Salvemos el verdor de las ciudades

Archivo | La Estrella de Panamá
  • 26/03/2026 00:00

En medio del ruido ensordecedor y contaminante del tráfico y la expansión implacable del concreto en David, Chitré, Panamá o Penonomé, existe un aliado multiverde, silencioso que regula nuestro clima, limpia el aire y nos regala bienestar psicológico, este es el bosque en retazos que ha sobrevivido a un humano depredador. Es el bosque que custodia las urbes y pueblos. Este 23 de marzo, Panamá celebró el Día Nacional de los Bosques Urbanos, una fecha que no solo nos invita a pasear por un parque, sino a reflexionar críticamente sobre el modelo de ciudad que estamos construyendo. Esta conmemoración nos recuerda que la naturaleza no es un adorno, sino un socio estratégico en nuestro desarrollo. Si cada metro de cemento produjera 3 metros de compensación de áreas verdes y bosques, estaríamos realmente en la senda del desarrollo sostenible.

Sin embargo, si bien el país tiene un nivel aceptable de cobertura boscosa global, especialmente en áreas protegidas, esta riqueza se desdibuja al entrar en las áreas metropolitanas y ciudades, donde el concreto suele ganar la batalla al suelo permeable. La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda un mínimo de 12.5 metros cuadrados de áreas verdes por habitante para garantizar una calidad de vida adecuada. Justo este mes de marzo que es el más seco de todo el año, es cuando más echamos de menos las áreas verdes y los bosques urbanos y todos los servicios ecosistémicos y de calidad de vida que dichos entornos verdes proveen. No es justo que muchos ciudadanos carecen de acceso cercano y equitativo a estos espacios. Medir y mejorar nuestra cobertura verde urbana no es un capricho estético, es un indicador clave para la resiliencia climática de nuestras ciudades frente a un futuro incierto.

Por ello, es vital entender y remarcar ante autoridades y la comunidad en su conjunto que los bosques urbanos son infraestructura viva que provee “servicios ecosistémicos”. No son solo árboles bonitos; son maquinaria biológica trabajando a nuestro favor. Científicamente, está comprobado que los bosques panameños absorben un poco más de 33 millones de toneladas de dióxido de carbono, equivalente al año, actuando como esponjas de carbono. Además, un árbol bien ubicado puede reducir la temperatura ambiente hasta en 4°C, combatiendo las peligrosas “islas de calor” que elevan el consumo energético y terminan, a su vez, destruyendo ríos y bosques de donde extraer energía eléctrica.

Y no solo bajan la temperatura ambiental, también filtran contaminantes, reducen el riesgo de inundaciones al mejorar la infiltración del agua y son vitales para la salud mental, disminuyendo el estrés y la ansiedad de las personas que viven prisioneras del cemento. Invertir en esta infraestructura es económicamente sensato, ya que por cada dólar invertido en infraestructura verde, se pueden obtener hasta $2.50 en beneficios ambientales y económicos. Ignorar este retorno es, simplemente, malgastar nuestros recursos.

Más allá de los beneficios cuantificables, a pesar de los desafíos, existen historias de esperanza que demuestran que la biodiversidad persiste si le damos espacio. Iniciativas de ciencia ciudadana como el Reto Naturalista Urbano, mediante la plataforma iNaturalist, han logrado que los panameños documenten miles de especies dentro de la ciudad. En ediciones recientes se reportaron más de 12,600 observaciones de vida silvestre, evidenciando una riqueza oculta entre los edificios. Esto se hace con el apoyo vital de organizaciones ambientales y de ello estamos agradecidos, ya que convierten los bosques urbanos y áreas verdes en aulas al aire libre para enseñar a las nuevas generaciones que la tecnología y la naturaleza pueden coexistir.

Por todo esto, reiteramos que una ciudad verde es, ante todo, una ciudad civilizada. Los bosques urbanos no son un lujo, son una necesidad de salud pública y justicia social. El 23 de marzo y en toda la semana de este día, le invitamos a celebrar de manera activa. Visitemos un parque natural, planta un árbol nativo en tu comunidad, reporta avistamientos de fauna en aplicaciones científicas o exige a las autoridades municipales que prioricen el reverdecimiento en los planes urbanísticos.

En definitiva, el legado que dejemos a las futuras generaciones dependerá de si sabemos convivir con la naturaleza en nuestras ciudades. Proteger nuestros bosques urbanos es protegernos a nosotros mismos.

*Proyecto Primates Panamá