Fauna silvestre y paradigmas de conservación
- 26/12/2025 00:00
Hace pocos días circuló en redes sociales un vídeo de un venado colablanca, cansado, asustado, nadando muy cercano a una pared de una esclusa o algo similar. El animal daba la impresión de no saber hacia dónde escapar, atrapado en esa circunstancia entre el concreto y las aguas del Canal, encapsulando un dilema moderno. No sé si lo rescataron, pero el debate que generó su imagen perdura. Por un lado, están quienes exigen una intervención inmediata; y por el otro, quienes defienden la no intervención como el único principio respetable, argumentando que estos hechos son parte de un mundo natural que debe seguir su curso, sin intervención humana.
Sin embargo, este “curso natural” es hoy una ficción en gran parte del planeta. Frente a este dilema, mi posición es clara y se fundamenta en más de dos décadas de trabajo en conservación. Desde hace mucho tiempo la intervención humana activa y basada en la ciencia no es una opción, sino un imperativo ético. Hemos cruzado un umbral de alteración irreversible. Partimos de paisajes profundamente modificados, donde carreteras, canales, urbanizaciones y otras estructuras lineales no son meros elementos en el entorno, sino los arquitectos de una nueva realidad ecológica. Abstenerse de actuar cuando la vida silvestre sufre a causa de barreras que nosotros erigimos, no es respetar la naturaleza; es eludir nuestra responsabilidad como agentes causantes del problema.
Este incidente no es una anécdota aislada, sino un síntoma de una condición global. Por ello, el manejo activo de la vida silvestre debe ser reconocido como una estrategia de conservación fundamental y legítima. Ya no podemos limitarnos a la protección pasiva de áreas aisladas. La biología de la conservación debe evolucionar hacia una disciplina de gestión activa y mitigación compensatoria. Esto implica un espectro de acciones concretas que van más allá del dilema binario de rescatar o no rescatar.
Primero, está la respuesta de emergencia, como la que el venado necesitaba. Equipos especializados, protocolos establecidos con autoridades (como la ACP en Panamá) y logística para rescates deben ser parte de la infraestructura de cualquier país que haya fragmentado sus ecosistemas. Segundo, y más importante, está la mitigación estructural proactiva. En lugar de solo reaccionar a las tragedias, debemos exigir e implementar diseños, dependiendo de la infraestructura que las prevengan como pueden ser pasos de fauna aéreos y subterráneos en autopistas, cables eléctricos forrado, rampas de escape en canales, canales de drenaje y corredores biológicos funcionales que conecten fragmentos de hábitat. La ingeniería al servicio de la vida, no en su contra. Todo el Estado debe estar involucrado en estas gestiones de manejo y conservación, dependiendo del rol jurídico que le corresponde.
Tercero, el manejo incluye el monitoreo y la investigación aplicada. ¿Dónde intentan cruzar los animales? ¿En qué épocas? Personal permanente o convenios efectivos con especialistas, con tecnologías como cámaras trampa, radio-telemetría y sistemas de información geográfica nos permiten identificar puntos críticos de conflicto y priorizar intervenciones donde sean más urgentes y efectivas. Finalmente, está el manejo de poblaciones en entornos alterados, que puede incluir desde traslocaciones controladas hasta la alimentación suplementaria en momentos críticos, siempre guiado por ciencia y datos y no por un sentimentalismo ciego y poco profesional.
Este paradigma no surge de un antropocentrismo triunfante, sino de un realismo humilde. Al reconocernos como la fuerza geológica dominante en el planeta actual, aceptamos la carga de usar nuestro conocimiento y recursos para reparar, facilitar y rescatar. El rol del biólogo conservacionista ya no es solo el del investigador en una torre de marfil o el guardaparques que vigila un límite. Es también el de gestor activo, el técnico que colabora con ingenieros para diseñar una rampa de escape, el coordinador que moviliza un operativo de rescate, el educador que explica por qué esta intervención es necesaria.
La historia del venado en el Canal de Panamá es, por tanto, una poderosa historia real y una llamada a la acción. Nos recuerda que en un mundo de nuestra propia creación, la compasión debe traducirse en competencia técnica y acción concertada. La conservación del siglo XXI exige que dejemos atrás el ideal purista de “manos fuera” y abracemos la responsabilidad compleja y práctica de “manos a la obra”. Solo conjugando la compasión con la ciencia, y la ética con la gestión práctica, podremos escribir un futuro donde la vida silvestre sobreviva con seguridad en este planeta que compartimos.
La compasión hacia ese venado, o hacia cualquier otra especie atrapada en las redes de nuestra civilización, debe traducirse en la sabiduría técnica y la voluntad política para actuar. El futuro de la fauna silvestre dependerá menos de cuánto nos alejemos de ella y más de cuán hábil y responsablemente aprendamos a coexistir, interviniendo no para dominar, sino para reparar y facilitar la vida en el planeta que hemos reconfigurado.
En un modelo de desarrollo sostenible una armonía real entre la naturaleza y la biodiversidad nunca debe ser una quimera, debe ser una realidad efectiva. Demostremos que nuestros países pueden ser un ejemplo a seguir en responsabilidad ambiental