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18 de Apr de 2021

Cultura

Una cerveza con el genio de la isla

Hay un cantautor latinoamericano de raíces alemanas al que admiro mucho y al que tuve la oportunidad de entrevistar cuando visité Aleman...

Hay un cantautor latinoamericano de raíces alemanas al que admiro mucho y al que tuve la oportunidad de entrevistar cuando visité Alemania en el año 2003. Roberto Diersmann tenía en ese entonces sesenta años (ignoro si ha muerto ya) y vivía solo en una modesta cabaña situada en una isla llamada Spiekeroog, al noroeste del país germano. Spiekeroog: aguas frías y vientos corta cara.

Las canciones de Diersmann no se encontraban en Internet. Solo había grabado cuatro discos de los que ya no se conseguían copias (ni él mismo tenía) y solo se presentaba cinco o seis veces al año en algunos bares de la isla. ¿De qué vivía Diersmann? Nadie lo sabía, lo cierto es que en su humilde morada contaba con todo lo necesario para sobrevivir. En mi cuaderno de notas transcribí lo mejor posible las palabras que me regaló aquella tarde: ‘Mi apellido es Diersmann y, como sabes, la mitad de mi sangre es de algún lugar del otro lado del charco que ya he olvidado. Para empezar yo no doy respuestas, las busco en mi canciones. Al que quiera cuestionar la vida junto a mí, lo invito a escuchar mi música y a asistir a mis escasos conciertos. Canto porque no me queda otra. Caí en la música como otros caen en el alcohol, o en las apuestas, o en las drogas o en las pandillas. Yo andaba caminado sin malicia y la zángana música me metió la zancadilla y ella misma me tendió la mano y me curó el raspón en la rodilla. Es mi salvadora, mi amiga y mi mandamás, soy su esclavo, soy su esclavo porque solo con ella puedo alcanzar la libertad.

‘Soy un hombre con canas, no tengo tiempo para entrar en el juego de escribir canciones infantiles, escribo y canto lo que me hace feliz, o lo que me sale de las entrañas; escribo y canto cosas que, después de pasar por mi escrutinio, no me parezcan tan vulgares, melodías y letras que no traicionen el puñado de talento que me dio Dios, el diablo, o los demonios cuando se juntaron para deliberar si yo merecía el don de la música.

Hacer menos de lo que puedo, no darlo todo de mí a la hora de componer una canción, me parece lo más miserable del mundo. Entiendo al que decide hacerlo, pero yo me sentiría sucio si lo hiciese. ¿Mi voz? Bueno, ya todos sabemos que no es la gran cosa, pero tampoco es tan mala como la de Dylan o la de Lou Reed, por favor, díganme que no, por favor. Soy un explorador de melodías, nada más, y dentro de esas melodías quiero que se acuesten palabras que preferiblemente tengan algún sentido. Es todo, no aspiro a nada más y hace rato que no me interesan ni la fama, ni el dinero, ni la tele, ni, honestamente, esta entrevista que me estás haciendo, vaya, que no es nada personal.

‘¿Las mujeres? Carajo, qué te puedo responder, las mujeres son seres muy poderosos. Todavía no he podido escribirles una canción que les haga justicia’. Y eso fue todo. Tocamos guitarra, cantamos, bebimos cerveza y tomé el ferry de regreso a la Alemania continental, lleno de melodías y letras. Lleno de dudas. Pero ¿para qué certezas?

MÚSICO Y POETA