de dar opiniones

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  • 21/07/2026 00:00

Muchos, quizás con razón, no piensan en activarse en la política criolla por los riesgos que afrontan, sobre todo si proyectan una imagen controvertida, como ha sido siempre mi caso personal. Prefieren quedarse en sus casas o tomando café, como diría el presidente Mulino, convirtiéndose en lo que él llama grandes “opinólogos” o llegando a ser diputados “iguanas” que, como ese animal, no emiten ningún sonido mientras ejercen su cargo, enterándose pocos de que han pasado por el hemiciclo legislativo.

En días pasados, durante la presentación de mi más reciente libro, Dinero Sucio: Crónicas de Lavado de Dinero y Corrupción entre presidentes, empresarios y narcos, en la Facultad de Derecho de la Universidad de Panamá, uno de los estudiantes me preguntó si con las cosas que escribo y proyecto en mis videos no temía por mi seguridad o me causaba algo de miedo.

En tiempos de dictadura las cosas eran diferentes. Te podían meter preso sin ninguna causa, solo por protestar o por decir públicamente. “Abajo Cara de Piña”, como le ocurrió en la campaña de 1989 a un joven de apellido Carrera en el mercado de El Valle, quien fue asesinado por un guardia nacional. Esto me hace recordar cuando, en el programa que tenía en RPC Radio en 1989, dije que era fácil decirle a Endara “Pan de Dulce”, pero muy difícil referirse a Noriega como “Cara de Piña”. A la hora, el programa había sido cancelado.

Mi familia vivía asustada porque afuera del edificio donde teníamos el apartamento siempre había agentes del G-2 vigilándome. Además, sabían con detalle todo lo que yo hacía cuando llegaba a mi casa en El Valle de Antón, tal como me enteré después de la intervención de Estados Unidos, cuando visité la sede del G-2. Allí estuve detenido tres semanas antes del 20 de diciembre de 1989, al regresar de Estados Unidos y Alemania.

Apenas salí de la Alcaldía, gané un concurso sin haberme enterado, cuando quien me reemplazó me acusó de haberme robado un carro y una donación de Taiwán, en asociación con el doctor Ricardo Arias Calderón, llamándome “el alcalde más corrupto de la historia”. Al enterarme de semejante denuncia, y ya como legislador en la Asamblea Nacional, acudí rápidamente a la fiscalía a notificarme de la acción en mi contra, despojándome de la inmunidad parlamentaria que me asistía. Ni siquiera me llamaron a declarar por lo absurda que resultó tal denuncia para las autoridades.

En democracia, si bien no existe la persecución de los militares como antes, los mecanismos para ejercer presión sobre lo que se dice se han tornado en demandas civiles y denuncias penales contra los que nos atrevemos a señalar a equis o ye funcionario o político. Lo han vivido muchos periodistas y lo he vivido yo. En 2001, denuncié ante la Fiscalía Electoral que en el IDAAN —entidad confiada por la presidenta Moscoso a Cambio Democrático— se cobraban ilegalmente cuotas a los funcionarios para ese partido. Su presidente, Ricardo Martinelli, en ese tiempo ministro para Asuntos del Canal, me demandó civilmente porque, según él, con mi denuncia le había causado daños a su “reputación”. No le importó que lo que presenté fuese comprobado en su totalidad y se llamara a juicio a 13 personas. Me demandó civilmente y secuestró mi salario como docente en la Universidad de Panamá, lo único que tenía a mi nombre. Posteriormente, desistió de su demanda, llegando a decir que la denuncia que yo había presentado le había ayudado a su partido a mejorar el manejo de los asuntos internos.

En esta obra menciono muchos nombres. Algunos de ellos de amigos o conocidos míos. No haberlo hecho por esa razón le hubiese quitado objetividad a lo que allí sostengo, y hubiese quedado como otros escritores que omiten mencionarlos por la relación que tienen con el sujeto.

Es hora de que los políticos asuman con responsabilidad el rol que la sociedad exige de ellos, tal como algunos diputados de VAMOS y MOCA han hecho en la Asamblea Nacional en este período. No es fácil, sobre todo porque a nadie le gusta que le pisen los callos, menos cuando estás en una posición de gobierno. Ese es su deber y para eso fueron electos: para decir las cosas y denunciar la corrupción como crudamente lo hacen, importándoles poco el peso del nombre de quien acusan responsablemente. Solo así podremos caminar hacia gobiernos sin los extremos de corrupción que se viven y que anhelamos todos los panameños.

* El autor es analista político