Vasco Núñez de Balboa, ¿héroe o villano?
- 28/04/2026 00:00
El descubrimiento de América en 1492, empresa inmensa de Cristóbal Colón, abre hace más de cinco siglos un nuevo capítulo de la historia humana. Surge, de este hecho, la virtualidad de la integración plena del hombre al revelarse mutuamente la existencia del último gran continente de la Pangea original que derivó en dirección oeste centenares de millones de años antes y que pobladores del Viejo Mundo ocuparon desde quizás más de 20.000 años atrás, en migraciones de las cuales se perdió todo recuerdo histórico.
Aparejada a la primera gesta colombina y en línea directa con ese evento, encontramos la epopeya de Balboa escenificada en Panamá en 1513. Así como Colón abre un nuevo continente que se integra al Viejo Mundo, Balboa abrirá simbólicamente un océano, el Mar del Sur, que cerrará el círculo de esta integración, que unirá, definitivamente al planeta entero al culminar en 1522 el periplo de circunnavegación de Magallanes-Elcano.
La figura de Balboa despierta pasiones encontradas: exaltación y rechazo, admiración y condena, pero no indiferencia. Para Germán Arciniegas es el arquetipo de nuestro antepasado hispánico que viene a hacer su América, héroe popular, prófugo de la justicia que llega al istmo clandestinamente y descubre para Europa un océano, el mayor del planeta. Para nosotros es igualmente el héroe maravilloso del Caribe mágico. Dominicano y panameño; medieval y moderno, renacentista al fin.
Ni santo ni demonio, Balboa es un hombre de su época y de su condición. Es una realidad comprendida desde hace mucho por la historiografía más avanzada, pero aún discutida por gente ignorante de los avances de la ciencia histórica, por políticos oportunistas y cínicos o por ideólogos sin sustancia. Sólo por ser maestro de la primera escuela de conquistadores de tierra firme y su estrategia de conquista y pacificación en el Darién, Balboa merecería un lugar destacado en la historia nacional, porque sustenta nuestros inicios, pero es además protagonista de una epopeya grandiosa que trasciende mares y continentes, y así lo reconocemos como nuestro primer héroe universal.
¿Héroe o villano? es la pregunta que muchos se hacen sobre Vasco Núñez de Balboa, en extraordinario alarde de anacronismo, en verdad de ignorancia. ¿Podemos utilizar los juicios de valor de nuestra civilización y de nuestros días para calificar el quehacer de un personaje histórico de hace cinco siglos? Es una inquietud falsa que atrae en pleno siglo XXI a algunas personas, incluso a intelectuales reconocidos y a militantes políticos de todos los colores. Es un intento por encontrar otros culpables, aunque estén muy alejados en el tiempo, de las carencias y de las fallas de las sociedades actuales y de sus líderes. Sucede en muchos lugares del mundo. Empresa vana que sólo sirve para justificar la ideología del arrepentimiento y la hipocresía de gentes que hablan como si fueran descendientes únicamente de los indígenas americanos.
Ignoran los responsables de estos planteamientos en Latinoamérica, con levedad, a veces con mala fe, que son en su inmensa mayoría el resultado, en diversas dosis, del intenso mestizaje biológico y cultural y de siglos de eventos, de fenómenos y de antepasados de los que ahora reniegan. Precede esta actitud a la demanda de reparación material, política y moral por parte de quienes se consideran, así, descendientes solo de colonizados, explotados y humillados hace siglos, lo que puede llevarnos a la mayoría de los seres humanos, siguiendo la misma lógica, a responsabilizar por la situación actual a las viejas civilizaciones matrices, hasta las de los albores de la humanidad.
Núñez de Balboa es también manifestación, aunque tardía, de versiones variadas de la leyenda negra de la conquista y de la colonización de América realizada por los españoles, inventada por sus rivales europeos desde el siglo XVI comenzando por los ingleses, copiada, desde el siglo XIX, por los estadounidenses, y hasta por académicos de universidades prestigiosas de ambos continentes. Constituye una narrativa de la propaganda contra los pueblos ibéricos, que en otros asuntos desde el siglo XX, militantes políticos e ideológicos aplican a todas las potencias coloniales europeas al denunciar únicamente los crímenes reales o imaginarios del mundo occidental.
¿Qué dejó España en América? Un legado de más de tres siglos, mucho mayor que el de otras potencias coloniales, con plantas y animales que cambiaron el inmenso paisaje natural y cultural, decenas de universidades, imprentas, escuelas, hospitales, arquitecturas y artes novedosas, ciencias y tecnologías, el derecho romano, legislación, administración pública, cabildos, pueblos, ciudades, puertos, el intenso mestizaje, parroquias, antepasados de nuestros municipios y audiencias reales, el marco geográfico de Estados nacionales, el cristianismo y el español, una lengua espléndida ahora universal, presente desde los Estados Unidos hasta la Tierra del Fuego, y un largo etcétera. España dejó su marca genética en la mayoría de los habitantes de Hispanoamérica, y además su marca cultural en todos, al menos 450 millones, que irradia al resto del mundo. Esta herencia española representa la identidad profunda de Hispanoamérica. Grueso legado que desconoce la ideología delirante de la culpa y el arrepentimiento cultivada por ciertos políticos de Europa y América.
Dentro de esa realidad, podemos preguntarnos: ¿Qué es España hoy para los hispanoamericanos y, en consecuencia, para los panameños? Un lugar de inmigrantes de su misma matriz cultural y lingüística que aportan un respiro indispensable a una demografía declinante. Un ineludible referente histórico y de un país moderno, aliado entrañable, pero también una ventana más abierta a la Unión Europea, espacio excepcional de civilización, el acceso más fácil a la ciencia y la tecnología más avanzadas, a la educación de alta calidad y a la fuente principal de nuestros valores más preciados: el humanismo, la laicidad, la democracia liberal y la libertad.