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13 de Apr de 2021

Cultura

Paternidad Los conflictos internos

Siempre soñaron con tener su primer hijo. Durante los meses de embarazo, ambos padres no dejaban de imaginarse cómo sería su bebé. Fuero...

Siempre soñaron con tener su primer hijo. Durante los meses de embarazo, ambos padres no dejaban de imaginarse cómo sería su bebé. Fueron semanas las que tuvieron que pensar para escoger el nombre ideal de su pequeño y ni hablar de las horas que pasaron escogiendo cada detalle para el nuevo integrante de la familia.

Sin embargo, una vez este llegó a su mundo, el escenario con el que habían soñado no se comparaba con la realidad.

Se podía ver a una madre feliz y enamorada de su bebé, pero por otro lado se percibía a un padre que reflejaba cierto grado de irritabilidad. ¿Cómo puede ser esto posible? ¿No se supone que el padre también debía estar lleno de emoción, porque al bebé que había esperado con ansias ya lo tiene en sus brazos?

‘Para la mujer, el hecho de convertirse en madre es una experiencia con la que desde la infancia se fantasea, lo que podemos observar en los juegos de muñecas y juegos de roles como ‘yo soy la mamá’. Se trata de un asunto instintivo, biológico y psicosocial que enviste a la mujer con toda esta potencialidad que la preparará frente a la maternidad’, explica Sarah Sasso, psicóloga clínica-psicoterapeuta y experta en terapia familiar y de pareja.

Sin embargo, en algunas ocasiones se puede generar en el hombre una gama de sentimientos y conductas como resultado de aspectos que surgen en él mismo, a nivel de su vida emocional, particularmente en los roles que debe cumplir como hombre, esposo y ahora padre.

De acuerdo con Sasso, el padre puede verse sumergido en un mar de sentimientos encontrados con el nacimiento de su hijo. Es capaz de sentir felicidad, pero al mismo tiempo temor.

‘Los hijos llegan para quedarse, para convertirse en el otro punto del vértice que una vez estuvo completado solamente por la pareja, por lo cual cuando nacen los hijos, el padre puede sentirse que no es parte de ese vínculo tan fuerte que se observa en la de madre-hijo; no obstante, es necesario recalcar que su función es importantísima, casi vital’, comenta. Para lograr esto, el hombre no solo debe verse como un ‘proveedor’, ‘espectador’, sino más bien debe ser un actor esencial en dicha dinámica (madre-bebé) que no solo es física, sino también emocional.

Para que el hombre se sienta partícipe es primordial que la madre pueda abrir un espacio para que él intervenga en todo el proceso, interactuando con ella y el bebé. Como resultado de esto ‘se irá desarrollando en el hombre la posibilidad de sentirse seguro, confiado en sus propios potenciales e introduciendo la idea en sí mismo de que ser padre no es sólo un asunto de ‘hacer’, sino de ‘ser’…, debe darse una experiencia emocional como ninguna’, apunta.

Si percibe que su pareja muestra un comportamiento fuera de lo normal, es muy probable que esté experimentado alguna lucha de emociones. Para evitar y tratar esto, Sasso recomienda que el hombre participe activamente, tanto en el proceso de embarazo como en el nacimiento. También es elemental que el padre apoye a la mujer-madre en su función materna, y sobre todo que exprese sus sentimientos (alegría, miedo, confusión, etc).