Ser padre es más que estar presente
- 21/06/2026 00:00
Al reflexionar sobre mis sesenta y siete años de vida y evaluar el papel de padre, lo que espero es poder aportar no solo con buenos recuerdos sino ser un modelo de vida para mis hijos y nietos. En octubre de 1968, mi padre Edgardo “Melena” Carles fue despojado de su curul como diputado de la República. Aquel golpe militar conmocionó el núcleo familiar y provocó hacer ajustes para acomodarnos a la nueva realidad. Mi padre se mantuvo trabajando en F. Icaza y Cia., pero mi madre se vio obligada a entrar en escena y abrió una escuela de ejercicios físicos, una novedad en aquellos tiempos. Y juntos sacaron adelante a la familia con una fuerza extraordinaria.
Pero, además del reajuste familiar, la junta revolucionaria impuso a mi padre ciertos límites y le prohibió visitar su provincia natal de Coclé, con lo cual los meses de verano que usualmente pasábamos en Penonomé, por más de cinco años quedaron restringidos a la ciudad capital. Recuerdo que como familia sufrimos mucho esos veintiún años de dictadura, que incluyeron exilios y atropellos. Por supuesto, que en un ambiente así, la vida de una persona no puede transcurrir normalmente. Y mi padre, como cualquier otro ser humano, sufrió mucho y en varias ocasiones no estuvo presente. Y si lo evaluamos estrictamente por sus deberes de padre, claro que siempre vamos a encontrar defectos. Sin embargo, cuando Melena murió a los 81 años y nuestra familia le dio sagrada sepultura, supimos que habíamos tenido el mejor padre que podría haber deseado.
Desde que tengo memoria, quise ser como él. Era firme bajo presión, humilde en los éxitos, siempre íntegro. Su ejemplo me dio un objetivo al que aspirar, incluso si nunca lo conseguía. Esto es lo que los mejores padres hacen por nosotros. Marcan la pauta.
Hoy en día hablamos mucho de la importancia de que los padres asuman un rol igualitario en las responsabilidades parentales, y eso es bueno. Pero no hablamos lo suficiente del poder del ejemplo. Los padres son más que disciplinadores, proveedores o maestros. Son ejemplos vivientes de carácter, y ya sea que estén físicamente presentes o no, su influencia se filtra en sus hijos.
Los niños son observadores. Incluso cuando no tienen palabras, están observando. Observan cómo tratamos a los demás como padres. Escuchan lo que decimos cuando la persona de la que hablamos no está presente. Se dan cuenta de cuándo nuestras palabras no concuerdan con nuestro comportamiento. Y, silenciosamente, con los años, empiezan a comprender cómo es realmente el carácter.
Tendemos a recurrir a medidas más simples: ¿Te comiste la comida? ¿Hiciste la tarea? ¿Recogiste la ropa sucia? Esas cosas también importan, por supuesto, pero no son fundamentales. Si queremos que nuestros hijos comprendan la valentía, debemos demostrarla. Si queremos que valoren la humildad, debemos practicarla. Estos no son mensajes que se transmiten en una sola conversación. Son impresiones que se forman a lo largo de toda la vida.
Por eso, las responsabilidades del padre se extienden mucho más allá del hogar. Lo que importa es quiénes somos en nuestra comunidad, en nuestras profesiones, bajo presión. Cuando nuestros comportamientos externos contradicen lo que predicamos en casa, no podemos esperar que nuestros hijos absorban la mejor versión. Lo heredarán todo.
Esto no es un permiso para saltarse los cuentos antes de dormir ni para perderse los cumpleaños ni los demás momentos que perduran en la vida. Por supuesto que la presencia de un padre importa. Pero lo que importa más, y tiene mayor impacto, es su carácter. El carácter es lo que acompaña a nuestros hijos cuando están solos, inseguros o sometidos a pruebas; se convierte en la brújula a la que recurren cuando no estamos presentes para orientarlos.
Al reflexionar ahora sobre mi rol como padre, lo que más quiero es parecerme al mío y ser un ejemplo de vida. Intentar vivir según sus costumbres y tradiciones. Tratar de ser el más honesto en el trabajo y ser el más consecuente con los principios éticos y morales. Eso es lo que aprendí de mi propio padre.
Aquel 6 de enero de 2004 cuando murió Melena, no estaba en Panamá. Había salido de viaje con Enna y mis tres hijos. Pero recuerdo, con mucha claridad, que sentí que Dios me había premiado con haberme dado un padre como el que me dio. Por eso, este Día del Padre, propongo una definición más amplia de lo que significa celebrar a los padres. Celebremos a quienes llevan vidas dignas de emular, incluso cuando no están presentes. No necesitamos padres perfectos, pero sí necesitamos padres honestos. Hombres de carácter que, incluso en su ausencia, siguen siendo estrellas guía.