Poder / violencia, lectura posmoderna

Roberto Barrios | La Estrella de Panamá
  • 07/03/2026 00:00

¿Sigue vigente el análisis de Hannah Arendt (1906-1975) para comprender la experiencia política en un mundo cada vez más dominado por la revolución tecnológica?

Se ha dicho de la filosofía que, en su afán de avanzar hipótesis sobre el mundo, sobre la realidad, lo inmanente y lo trascendente, cae en generalizaciones propias de la teoría; por el contrario, para Arendt, “el pensamiento surge de los incidentes de la experiencia viva, que son los únicos indicadores que permiten orientarnos”, por lo cual es imprescindible desvelar las características de aquellos sucesos humanos que acontecen en la esfera pública.

Esta misma labor de rastreo conceptual será la que intentaré en este artículo, ocupándome del enfoque arendtiano de la relación entre violencia y poder aplicado a la complejidad del mundo actual.

La violencia perpetrada por los seres humanos nos afecta a todos como sociedad. Hay violencia en los mensajes que difunden las redes sociales y en el (ab)uso que hacen de la información que publican u ocultan; hay también violencia en el ámbito doméstico, en el trabajo, en las escuelas, en las relaciones entre países, etc. No podré ocuparme de todos los ámbitos que atañen a dicho fenómeno. Por razones no solo de espacio sino también de competencia me ocuparé de la violencia en la esfera pública, es decir, de la peligrosa identificación entre poder y violencia expuesta por numerosos teóricos de la política y rechazada por Arendt.

Siguiendo una definición tentativa de violencia, decimos que se refiere a la coacción por parte de uno o muchos agentes a otro u otros para llevar a cabo acciones u omisiones.

Desde este punto de vista es posible formular preguntas acerca de la legitimidad del ejercicio de la violencia. Tal vez el fin perseguido justifique el uso de la violencia, o tal vez no. Ese fin podría ser, por ejemplo, la oposición de los ciudadanos contra un régimen autoritario. O bien, podría tratarse del mantenimiento de la paz social mediante el monopolio de la violencia por parte del Estado (Max Weber). En ambos casos diríamos, «el fin justifica los medios».

A juicio de Hannah Arendt, sucesos violentos surgieron en la modernidad europea como parte de la estrategia de lucha de clases sociales emergentes -los burgueses, los obreros, los artesanos-, que buscaban legitimar una «revolución política», por medio de la cual accederían al poder. Así, fue sustituida la legitimidad derivada del derecho divino o del orden dinástico por una ley positiva que emanase del principio de la soberanía popular originada en un contrato social garante del derecho a la libertad política y la igualdad jurídica.

Esta tesis nos permite aseverar que el concepto de violencia fue vinculándose con el uso instrumental de la fuerza como una herramienta «natural» de defensa, bien de los individuos para salvaguardar su vida, bien de los grupos o clases para defenderse de sus opresores. Pero también existe otra línea de argumentación (que no es la de Arendt ni tampoco, la mía) que defiende el uso legítimo de la violencia por parte del Estado como instrumento para la dominación de los ciudadanos y para el fortalecimiento de su autoridad. Justamente por ello, sugiero incluir aquí la interpretación de Hannah Arendt, según la cual violencia y poder son categorías opuestas: La violencia (coacción) la ejerce el Estado y el poder, los ciudadanos. Tal es la perspectiva actual de Jürgen Habermas quien, en un libro publicado en 1992, acabó por atribuirle a Arendt la primicia de formular las bases del poder comunicativo.

El concepto de poder comunicativo que defiende Hannah Arendt se caracteriza por no ser poder sobre la voluntad de otras personas, pues esto sería violencia. El poder no es dominación, sino un poder-hacer por concertación libre de un grupo de ciudadanos para defender sus derechos políticos. “La violencia aparece donde el poder se halla en peligro; pero abandonada a su propio impulso, conduce a la desaparición del poder”; de manera que la violencia puede destruir el poder, pero nunca puede generarlo; se da entre ellos una relación inversamente proporcional.

El poder, según su punto de vista, no se sustenta en la concepción estrecha de gobernar, si por gobierno entendemos únicamente una relación de mando-obediencia. El poder se genera en el apoyo o rechazo que los ciudadanos ofrecemos a las instituciones del Estado, por medio de las opiniones, las manifestaciones, las rebeliones, etc. La violencia, en cambio, perpetúa la destrucción de la libertad como consecuencia de la manipulación de los hechos (fake news), en la medida en que ahora, con la ayuda de la IA, coadyuva a crear “un mundo ficticio mintiendo de forma constante”. Arendt observa que quien tiene la dirección política suele recurrir al incremento de la violencia cuando el poder (i.e., la legitimidad que lo sustenta) disminuye.

Para Hannah Arendt, es importante recuperar el verdadero poder, el que es inherente a la intersubjetividad humana en su ejercicio a través del debate público. Ella se propuso formular una narrativa que perfilara una cultura política y una praxis comunicativa capaces de promover las libertades, los derechos cívicos y las relaciones de solidaridad más allá de los marcos legales formales. La racionalidad dialógica se convierte así en un primer paso hacia la cimentación de un pluralismo ético-político capaz de afrontar las complejas dimensiones del mundo de la vida. Este pluralismo ético-político puede prevalecer en un entorno en el que los instrumentos tecnológicos entregan información de manera eficiente y veraz.

* El autor es profesor de la Maestría en Filosofía Práctica de la Universidad de Panamá