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07 de Jun de 2020

Cultura

Nos vemos en el otro lado, querido Peluca

Cuando la muerte toca la puerta, no queda más remedio que detenerse un minuto a pensar en ella. En qué de todo lo que conlleva una pérdi...

Cuando la muerte toca la puerta, no queda más remedio que detenerse un minuto a pensar en ella. En qué de todo lo que conlleva una pérdida, no sé; pero es justo reflexionar al respecto y hacerlo sin miedos ni aspavientos.

En mi caso al menos les confieso que desde hace algunos años he ido perdiendo de a poco el temor a desaparecer. No espero que me crean, claro, porque cada vez que lo digo, se me acusa de estar hablando paja. Pero es así, no me preocupa morir. Y no porque esté en paz conmigo mismo o alguna ridiculez ayurvédicas por el estilo, si a mí me atormenta hasta ir al supermercado (¡con estos precios!). Simplemente, llegué a la conclusión de que es una pérdida de tiempo preocuparse por lo único cierto e inevitable que te va a pasar en la vida: el fin.

Una preocupación de la que no he podido librarme, sin embargo, es que a propósito de mi muerte se lean en mi entierro esas frías y aburridísimas resoluciones de duelo. Lo siento, pero me resultan tan detestables. O que un fulano equis pida la palabra y se le ocurra decir maravillas hiperbólicas de mí, despertando amplias sospechas. ¡No faltará quien diga que le pagaron! Porque seamos honestos: ¿cuántas flores se pueden decir de mí? Amigos de Cambio Democrático, por favor abstenerse.

Hoy estamos y mañana no, no hay más vuelta que darle. Algunas veces hasta llega a sorprenderme el que no me haya muerto aún. ¿Por qué no, acaso alguien sabe cuándo le toca? Y no sé ustedes, pero convengamos que yo ya no me cocino en una sola vuelta. Así las cosas, compañeros, no nos queda más que vivir con furia y pasión.

En los últimos días murieron algunas personas que conocí. Entre ellos quisiera destacar a Peluca, baterista panameño y figura del rock cuya partida ha conmocionado genuinamente a la comunidad artística de este país. Y el impacto que ha generado su deceso no es gratuito, pues ese hombre de gran talento musical y una envidiable alegría perpetua, fue uno de los roqueros más emblemáticos del patio. Luego de muchos años dedicados a la música, en los que formó más bandas de las que mi mente alcanza a recordar y demostró una gran evolución en el dominio de la batería, este ser irremediablemente carismático, gracioso y amiguero merece ser recordado como un verdadero ícono de la historia del rock en Panamá.

Una historia que apenas empieza, como muchas cosas en lo que respecta a esta joven nación canalera; pero dentro de la cual Peluca supo ganarse un lugar privilegiado y convertirse no solo en una estrella, sino en un músico querido y respetado por sus compañeros y todo aquel que lo conoció. Por eso y más, deseo dedicarle esta columna que –aunque bien sé que no vale mucho en el mercado editorial- pretende ser un sentido y cariñoso homenaje a un valioso artista que se nos adelantó. Hasta pronto.

COLUMNISTA