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30 de Sep de 2020

Cuentos y poesía

Amor y violencia en tiempos del virus coronado

Cuentos y Poesías del 12 de abril de 2020

Amor y violencia en tiempos del virus coronado

Lupita, cabello en llamas, está esperando que el piso se seque para entrar en la cocina, servir la comida, enviar el email que le prometió a la jefa, y luego, por fin, hacer la tarea con los pelaos.

José, el esposo de Lupita, no se mueve de la cama. Ha decidido que no hará nada. No será nadie. No hablará de lo que está pasando. Ha contemplado prohibir en todas las habitaciones de su casa el uso de las palabras virus y pandemia. Si no se habla del asunto, quizás el asunto desaparezca.

“El reportero, cubierto con mascarilla y guantes, explica que la mercancía se la llevaba la dueña de la tienda a su casa por temor a las acciones que iniciaron los militares vestidos de policías. La dueña muestra a las cámaras –a sus vecinos nacionales que la acusan– el aviso de operaciones de la tienda, las facturas”.

«¿Cómo que no sabes la raíz cuadrada de 39?», le pregunta Lupita con calma de monja a su hijo menor, ese que vino después del segundo porque José la convenció de que era una tercera bendición, una obligación. «Mira en el cuaderno como tú mismo lo resolviste ayer. ¡Pon atención!», pero la cara de monje silencioso de la tercera bendición provoca gritos amazónicos, «cuando salgamos de esta, vas pa escuela pública».

«¿Cómo qué no sabes si me vas a pagar el décimo?», escupe José al teléfono que se cree inteligente. «Me lo prometiste. ¿Me estás escuchando?», pero al otro lado de la banda ancha solo hay otro hombre que no sabe cómo seguirá siendo hombre si no tiene para pagar luz ni carne.

Lupita, teléfono en mano, ve el reportaje que aclara que el saqueo en ese barrio en ruinas no fue saqueo. El reportero, cubierto con mascarilla y guantes, explica que la mercancía se la llevaba la dueña de la tienda a su casa por temor a las acciones que iniciaron los militares vestidos de policías. La dueña muestra a las cámaras –a sus vecinos nacionales que la acusan– el aviso de operaciones de la tienda, las facturas. Ella construye su mejor cara de empresaria y repite: «Solo protegía lo mío». Lupita recorre con el pulgar la pantalla del teléfono –una pantalla que se deja morder por el pulgar– y dice en voz alta, para que la escuche el viento: «Ladrona que eres».

José promete quedarse en esa cama fría hasta el fin del virus, contemplando cada dos horas su cuenta bancaria, pensando en los susurros de Lupita, «muérdeme la espalda». Mientras menos hace, más claro tiene cuáles serán los efectos de la moratoria de pagos de servicios públicos. Mientras más flácido, más le alegra que los trabajadores de ministerios tendrán que contribuir de sus salarios al fondo solidario. «Lávate los dientes, sabes a vinagre», algo así dijo Lupita esta mañana y José quiere usar sus puños para formar cráteres en la cara del funcionario que autorizó millones de dólares para limpiar paradas de buses.

Lupita, con los pelaos enfrente, habla por teléfono con su amiga Kiriam, una deidad que canta jazz por dinero: «Gente acomplejada», concluye Lupita, «¿por qué les molesta que haya quienes pueden comprar salvoconductos para bodas de lujo? Eso no es privilegio. Eso no es abusar de los trabajadores. Eso es libertad», y Lupita no comprende la cara de desilusión inédita de los pelaos.

Amor y violencia en tiempos del virus coronado

José tiene enfrente a Lupita en llamas y admite por dentro la derrota. «Ganó el virus», piensa el hombre que ya no sabe cómo ser hombre, «expulsó la carne de mi carne. No la carne que todos ven, sino la carne que solo es para Lupita y que ahora es solo una tira babosa». José quiere explicarle a Lupita, pero ella tiene necesidad y se acerca. Él apuesta a la estrategia del cangrejo. Decide que es mejor hablar de la pandemia que entrar en asuntos de la carne: «Escuché que en las clínicas privadas están haciendo las pruebas a $700. Una ganancia del 6,900%».

Pero Lupita está llena de volcanes ronroneros que se enfurecen con cada paso de cangrejo del marido, y se acerca aún más.

José grita por dentro de la forma más simple que puede gritar un hombre.

Lupita invade.

José quiere usar sus puños para formar cráteres en la cara de la invasora.

Autor

Javier Stanziola

Javier Stanziola, panameño, ha recibido el Premio Ricardo Miró en cuatro ocasiones, tres en teatro ('De mangos y albaricoques, Solsticio de invierno' y 'Hablemos de lo que no hemos vivido') y uno en novela ('Hombres enlodados').

Sus obras teatrales se han mostrado en España, Costa Rica, Chile y el Reino Unido. Entre sus obras teatrales más recientes se encuentran 'Cristo Quijote' 'Tratado y RE:Versiones'.