La esperanza es lo último que se pierde
- 08/11/2026 00:00
La guerra de Rusia contra Ucrania ha dejado miles de muertos y millones de desplazados. La amenaza de una guerra nuclear en Iraq no ha hecho más que agravar el miedo. El cambio climático ya está causando estragos en los ecosistemas y las comunidades, y amenaza con provocar una devastación aún mayor si no se toman medidas urgentes. Las injusticias raciales y étnicas siguen afectando a las poblaciones marginadas. Las muertes relacionadas con armas de fuego en Estados Unidos y otros países europeos están alcanzando niveles récord. Y la proliferación de enfermedades crónicas como consecuencia de los alimentos ultraprocesados va en vertiginoso aumento.
Por si fuera poco, estos desafíos se desarrollan en un contexto de profunda división social, polarización política e incertidumbre económica, tras una pandemia mundial que causó casi 7 millones de muertes y generó graves problemas de salud física y mental a millones de personas más. Y cuando estos desafíos globales se suman a los problemas nacionales de reconstruir un país tras el terremoto del pasado 9 de octubre, la tentación de caer en la desesperación puede volverse real y significativa.
Las encuestas muestran que el pesimismo está muy extendido. La Estrella de Panamá publicó un sondeo que indicaba que los panameños se mostraban “predominantemente pesimistas” al comenzar el año 2025. The Wall Street Journal editorializó en abril pasado que “el pesimismo es lo único en lo que los estadounidenses parecen estar de acuerdo”.
Sin embargo, al analizar la percepción de los cambios en diversos indicadores —desde la pobreza y las tasas de encarcelamiento hasta el nivel educativo y el empleo informal, vemos que estas valoraciones pesimistas están distorsionadas. Muchas personas creen erróneamente que las cosas están peor de lo que realmente están. Podría decirse que, para la gente en general, resulta más prudente cometer el error de sobreestimar los problemas sociales que el de subestimarlos.
Estas explicaciones psicológicas y políticas pueden verse reforzadas por una de carácter conceptual: la narrativa tiende a asumir una dicotomía entre optimismo y pesimismo, imponiendo una falsa elección entre ambos. Si estas son nuestras únicas opciones, el pesimismo puede parecer más realista que el optimismo, el cual, a menudo, ignora las dificultades y, en sus formas más extremas, exige una suerte de positividad que da por sentado que, con solo desearlo, sucederán cosas buenas.
Cuando tales esperanzas se ven frustradas —algo que ocurre con frecuencia—, el pesimismo se vuelve aún más atractivo. Sin embargo, cuando el pesimismo se convierte en el prisma a través del cual contemplamos el mundo, puede generar una desesperación debilitante y peligrosa. Esta desesperación puede llevarnos a abandonar cualquier esfuerzo por abordar problemas urgentes y alimentar un discurso de decadencia, lo cual no solo empeora la situación, sino que también oculta el progreso real que se está logrando. El resultado es, a su vez, una desesperación aún mayor.
Por tanto, necesitamos encontrar la manera de romper este ciclo: evitar la desesperación que conlleva el pesimismo sin caer en las suposiciones propias del optimismo. En ese sentido, sugerimos comenzar a ver la esperanza principalmente dentro de un contexto de fe, independientemente de si aceptamos o no la teología, la religión o la existencia de un Dios o poder superior. Porque al reflexionar sobre los desafíos que enfrentamos, muchos de nosotros nos vemos a menudo tentados a caer en la presunción de que estamos solos y nadie nos ayuda. Ya sea que presumamos que ciertos problemas no son tan graves como parecen, o que caigamos en la desesperación al creer que son tan graves que nada puede hacerse para resolverlos.
Quienes gozan de poder y privilegios, por ejemplo, pueden verse más inclinados a la presunción de que sus vidas no dependen de otros para alcanzar sus objetivos, o que pueden emplear su poder o sus privilegios para perseguir sus objetivos sin límites ni restricciones. Por el contrario, la carencia de poder o privilegios puede generar tentaciones de desesperación. En tales situaciones se experimentan los efectos de la impotencia, la injusticia y la dominación, lo cual a menudo pueden hacer sentir —con razón— que aquellos que les niegan el poder o la voz dificultan la consecución de aquello que esperan. Estas personas deben resistir el vicio de la desesperación. Si les importan la justicia, la igualdad o la paz, pero pierden la esperanza de alcanzarlas, podrían terminar rindiéndose, lo que solo lograría que los problemas que enfrentan se arraiguen aún más. Como señaló en 1967 Martin Luther King Jr., un profeta de la esperanza: “La desesperación de hoy es un mal cincel para esculpir la justicia del mañana”.
Tiempos malos y tiempos difíciles, es lo que usualmente se responde en la calle al preguntar cómo marchan las cosas. Pero solamente cuando miramos a través del lente de la fe, se logra esa esperanza que nos hace cambiar los tiempos malos en momentos buenos.