Llamando las cosas por su nombre
- 23/08/2026 00:00
Las autoridades de salud han estado advirtiendo durante décadas que la tasa de obesidad en muchos países ha aumentado a un ritmo alarmante. Ahora es de conocimiento común que la obesidad (reconocida formalmente como enfermedad en 2013) cuesta mucho dinero, no solo en términos de costos directos de atención médica, sino también de productividad, longevidad, calidad de vida y salud pública en general.
Sin embargo, detrás de toda esta alarma se esconde un hecho peculiar: no existe una definición clínica precisa de obesidad. El establishment médico ha definido durante mucho tiempo la obesidad simplemente como un índice de masa corporal (IMC) alto (30 o más), pero esta es una medida basada nada más que en una proporción entre la altura y el peso. A diferencia de la hipertensión arterial o la diabetes, carecemos de biomarcadores u otras medidas más específicas.
Los diagnósticos por IMC siempre fueron imprecisos. En una era de medicamentos eficaces y tratamientos precisos para perder peso, es inaceptable que no se tenga una definición exacta. Con nuevos procedimientos que cuestan miles de dólares por persona al mes, junto con la escasez de suministros, el proceso de definir la obesidad debe ser más que una simple tarea de nomenclatura. Se trata de identificar quién está enfermo y quién se beneficiará de la atención médica y cómo clasificar ese tratamiento y asignar los recursos de la manera más efectiva. Se trata de poner fin a la oscuridad que ha rodeado al diagnóstico de obesidad durante décadas.
Esta falta de claridad convierte en pacientes a las personas que no están enfermas y pasa por alto a quienes necesitan atención médica con urgencia. Al declarar una enfermedad sin precisar cuál es, la comunidad médica dejó la obesidad abierta al debate entre médicos, aseguradoras y la gente común. Esto, a su vez, deja a las personas con obesidad vulnerables, con sus cuerpos sujetos a acusaciones y cuestionamientos, sobretratamiento, subtratamiento y maltrato. Es inaudito que la pregunta ¿qué es la obesidad? aún no tiene respuesta en la comunidad médica. Es una condición que ha estado con nosotros durante muchos años y todavía hay mucho más que aprender sobre ella. La comunidad científica ha avanzado, pero eso no se refleja en absoluto en términos de la comprensión pública de la enfermedad, el debate político general o preguntas clínicas como quién necesita tratamiento, cómo accedemos a la atención y cómo clasificamos la atención.
Ahora escuchamos a muchos decir: “Por supuesto que la obesidad es una enfermedad”. Pero cuando analizamos la literatura médica, hay un debate acalorado sobre esto. El debate no se trata de si esto es un riesgo real para la salud, sino de demarcar qué es la enfermedad y qué no lo es. Definitivamente, debemos tener algo más preciso que solo el IMC, que nunca fue pensado como una herramienta de diagnóstico individual.
No tener una definición real es la que promueve todos estos debates: ¿Es una enfermedad o no? ¿Estamos medicalizando innecesariamente a las personas? ¿Cuál es el papel de la fuerza de voluntad y la responsabilidad personal? Pienso que una vez que tengamos esta definición, eso ayudará a que todos crezcamos en cuanto a cómo hablamos de esto. Porque simplemente comprar un libro o comenzar un nuevo régimen de ejercicios físicos no resuelve el problema. Tampoco se puede alegremente señalar que las personas obesas han perdido fuerza de voluntad y que una gran parte de la humanidad se dio por vencida.
Soy de la opinión que cuando se avanza cada vez más hacia las causas fundamentales, vemos que el tema es una cuestión de prevención. Y es allí donde se analizan aspectos como el entorno alimentario y cómo hacer para que el acceso a alimentos saludables sea equitativo y sostenible, y todas esas cosas.
He estado escribiendo sobre la obesidad desde que el nombre de Panamá apareció publicado en 2009 como el cuarto país con el mayor porcentaje de adultos obesos (“Pocket World in Figures 2009”, un libro de referencia anual publicado por The Economist). Básicamente, hace veinte o treinta años a nadie le importaba la obesidad más allá de las dietas de moda, el ayuno intermitente, la dieta baja en carbohidratos, lo que fuera. Ese era el discurso público entonces y la única manera de generar interés político en cuestiones relacionadas con el peso. Afortunadamente, vemos ahora que la obesidad ya es tratada como enfermedad, la gente al menos habla del tema y existen una variedad de tratamientos eficaces que cuestan el ojo de la cara, desde las bandas gástricas hasta las inyecciones de Ozempic y similares. Por supuesto, es mejor así que tapar el sol con una mano.