La peor consecuencia del terremoto del 9 de octubre
- 01/11/2026 00:00
Hoy en día, después de casi un mes de que las réplicas del sismo del pasado 9 de octubre se hayan aplacado, una gran cantidad de escuelas del país aún no han reabierto por completo. Y existe la realidad de que los niños no regresen a clase para terminar su año lectivo. Lo peor es que muchos de estos estudiantes ya tenían un rezago académico desde la pandemia. En promedio, los alumnos en Panamá están todavía un tercio por debajo del nivel en matemáticas y una cuarta parte del nivel de lectura antes de la pandemia. Y ya antes de la pandemia éramos colero en las pruebas PISA a nivel mundial.
Además, a los niños les cuesta mucho regular sus emociones, permanecer sentados en clase, responder de manera ordenada y adaptarse a un entorno altamente estructurado. A esto hay que sumar la proporción de estudiantes que faltan a la escuela, que ya ronda el 30%. Es decir, más de 1 de cada 4 estudiantes presenta ausentismo crónico.
Todo esto es importante porque la falta de asistencia regular a la escuela está directamente relacionada con los aspectos que mencioné al principio: la recuperación académica tras la pandemia, el rendimiento escolar y, también, la capacidad de los alumnos para regular su comportamiento, establecer una rutina y afrontar los problemas de salud mental.
Analicemos esto con más detalle. ¿Sabemos por qué en Panamá los estudiantes aún no han recuperado su nivel académico prepandemia? ¿Qué está provocando el ausentismo crónico? No existe un único factor que explique el deterioro de la educación en Panamá; más bien, se trata de una acumulación de diversos factores. Probablemente, la razón más común —y la que más se menciona— sea, sencillamente, el Ministerio de Educación. Históricamente, la institución regente de la educación fracasó en su intento por transformar y modernizar la educación.
Sin embargo, existe otra razón tan grave como la anterior: La pandemia en 2020 y el terremoto del pasado mes han normalizado la idea de que los niños no siempre tienen que ir a clase. Y es posible que algunas autoridades y padres de familia incluso se estén aprovechando de ello. La percepción de que la asistencia ya no es obligatoria es fatal para el sistema educativo, porque ante cualquier dificultad, es más probable que el Meduca suspenda clases o los padres de familia dejen a sus hijos en casa. En la educación, hay excusas para todo.
Y como en cualquier otro sistema, todo está profundamente interrelacionado. Analizar el fenómeno de la decadencia educativa nos ofrece una oportunidad para atender los desafíos que tenemos. Por ejemplo, existen investigaciones que indican que el ausentismo es culturalmente contagioso. Si, en un día determinado, un estudiante decide no ir a clase, es más probable que sus compañeros también falten.
Lo triste es que como sociedad no le hemos dado la importancia a la institución del salón de clase. La escuela, en muchos sentidos, abarca mucho más que el simple ámbito académico. Es el lugar donde uno se prepara para la vida social, el mundo laboral y la sociedad en general. En el caso de los niños más pequeños —que vivieron la pandemia a una edad muy temprana—, la escuela implica aprender cosas como hacer fila para ir al baño, sostener un lápiz o compartir con los demás. Y en el caso de los estudiantes de mayor edad, se trata de aprender a interactuar con el mundo de una manera similar a como tendrán que hacerlo cuando sean adultos en el ámbito laboral. La escuela es, precisamente, el lugar donde practicamos estas habilidades sociales —como afrontar situaciones incómodas, reconocer cuando no sabemos algo o entablar una conversación con otra persona—, competencias que luego resultan fundamentales en la vida adulta y en el entorno laboral.
Entonces, al analizar los efectos a largo plazo de todo esto, nos preocupa que cada día la educación empeora. Y como país, nos debería inquietar que los estudiantes no están logrando recuperar el terreno perdido durante años y que si el sismo del pasado 9 de octubre tendrá resultados negativos similares a la pandemia, cuando registramos retrocesos históricos en matemáticas, lectura y un sin fin de asignaturas.
La incapacidad de los gobiernos de convertir los miles de millones de dólares gastados en mejores aulas de clases y mejores índices académicos ha tenido serias repercusiones tanto para el futuro económico del país como para los propios estudiantes y el sistema educativo en su conjunto. Es el momento para despertar ante esta lamentable realidad y hacer que las tragedias se conviertan en oportunidades para ser un mejor país.