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27 de Feb de 2021

Cultura

La esperanza de mejores días

Cuando llegué al colegio, un funcionario me dijo que no podía ingresar a dar el examen porque no había pagado una cuota de 15 dólares", ...

Cuando llegué al colegio, un funcionario me dijo que no podía ingresar a dar el examen porque no había pagado una cuota de 15 dólares", recuerda entristecida Yaritzel Caisamo al rememorar aquella experiencia del verano de 2007, en la cual tuvo que recurrir a una amiga de su comunidad que suele ayudarles en situaciones difíciles en la ciudad, donde los inmensos edificios y el estruendo de esta urbe tan diferente a su pacífica aldea en la que solo se escucha el rumor del río y el canto de los pájaros, los aturde.

Vestida con una larga falda que enrolla en su delgado cuerpo, varios collares de semillas y caracoles en su cuello, una corona de flores rosadas en la cabeza y con los infaltables tatuajes geométricos de líneas negras en el rostro, esta niña emberá, de apenas 14 años, refleja en su mirada la esperanza de mejores días para su pueblo.

La comunidad de Yaritzel está ubicada a 45 minutos de viaje por los afluentes del caudaloso río Chagres en cayuco artesanal (canoa indígena) de la población de Caimitillo, una aldea rural a la que se llega después de un largo viaje en automóvil desde la capital. Desde su lejana aldea, esta pequeña emprende un recorrido de alrededor de tres horas hacia el centro de la ciudad para asistir al colegio donde estudia, en un régimen especial, el cuarto año de secundaria.

Para llegar a su destino tiene que recorrer el río en cayuco hasta Caimitillo y desde allí pasar por una verdadera odisea en cualquier tipo de transporte, por una carretera llena de baches, hasta la Vía Transístmica, donde finalmente puede abordar un autobús que la traslada hasta el colegio. La larga travesía la agota, pero su entusiasmo por aprender es mayor al cansancio físico y por ello hace el recorrido con alegría, junto a otras niñas de su pueblo, que también estudian en la ciudad.

"Uno de mis sueños más grandes es convertirme en contadora y me faltan dos años para culminar los estudios secundarios", cuenta Yaritzel mientras hace un alto después de ejecutar diversas danzas junto a otras niñas y jóvenes para enseñar su cultura a los turistas, susurrando con una voz suave su sueño aún lejano de ingresar a la Universidad de Panamá.

Yaritzel es carismática y, pese a su corta edad, se ha ganado el cariño y el respeto de su comunidad donde es considerada una líder juvenil debido a la seriedad con la que toma las cosas de la vida. Este año el cacique Eneldo Ruiz y el pleno de su comunidad la nombraron secretaria de juventud para que cumpla el rol de dar charlas a las niñas y niños de la aldea, organizándolos en grupos para la conservación de la naturaleza y explicándoles la necesidad de atender los estudios.

"Me gustan las matemáticas porque siempre hay una respuesta, a diferencia de otras materias donde las preguntas quedan sin respuesta o muchas veces son confusas", asegura mientras mira sus pies descalzos llenos de polvo.

A diferencia de otras niñas de su edad, que juegan despreocupadas, pasean por las calles de Panamá o visitan los modernos centros comerciales de esta urbe pensando en los regalos de Navidad que recibirán de sus padres, Yaritzel enseña a otros niños de su aldea matemáticas y los orienta en las obligaciones con su comunidad.

Yaritzel se ha convertido en un símbolo porque representa la esperanza de esta población indígena, que ahora, pese a sus escasos recursos económicos, se esfuerza por educar a sus niños para que puedan tener una mejor calidad de vida y acceder a los beneficios de la modernidad. La dura existencia que enfrenta esta niña no la amilana y su determinación, pese a su frágil figura, representa la fuerza de las nuevas generaciones de estas comunidades que, a pesar de las limitaciones, quieren otro futuro, diferente al que tuvieron sus antepasados.