Para ser más feliz, se necesita más humildad

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  • 15/02/2026 00:00

Nada mejor para un domingo de carnaval que estar feliz, alegre y contento. Pero a pesar de la fecha y las circunstancias, hay muchos panameños que hoy están tristes y abatidos. Entonces, ¿qué hacer? Y la verdad es que, a pesar que muchos expertos apuntan hacia la grandeza y la autoestima, mi experiencia apunta hacia otro lado.

Hace unas semanas estuve en Hawái con mis dos nietas y si hay algo importante que traje de vuelta fue lo que aprendí en el hotel en un curso rápido de astronomía. A todos nos encantó observar a través de un telescopio el planeta Júpiter, la estrella Sirio, la constelación de las Tres Marías y la estrella Capella. Incluso, esa noche se pudo observar el planeta Saturno y su sistema de anillos, pero al momento de yo ver a través del telescopio una nube cubrió el firmamento y al final no pude apreciarlo.

Pero mis dos nietas sí vieron todo y estaban felices de ver el cielo iluminado y escuchar la explicación del profesor. Luego de la sesión, le pregunté a una de ellas, por qué disfrutó tanto de la sesión de astronomía. No mencionó nada sobre las estrellas ni los planetas, pero sí dijo algo conmovedor sobre la existencia terrenal. “Cuando vi hacia arriba sentí alivio porque aquí en la Tierra soy una niña pequeña que tiene papá, mamá, hermana y abuelos que me quieren”.

Estaba expresando una profunda verdad filosófica. Tendemos a creer que, para ser más felices, necesitamos crecer en nuestra propia mente y en la de los demás. Pero eso es un error. Lo que realmente necesitamos para alcanzar la perspectiva de vida que necesitamos y la paz que anhelamos es empequeñecernos en relación con todo y con todos. Cuando experimentamos nuestra propia pequeñez, podemos relajarnos en la humilde realidad de no ser objeto de atención ni crítica, y podemos apreciar un universo magnífico sin arruinarlo con nuestro egocentrismo y preocupaciones insignificantes.

A menos que una persona sea ultra narcisista o sufra de un trastorno profundo de la personalidad, nadie es el centro del universo, ni siquiera de la mitad de las cosas en la vida. El mundo seguirá funcionando sin que ninguno de nosotros esté presente. Es muy posible incluso que ni siquiera nuestros propios bisnietos sepan nuestro nombre. Y, sin embargo, cuando no hacemos un esfuerzo consciente por reconocer estas verdades, nos dedicamos a nuestros asuntos con la ilusión de ser, de hecho, el foco de todo.

Esta fantasía de autoengrandecimiento es casi con toda seguridad producto de la evolución: al creerse más importantes como individuos de lo que realmente eran, nuestros antepasados se esforzaron por ascender en las jerarquías sociales. Este esfuerzo de compararse constantemente con los demás aumentó la probabilidad de que transmitieran sus genes en un entorno de apareamiento competitivo. Heredamos sus delirios de grandeza.

Pero esto tiene un precio: pensar en uno mismo todo el tiempo nos hace sentir miserables a largo plazo. Los investigadores han demostrado que este enfoque en uno mismo puede provocar problemas emocionales, haciendo que las situaciones sociales o el desempeño de las tareas resulten desagradables. El enfoque en uno mismo es especialmente perjudicial para las personas que, por naturaleza, presentan alta ansiedad social: los neurocientíficos han observado una hiperactivación de las estructuras cerebrales asociadas con la ansiedad cuando se les indica a estas personas que piensen en sí mismas.

Ser más feliz a menudo requiere que resistamos nuestras tendencias naturales. El mundo invita constantemente a intentar parecernos más grandes ante los demás y ante nosotros mismos. Este hecho sustenta todo el modelo de negocio de las redes sociales.

La clave para ser feliz es hacerse pequeño. La neurociencia moderna ha revelado cómo funciona esto. Ser humilde reduce la actividad en el tálamo medial y el caudado, regiones cerebrales que controlan el procesamiento sensorial y emocional; esto nos permite trascender nuestras preocupaciones cotidianas y centrarnos en preguntas más profundas que la cantidad de personas que le han dado “me gusta” a tu última publicación en redes sociales. Igual sucede cuando servimos a otros. Prácticamente todos los experimentos demuestran que dar aumenta el bienestar, especialmente cuando es anónimo.

Esta evidencia podría parecer un rechazo a lo que hemos escuchado durante décadas sobre la importancia de aparentar grandeza. En cierto modo, esto es cierto en la medida en que una alta autoestima genera sentimientos placenteros a corto plazo. Pero usar esta palanca psicológica no es especialmente útil para una vida buena y satisfactoria a largo plazo, y de hecho puede conducir al narcisismo, al devolvernos a la ilusión de nuestra propia importancia y a la necesidad constante de mantener la ilusión de que somos el centro de todo.

El enfoque opuesto —encontrar paz y perspectiva en la pequeñez— es el camino duradero hacia el bienestar. Así que relájate en la realidad de tu pequeñez cósmica. La verdad es que ser una persona pequeña, una niña preciosa y amada por otras personas como mi nieta, es la clave. Esa es una buena vida.

* El autor es empresario