Se murió Moisés

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  • 22/09/2026 00:00

El buen Moisés, a quien conocí cinco años atrás, murió hace ya un mes. Debió haber muerto en la soledad y de soledad. Según me contaron, lo llevaron de urgencia al Santo Tomás, donde terminó sus últimos momentos, sangrando mucho.

Era un buen hombre, de piel morena, curtida, como aquellas que han sido golpeadas por la intemperie y el tiempo. Abandonado a su suerte, como tantos que viven desamparados en las calles de rascacielos que, imponentes, miran al sol de tú a tú, orgullo de las Américas.

Tenía como “residencia habitual” una guarida de cartón y plástico en la acera de la Cámara Panameña de la Construcción -CAPAC -, a pasos de la Aquilino de la Guardia. Allí dormía y pasaba todo el día cuando había sol y, cuando llovía, su domicilio se mudaba a la parte techada de la tienda frente al restaurante Costa Azul. Con lo que la gente le ayudaba, se suplía de “algunos lujos”, como comer, beber y comprar alguna medicina, si alcanzaba.

Desconozco si, por su permanente estado, tenía dónde bañarse. Al acercarme a él nunca sentí algún mal olor, algo a esperarse en una persona en su situación.

El buen Moisés era un hombre cordial con todos, como es el típico panameño. Sencillo, apegado a su vida a pesar de sus infortunios. No tenía familia. Debió estar vacunado contra todo tipo de problemas respiratorios porque, a pesar de mojarse constantemente con la lluvia, nunca lo vi resfriado. Le noté pérdida de peso, aunque al final de sus días lo encontré de buen aspecto. Conversaba más y reía un poco. Quizás también había aprendido a llevar su cruz con elegancia.

En dos ocasiones pedí ayuda para él a la Alcaldía de Panamá, que considero debe estar obligada a cuidar de los adultos mayores abandonados, que cada día se multiplican más.

Siendo alcalde José Luis Fábrega pedí ayuda para él. La vicealcaldesa Judy Meana envió inspectores a visitarlo, pero parece que decidieron no atenderlo. La razón: Judy me mandó una foto de Moisés con una lata de cerveza en la mano. O sea que, para ayudarlo, además de no tener comida ni agua a mano, tampoco podía tomarse “una fría”, porque eso lo convertía en alcohólico. Otra parodia, ahora de nuestros políticos, en el país con uno de los mayores consumos per cápita de cerveza del continente.

Yo nunca lo vi borracho y no podía serlo ni, aunque quisiera. Le faltaba plata. Pero parecía que aquello era un delito que impedía que la Alcaldía del moderno y orgulloso distrito capital lo ayudara.

En el actual mandato de Mayer Mizrachi le envié, por WhatsApp, dos mensajes. Pero no me contestó. Evidentemente, el tema no era importante para él; no solo el caso del amigo Moisés, sino el de tantos que hoy viven en la misma situación de calle y precariedad.

Debe haber decenas o cientos como Moisés. Siento vergüenza cuando, llegando a la Corte Suprema de Justicia, después de pasar por el Smithsonian, encuentro a viejos y no tan viejos encendiendo alambres para convertirlos en sustitutos de la droga. Son gente que busca la muerte; la peor, la muerte lenta, porque la vida con dignidad ya no parece posible.

Nuestra rica y deslumbrante Panamá no puede seguir ignorando a estas personas a las que les faltó un papá, una mamá, un hermano, un amigo, un sacerdote o un pastor... alguien que les diera esperanza y un dedo índice que señalara el camino correcto.

Y si los tuvieron y no los atendieron, eso ya no importa. Lo que sí importa es que la situación de estas personas habla más mal de nuestra sociedad que de ellos. Ellos son los anónimos. Los que no aparecen en las fotografías de nuestra ciudad moderna. Los que carecen de voz que los represente o de una puerta a la que puedan tocar. Los que sobreviven a pocos metros de nuestros edificios, nuestros restaurantes y nuestras oficinas, pero que parecen vivir en otro país.

No busco culpables. El buen Moisés partió a un lugar donde no hay escasez, donde no se necesitan medicinas ni un alero bajo el edificio insignia de los constructores. Son para llamar la atención de quienes todavía pueden hacer algo por los que sufren hambre, sed e intemperie; por esos seres humanos que muchas veces ni siquiera entran en las estadísticas de los pobres de Panamá.

* El autor es analista político