdad, surge la pregunta: ¿es posible resistirse? La inquietud por lo disruptivo representa, para Han, el diagnóstico de su crítica a los discursos políticos de la modernidad, ahora licuados en torno a los ecosistemas digitales que desplazan al espacio público tradicional. Así, la ira que solía movilizar de forma activa a una ciudadanía dispuesta a desencadenar acciones de cambio se disuelve dentro de la acumulación compulsiva de las fake news. Y esta es la gramática más elemental del lenguaje de la eficiencia, porque enraíza lo adictivo en detrimento del discurso racional que brinda espesor y sentido a las cosas.

En la narrativa de Han yace una aversión a la idea de alienación, similar a como fue formulada por Marcuse en El hombre unidimensional. Vivimos en una época que rechaza lo incómodo, las relaciones conflictivas. Esta obsesión por la despersonalización tiene un costo. La resistencia, la fricción, son elementos esenciales para el crecimiento de lo humano; al eliminarlos, perdemos la capacidad de concientizarnos con lo que nos desafía. La transparencia, así definida, nos envuelve en una comodidad engañosa, sacrificando la riqueza de lo impredecible.

Además de un caldo de cultivo para la manipulación, se conforma una cultura no democrática de vigilancia y control. Crecen los temores no infundados de que los canales de participación cívica pueden ser rastreados y neutralizados, de que sean silenciadas las voces críticas con las iniquidades sociales y los abusos de poder. Aquella euforia digital, con la que se vivieron los primeros pasos del ciberespacio, no nos dejó apreciar lo arriesgado que resulta, en clave democrática, que las infraestructuras básicas de la información pertenezcan a grupos privados capaces de arrimarse al mejor postor, sin importarle su respectivo proyecto ideológico, debido a razones crematísticas.

Todo esto para explicar por qué los seres humanos nos dejamos persuadir, o nos acostumbramos voluntariamente a someternos (La Boëtie) por las posverdades y por qué los influencers logran obtener tantos seguidores. En palabras de Han: “En la era de los fake news, la desinformación y la teoría de la conspiración, la realidad y las verdades fácticas se han esfumado”.

Es así como la infocracia, y su correlato, la posverdad, a través de la explosión de las redes sociales, y fortalecida por los algoritmos, sustituye a la democracia. Se trata de un escenario en el que se está formando una ciudadanía que cada vez está más pendiente de la última imbecilidad propiciada por un influencer, es decir, estamos asistiendo a la creación de tejidos comunicacionales sobre los que se yergue la posdemocracia.

*El autor es profesor de la maestría en Filosofía Práctica de la Universidad de Panamá