Todos somos keynesianos

  • 12/04/2026 00:00

Está de moda en Panamá que empresarios, autoridades de gobierno y hasta ciudadanos corrientes hablen sobre la urgencia de generar empleos y encontrar fórmulas para atraer inversión. Eso estaría bien, si al menos cuando lo hacen, tienen algún sentido de lo que dicen. Porque son contados con los dedos de una mano, por ejemplo, los que han leído o por lo menos hojeado el clásico económico “La Teoría General del Empleo, el Interés y el Dinero”, publicado a principios de 1936. O incluso si han oído alguna vez sobre “Las Consecuencias Económicas de la Paz y los Ensayos Biográficos”, que a pesar de estar escrito en un estilo más elegante que la Teoría General, carece de los pasajes ocasionales y efusivos sobre las pirámides egipcias y el comportamiento de los especuladores bursátiles, temas coloquiales para quienes intentan opinar sobre empleo y riqueza.

Han pasado 90 años desde que John Maynard Keynes se atrevió a proponer ideas novedosas como el factor multiplicador, la identidad ahorro-inversión y el tipo de interés para entender la cuestión del crecimiento económico. No hay duda que el mundo hoy disfruta de los formidables sistemas de economía debido a los argumentos que la Teoría General una vez propuso. Y este es precisamente el mayor logro de Keynes: que ningún otro economista haya hecho que otros hayan dado tanto énfasis al estudio de sus ideas. Keynes estableció que la demanda agregada (no la oferta) determina el empleo, que los salarios y los precios son rígidos (no se ajustan al equilibrio), que el ahorro no se convierte automáticamente en inversión (el ahorro es una fuga de demanda), y que la intervención estatal (política fiscal) puede estimular la demanda y combatir el desempleo.

Y esto último, para muchos, es la mayor contribución de Keynes: la transformación de las políticas públicas hacia el tratamiento del desempleo. La opinión generalizada antes de 1936 sostenía que la única cura segura para la depresión era la reducción de salarios y precios. Eminentes colegas de Keynes en Cambridge testificaron ante la Comisión Macmillan en 1930 que el desempleo era alto porque los salarios eran excesivos. Y que la recuperación económica sería posible si solo se permitiera que la libre competencia se manifestara en forma de reducción de salarios y precios.

Keynes ofreció a los funcionarios públicos una alternativa sensata a este frustrante consejo a través de mayores asignaciones de ayuda, programas de obras públicas y enormes déficits. Como consecuencia, en Estados Unidos se implantó una política económica de “construir pirámides”, acompañada de un compromiso nacional de generar empleo y bajar impuestos para promover la inversión. Allí está el triunfo definitivo de Keynes, que tanto el sector gobierno como la empresa privada hayan aceptado la medida de gastar y endeudarse como una política pública acertada.

Como comentó recientemente un distinguido economista en mi presencia, hoy en día todos somos keynesianos. Y el keynesianismo en Panamá significa mucho más que el estímulo que causa un aumento del gasto público o una reducción de los impuestos. Porque al reflexionar sobre la Teoría General, encuentro dos concepciones básicas desde las cuales se puede generar una política pública sólida. Una, está el Keynes moderado, que cree que, si los bancos prestan más dinero y aumentan el circulante, los tipos de interés bajarán y la inversión empresarial aumentará. Allí veremos el factor multiplicador beneficioso que tanto Keynes mencionó en su libro y que se ha demostrado que impulsa suavemente la economía y la lleva hacia el pleno empleo. Y dos, también está el Keynes generoso, convencido de que los aumentos del gasto público pueden complementar la inversión privada rezagada y devolver la alegría al capitalismo.

Recuerdo de mis clases de economía en Ripon College con el profesor John Livingston, alumno de Keynes en Cambridge, a un Keynes racional que simplemente quería que paguemos menos impuestos y gastemos más dinero en las cosas buenas que las empresas producen abundante y eficientemente. Y ese es el mismo Keynes que además aporta soluciones a los problemas actuales de la economía moderna: la automatización, el deterioro urbano, el alto déficit, las elevadas deudas, las economías deprimidas y la pobreza persistente. Donde Keynes no tiene respuestas ni ningún otro economista jamás tendrá fórmulas para salvar los gobiernos que malversan fondos, se endeudan para pagar planillas improductivas y asignan recursos irracionalmente.

Quizás la versión de Keynes que más necesitamos hoy sea la de reafirmar su confianza en el poder de la demanda agregada en la función de consumo y empleo. Y tal como lo resume al final de la Teoría General, en este mundo los hombres prácticos requieren de la influencia intelectual de algún economista vivo o fallecido. Quizás exista aquí una moraleja que a Keynes le habría encantado porque hoy todos somos keynesianos.