Un pueblo, un árbol, una extinción
- 16/04/2026 00:00
En algún lugar del planeta, cada hora, una especie animal o vegetal desaparece para siempre. Las extinciones ocurren en silencio, lejos de las cámaras, y la mayoría de las veces ni siquiera alcanzamos a saber el nombre de lo que se pierde. Panamá no es la excepción. Solemos mencionar especies carismáticas como la rana dorada o el mono tití, que en efecto requieren planes especiales de protección, pero hay una lista mucho más larga de especies que se desvanecen sin que nadie las vea. Uno de esos casos, quizá el más crítico, es el del sangrillo negro, un árbol endémico del Pacífico sur-occidental que hoy sobrevive apenas como un fantasma arbóreo.
La historia de este árbol comienza ligada a la Chiriquí Land Company, que transformó Puerto Armuelles en un enclave bananero. Allí, un colaborador muy diligente llamado Fred Gruber recolectó ramas, flores y frutos del árbol. En 1960, un botánico de la Universidad de Yale describió la especie y la nombró Paramachaerium gruberi en su honor. Los primos más cercanos de esta especie están en la cuenca amazónica. La madera de este árbol resultó tener una propiedad excepcional: resistencia natural a organismos perforadores, incluso en agua salada. Por eso, la compañía la usó para construir muelles, durmientes de ferrocarril y cimientos de viviendas. Sin dudas la madera del sangrillo negro y otras especies de las selvas del área levantaron el pueblo!
Hoy, el sangrillo negro está al borde del abismo del no retorno. Quedan muy pocos individuos maduros en todo el planeta. Todos en Puerto Armuelles y Puerto Jiménez en Costa Rica. Su distribución en Panamá se limita a un puñado de parches de bosques en medio de potreros en Puerto Armuelles y la base norte de la Península de Burica. Los pocos núcleos de árboles que quedan están muy aislados entre sí, sin posibilidad de cruzarse efectivamente. Solo quedan testigos de un ecosistema maravilloso casi desaparecido a fuego y hacha.
La ciencia ha sido clara y ha declarado que la especie cumple todos los criterios científicos para ser declarada En Peligro Crítico. Y Panamá así lo ha reconocido oficialmente en sus listados de especies amenazadas. Pero aquí aparece la contradicción más dolorosa: el reconocimiento legal no se ha traducido en acciones concretas. No existe un plan de conservación activo, no hay un inventario nacional georreferenciado de los individuos remanentes, no hay programas de propagación en viveros ni rescate genético. La especie está protegida en el papel, pero en la realidad sigue siendo víctima de la tala, la ganadería extensiva y la indiferencia. No sé qué esperamos o quien toma las decisiones. No sé si hay culpables o simplemente mucha indiferencia generalizada ante la extinción. La distancia entre declarar y actuar es, en este caso, la diferencia entre la supervivencia y la extinción. Como científicos volvemos a sonar las campanas de la acción frente a la inacción.
Aún hay esperanza. Existe un área llamada Chorogo, de más de mil hectáreas, que fue declarada bosque protector en 1995 precisamente por albergar bosques con sangrillo negro, en un pequeño sector de su área. Un decreto posterior, mal fundamentado e ilegal, derogó esa protección. Hoy, organizaciones ambientales han impugnado esa derogación y esperan una decisión del Ministerio de Ambiente. Si se restaura la figura legal, el sangrillo negro contaría con un hábitat crítico protegido. Pero la restauración de un decreto no basta si no viene acompañada de recursos y voluntad política.
¿Por qué debería importarnos la pérdida de un árbol más? Porque la extinción no es un fenómeno lejano. Ocurre aquí, ahora. Y cuando una especie endémica se extingue en Panamá, se extingue en el universo entero. Resalto la labor de la Reserva Forestal de Barú, que custodia un par de individuos, pero debe ser una responsabilidad de todos.
El sangrillo negro es un árbol hermoso pero no carismático como objeto de conservación. No tiene una campaña mediática a su favor. No da réditos políticos. Pero su extinción sería un síntoma inequívoco de nuestra incapacidad para proteger lo que nos es propio. Cada individuo perdido acerca a esta especie al punto de no retorno. El tiempo de los diagnósticos ya pasó. Ahora toca decidir si Panamá será el país que dejó morir al árbol que construyó un pueblo o aquel que, en el último minuto, decidió que su patrimonio natural merecía un esfuerzo. La ciencia ya hizo su tarea. Falta que el Estado haga la suya en firme.