25 de Feb de 2020

Cultura

Vivir, respirar y sudar el manglar

El viento húmedo, casi frío en esa noche de verano, soplaba con fiereza moviendo las palmas que, en hilera, miraban hacia el mar. A lo l...

El viento húmedo, casi frío en esa noche de verano, soplaba con fiereza moviendo las palmas que, en hilera, miraban hacia el mar. A lo lejos, a mi izquierda, sobre la negrura del océano que se difuminaba en otra menos oscura en el horizonte, las luces de dos barcos se mecían al compás de las olas. El único sonido que interrumpía el silencio alrededor era el siseo de las hojas de palma producido por el viento que las traspasaba, el toc toc intermitente de las cuerdas que sujetaban una pancarta de lona donde a coloridos brochazos se había trasladado la naturaleza del área y el graznido eventual, escalofriante, de algún ave nocturna perdida en la selva cercana.

En una mesa-banco de madera en el centro de visitantes, me senté a esperar. Un frasco de ‘cashew’ y una linterna en la mesa, una cerveza en una mano y ‘El país semanal’ en la otra. A mi espalda el esqueleto de una ballena tropical, algo deteriorado e incompleto, hablaba de la rica biodiversidad del entorno. A mi derecha el bosque cerrado del trópico panameño y el manglar me contemplaban con miles de ojos invisibles a los míos. La luz que alumbraba el rancho en el que me encontraba moría a pocos metros, y, a pesar de ser una noche clara poblada de estrellas, su manto negro lo cubría casi todo.

Un par de horas más tarde, con los huesos traspasados por la humedad de la noche, suspendí la espera, por inútil. El anunciado y temido visitante no llegó. Nunca lo vi. Pero tengo testigos de que si anda por ahí. Los guardias de seguridad y los policías ambientales lo han visto y han evitado enfrentarse con él. Y al parecer tiene ya algunos años de rondar las cercanías. Después de todo su hábitat es el manglar. Claro que no permanece allí, por las noches husmea en tierra y a veces nada en el mar, cerca a la orilla. Por eso no es aconsejable bañarse en el sector, por eso y por las barracudas, los erizos, los corales...en fin, porque es un laboratorio marino y no un balneario y porque su labor fundamental es ayudar a apreciar, comprender y conservar el mundo natural.

Parte de ese mundo natural es el visitante que no llegó. Se trata del cocodrilo americano, que en el caso específico de Punta Galeta, que es donde nos encontrábamos, mide unos 7 pies, según quienes lo han visto. El adulto suele llegar a tener hasta 6 metros de largo y generalmente es una especie agresiva con el ser humano. Su hábitat natural es cercano a la desembocadura de los ríos en el mar, es decir donde se mezclan las aguas dulces con las saladas, aunque no tiene empacho en incursionar en el mar si se trata de colonizar nuevos territorios.

Punta Galeta, en Colón, es donde se encuentra el laboratorio Marino del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales, una división del Smithsonian de Washington D.C., reconocido como centro líder en investigaciones sobre biología tropical. En este centro, el Smithsonian mantiene desde el año 2000, una estación de campo y un programa público de educación ambiental sobre ambientes marinos y costeros abierto a diferentes tipos de visitantes y enfocado en la conservación.

‘Una de las herramientas para tener un concepto real, es recorrer el sendero del manglar’, dice Jorge Morales, licenciado en biología ambiental en funciones hace 5 años en Punta Galeta. ‘Los visitantes necesitan vivir, respirar, sudar y sentir las chitras para conocer ese ecosistema’, agrega este joven profesional.

El laboratorio, que fue establecido como tal en 1964, con su centro de visitantes, dormitorios para investigadores y las instalaciones científicas, se encuentra en un área protegida como parte de las 477 millas de costa sobre el Mar Caribe que tiene Panamá. Antiguamente y durante la II Guerra Mundial era una base naval estadounidense que servía para vigilar el tránsito de los barcos en la parte norte del Canal. En aquella época la base contaba con un enorme radar al que se denominaba ‘la jaula del elefante’ con el cual se monitoreaba la seguridad de la vía interoceánica. Junto al sitio de investigaciones de Barro Colorado, establecido en 1923, depende del Smithsonian y trabaja con fondos federales ostentando la condición de misión internacional.

En los años 70, en Galeta, se estableció una estación de monitoreo para reportar las temperaturas del océano, la velocidad del viento, las mareas y la salinidad, entre otras informaciones. En 1986 al producirse un derrame de petróleo a unos 8 kilómetros de Galeta, el laboratorio realizó estudios sobre la forma en que este tipo de eventos puede afectar el ecosistema, los mismos que se dieron a conocer a nivel internacional. Regularmente un grupo de científicos visitantes llega a Punta Galeta por tres meses, una vez por año, para realizar todo tipo de estudios e investigaciones. Uno de los visitantes más antiguos es Wayne Sousa, de Berkeley, California, quien hace 20 años estudia la dinámica del manglar.

Pero también llegan estudiantes. Estudiantes extranjeros como la media docena que estuvieron entre el anterior domingo y este jueves procedentes de la Universidad de Duke, de Carolina del Norte del curso de Ecología Marina Experimental o nacionales como los de escuelas de diferentes puntos del país que llegan acompañados por un profesor de ciencias y permanecen una semana haciendo trabajos de campo. El año 2010 se inició este programa y los estudiantes del Colegio Ebenezer de Colón desarrollaron un proyecto sobre hongos de manglar. Y también están las visitas guiadas para el público en general que permite tocar y observar animales marinos, recorrer el manglar, observar aves y aprender sobre los ecosistemas del área.

Según sus propios registros, son aproximadamente 10,000 visitantes que Punta Galeta recibe por año, cifra de la cual el 90 por ciento son estudiantes de escuelas, colegios y universidad nacionales y el 10 por ciento restante grupos de familias y turistas extranjeros.

Se trata en resumidas cuentas de una ayuda para recuperar el contacto con la naturaleza, para recordar su enorme belleza y poder. Ese poder que se manifiesta en el bramido del mar en la mitad de la noche, en la ferocidad de los cocodrilos y las barracudas, en la riqueza y sensualidad del manglar, en la fuerza inclemente del viento capaz de desgajar de cuajo un árbol, en el rugido aterrador de una tormenta tropical o la magnificencia del arrecife de coral, delicada barrera entre el abismo insondable del océano y la costa. Una ayuda para aceptar con humildad nuestra pequeñez frente a la inmensidad del planeta y su capacidad para ubicarnos. Un recorderis de que todavía estamos a tiempo de reaccionar y salvarlo.