La realidad demográfica de Panamá
- 24/02/2026 00:00
El fenómeno social más importante de Panamá desde principios del siglo XX ha sido demográfico: el enorme crecimiento de la población, que se ha multiplicado por 14,5 en 125 años. Fenómeno que ha convertido una pequeña sociedad istmeña en una mucho más grande; que ha transformado una sociedad eminentemente rural en una mayoritariamente urbana (70 % hoy), con la mitad de la población en la estrecha región interoceánica, con gran diversidad étnica y cultural.
De aproximadamente 315,000 habitantes estimados en el istmo en 1900, pasamos a 3,041,000 personas según el censo del año 2000 y a 4,202, 000 censadas en 2023, gracias al crecimiento natural y a un saldo migratorio positivo. En solo cinco generaciones, se ha producido el milagro demográfico en Panamá. De 4 habitantes por kilómetro cuadrado, nos hemos elevado a 54,5 en 123 años en todo el territorio, cuya mitad se encuentra prácticamente despoblada.
La revolución médico-sanitaria contemporánea alcanzó el istmo de Panamá en los primeros años del siglo XX, gracias a los esfuerzos preventivos y curativos de los equipos especializados liderados por el doctor William Gorgas. Primero, tales esfuerzos integraron los comportamientos demográficos de la mortalidad más actuales a las poblaciones directamente relacionadas con la construcción del Canal, y casi inmediatamente a los habitantes de las ciudades de Panamá y Colón. Lo mismo sucedió desde la década de 1920 en las regiones bananeras de Bocas del Toro, y desde las décadas de 1930 y 1940 en el resto de las poblaciones del interior de Panamá, beneficiarias del saneamiento ambiental con acueductos y alcantarillados sanitarios en los principales pueblos agrarios. La región del paso transístmico se convirtió así en el verdadero polo de difusión de la innovación en el campo médico-sanitario que, a principios del siglo XX, integraba el espacio panameño a los regímenes demográficos contemporáneos más avanzados.
Como resultado de todo este esfuerzo, las tasas de crecimiento demográfico en el país comenzaron a elevarse rápidamente hasta alcanzar un 1,4 % de promedio anual en las décadas de 1920 y 1930 (se introdujo la penicilina en 1944). A partir de ese momento, el llamado “boom” demográfico de tipo tropical se convirtió en un fenómeno que se extendió como un incendio por todo el istmo, en el cual se observaron tasas de crecimiento natural que oscilaron entre el 2,5 % y el 3,2 % anuales. Sucedió el fenómeno gracias a un descenso drástico de la mortalidad a tasas comprendidas entre el 1,5 % y el 0,7% anual, mientras que las de natalidad se mantuvieron alrededor del 3,5% al 4,0% anuales. En esas condiciones, la población aumentó vertiginosamente.
En 1958 nació el llamado “niño millón”, un humilde ocueño que se convirtió en el símbolo de un país que anhelaba alcanzar el millón de habitantes. Esto fue la consecuencia de la alta fecundidad con una relativamente baja mortalidad. Nuevos comportamientos demográficos maltusianos, de control de la natalidad en un país cada vez más urbano, educado e informado, con mujeres que controlaban mejor su fecundidad, afectaron las proyecciones más optimistas, y llegamos al año 2000 con 3,041,000. Alcanzaremos 5,300,000 habitantes en 2050 si creciéramos al 1% anual (1,3% hoy). Sin embargo, observamos que la tasa de fecundidad pasó de 3 hijos por mujer en 1990 a 2,1 en 2024, justo en el nivel de reemplazo generacional. Si la tendencia continúa, seguirá bajando y, a largo plazo, se estancará la población. La tasa máxima se registró en la comarca Ngäbe-Buglé, con 3,1 hijos por mujer, el doble que la provincia de Panamá, que tuvo la tasa mínima de 1,6. El resultado ha sido que la población declarada indígena aumenta hasta constituir el 17,2% (7,5% en las comarcas) del total nacional.
El mejoramiento de las condiciones sanitarias y médicas, los grandes programas de salud y de saneamiento ambiental que se han ejecutado en las décadas posteriores a la de 1940, han hecho que la esperanza de vida al nacer aumente sustancialmente desde 55,4 años en 1950, para llegar a 79,8 años en el 2025, una de las más altas del continente, superior a la de Estados Unidos (78,5 años), pero inferior a Canadá (83,3 años), aunque todavía haya grandes disparidades regionales: la menor de 72,6 años en la comarca Ngäbe-Buglé y la más elevada de 80,8 años en la provincia de Panamá. También la mujer, con 82,8 años de esperanza de vida, vivirá en promedio seis años más que los hombres en Panamá. Igualmente, se observa un envejecimiento paulatino de la población desde 1950, cuando el 42 % era menor de 15 años, porcentaje que baja al 32 % en el año 2000, y al 25 % en 2025, cuando el 14 % de la población ya es mayor de 60 años. De los 18 años de edad media que tenía la población panameña en 1960, llegamos en el año 2000 a 25 años y a 30 años en 2025. Este envejecimiento relativo tiene hoy y tendrá en el futuro una incidencia creciente en nuestra sociedad y en las finanzas estatales, a pesar de que la peor demagogia política lo ignoraba con motivo de la reforma de la Ley de la Caja de Seguro Social.
Estamos viviendo ya la última etapa de la transición demográfica, que se inició en realidad a principios del siglo XX. ¿Nos estamos preparando para sus efectos a medio y largo plazo? ¿Tiene la sociedad panameña, especialmente sus élites político-sociales y culturales, e incluso la gente realmente educada, plena conciencia de las consecuencias de este fenómeno? Desafortunadamente y por las experiencias recientes, no lo creo.