21 de Feb de 2020

Cultura

Mario Calvit, pinceles de acero

Sus esculturas son como pequeños monumentos metálicos. En sus lienzos aparecen arlequines en colores pasteles.

Mario Calvit es un artista con sensibilidad y carácter. Cuando habla acerca de sus pinturas y esculturas, al finalizar cada comentario su bigote enhiesto cubre su boca como una cortina metálica. Luego sus ojos se levantan buscando los de su interlocutor con súbito recelo, como hace alguien que se percata que ha bajado la guardia por un par de minutos, retomando una actitud esquiva frente a la curiosidad de su interlocutor. Todo buen artista sabe como preservar los secretos de su arte. Y Calvit lo ha hecho a lo largo de 60 años de carrera artística.

¿Su temperamento lo ha ayudado en su carrera artística? ‘Definitivamente que el carácter es un elemento muy necesario. Al igual que el sentimiento es imprescindible para llegar a plasmar la obra de arte sobre el lienzo... En mi trabajo, la temática de la figura humana se define con trazos firmes y dramáticos’, plantea.

El próximo 13 de agosto el Museo de Arte Contemporáneo (MAC) albergará una veintena de acrílicos sobre lienzo, con medidas aproximadas de 40 por 45 pulgadas, y que representan figuras humanas y de córceles. Esta muestra, que recoge obras en las que ha venido trabajando en los últimos años, marca el retorno del pintor y escultor al MAC luego de 14 años.

ARTISTA PEREGRINO

Uno de los referentes de la plástica local, Calvit nació en Nicaragua el 29 de enero de 1933. A los siete años se trasladó junto a su familia a Panamá. Fue un peregrinaje artístico que lo llevó a instalarse en el poblado de Antón.

En la escuela local tuvo la oportunidad de mostrar su creatividad con los pinceles. ‘En la clase de educación artística nos ponían a pintar la bandera nacional. Yo la hacía ondeando en el viento...’, comenta Calvit, quien estuvo encargado del departamento de artes plásticas del Instituto Nacional de Cultura entre 1974 y 1975.

Desde temprano en su carrera comenzó a sentir la influencia de otros artistas panameños como Alfredo Sinclair y Salomón Ponce Aguilera. Siguiendo los pasos de Sinclair, quien empleaba retazos de vidrio en sus lienzos, y de Desiderio Sánchez, que adornaba sus lienzos con tierra y alambres, Calvit comenzó a utilizar la tela de henequén deshilachada para ‘conseguir efectos sorprendentes y meritorios en el uso de texturas adicionales a mi pintura’. Algunos de estos trabajos serán exhibidos en ‘Inéditos’, que se mantendrá en exposición hasta el 14 de septiembre.

Calvit también sería influenciado por abstraccionistas como el estadounidense Edward Estlin Cummings y el panameño Ciro Oduber.

Con el pasar del tiempo el pintor tendría la oportunidad de viajar y conocer a pintores de renombre internacional, como es el caso del ecuatoriano Oswaldo Guayasamín y del español Alejandro Obregón. Recorrería Nicaragua, Colombia, Ecuador, Perú, etc. ‘Tuve chance de conversar con Guayasamín, de enseñarle mis obras y mis ilustraciones. Si uno tiene ese sentimiento de crear, la única forma de alimentarlo es compartiendo con otros artistas, de tener la oportunidad de ver obras de aquellos pintores que le han permitido expresarse con más tino’, manifiesta.

ENTRE CABALLOS Y ARLEQUINES

Los equinos constituyen una temática recurrente en los trabajos del pintor nicaragüense, una que ha sido inspirada en parte por la obra de Guayasamín -de quien destaca la forma lírica que maneja la figura del caballo y del jinete-, del italiano Marino Mayín, y la del panameño Eduardo Navarro. ‘La presencia equina en la obra de Navarro parte de un estudio anatómico, hasta cierto punto. Es un tema que desarrolla con bastante maestría’, asegura el macizo artista.

Otra influencia notable es la del maestro español Pablo Picasso, sobre todo de lo que se conoce como ‘su periodo rosa’. ‘En mis lienzos hay detalles y descripciones con tendencias ‘picassianas’. Para mi el tema de los arlequines y los bailarines circenses no deja de ser uno de mis preferidos’, destaca.

‘Los panoramas artísticos están en constante renovación’, afirma Calvit, quien años atrás dictó talleres de artes plásticas. Comenta que abandonó la docencia después de ‘desperdiciar muchos años lidiando con neófitos en la pintura, con temperamentos diferentes’. ‘La docencia entorpece... Para mi fue una experiencia pasajera, sin resultados positivos’, lamenta Calvit, quien ha expuesto sus obras en galerías como Allegro y Huellas.

MÁS ALLÁ DEL LIENZO

Además de lienzos, el arte de Calvit también ha adornado las portadas de varios libros. Cuando fungió como director del Departamento de Artes Plásticas a su oficina en el INAC se apersonaban autores con proyectos literarios para solicitar la colaboración del maestro.

Calvit tuvo la oportunidad de colaborar con Manuel Orestes Nieto y Pedro Rivera, dos de los autores más representativos de la poesía panameña. Acerca de las publicaciones que en la actualidad realiza el INAC, el pintor manifestó que la institución ‘todavía carece de la presencia de verdaderos profesionales en sus talleres, en lo que a la parte editorial respecta’.

Su trabajo como ilustrador lo llevó a integrar el Taller Pro Gráfica de Serigrafía, en Calí, Colombia. De regreso en Panamá, en 1981 diseñó la estampilla conmemorativa al deporte nacional de la Dirección Nacional de Correos de Panamá.

MONUMENTOS CON CARÁCTER

A los siete años, en la clase de artes manuales, en la primaria de Antón, Calvit comenzó a experimenta con la que, además de la pintura, sería su otra pasión: la escultura.

Sus primeros trabajos fueron en madera. Con el paso de los años recurriría al acero y al bronce, materiales que requerían un mayor esfuerzo físico al momento de moldearlos en obras de arte. Es por este motivo que, después de su paso por la Escuela Nacional de Artes Plásticas, en 1980 Calvit tomó un curso intensivo de soldadura de metales.

Lo aprendido fue empleado para confeccionar esculturas metálicas que, a diferencia de las confeccionadas con materiales como la piedra, mármol, madera y plástico, se armonizaban con su ‘temperamento personal, un temperamento férreo y voluntarioso’.

Ya que ‘el manejo de estos materiales y los procedimientos de broncear’ exigen mantenerse en una buena confición física, desde 1985 Calvit se alejó ‘totalmente de la ejecución de estructuras escultóricas’.

Su trabajo ha sido definido por la curadora Adrienne Samos como ‘una escultura anti monumental’, una categorización que Calvit no solo acepta, sino que, hasta cierto punto, justifica. ‘Cuando me inicié en mi labor escultórica ya había comenzado a sentir el efecto de la dolencia artrítica que me impediría trabajar en volúmenes grandes. En cambio me concentré en estructuras pequeñas que, a pesar de su tamaño, tuvieran el carácter necesario de dramatismo o de aparente monumentalidad‘.

UN ARTISTA PLÁSTICO EN LA CUERDA FLOJA

A continuación reproducimos un extracto de un texto publicado por la curadora Adrienne Samos en el suplemento cultural ‘Talingo’, del diario ‘La Prensa’, en ocasión de una retrospectiva presentada en el Museo de Arte Contemporáneo, 14 años atrás:

Después de visitar la reciente retrospectiva de Mario Calvit en el Museo de Arte Contemporáneo, me queda la certeza de que ha cultivado dos vertientes estilísticas. No se trata tan solo de la vertiente abstracta por un lado, representada por la mayoría de sus esculturas y por sus cuadros de los 50 y 60, y de la figurativa por el otro, que surge con ímpetu a partir de los 70. En el arte del maestro panameño, nacido en 1933, predomina la intención formal, o bien la libre y espontánea, aunque ambas estén siempre presentes e incluso alcancen una notable síntesis en sus mejores trabajos.

El Calvit escultor y pintor abstracto revela a un conocedor de las corrientes de la época en América Latina y Europa, pero que no se ciñe a ninguna escuela en particular. Por su aliento misterioso, exaltado, y formas que en ocasiones sugieren códigos indescifrables, se evidencian vínculos con el informalismo del peruano De Szyszlo, así como el de la boliviana María Luisa Pacheco, porque a menudo sus masas conviven con grandes fondos vacíos. Por otra parte, las obras de Calvit poseen afinidades con cierto constructivismo sudamericano y ruso, avecinándose, por ejemplo, mucho más a las formas orgánicas del escultor colombiano Negret que al rigor conceptual del grupo Madí argentino, más al espíritu libre de Gabo y Pevsner que a los utilitarios Tatlin y Rodchenko.

Sin duda, el vigor expresionista de toda su producción lo enajena de la tajante geometría y postulados del constructivismo más riguroso, pero a mi parecer ciertos factores definen a Calvit como el panameño que más se ha acercado, formal y espiritualmente, a esta tendencia tan importante para el arte del siglo XX. Factores que incluyen el empleo plural y exhaustivo del metal, ya sea doblado, soldado, fundido, martillado o ensamblado; la abstracción de la realidad mediante el uso, distorsión o fragmentación de formas elementales, como la línea, el rectángulo o el círculo; y la creación de estructuras que pretenden ser ‘‘imágenes vitales del espacio y del tiempo”, como diría ‘Gabo’. Además, en la obra de Calvit se percibe la voluntad humanista del clásico seguidor del constructivismo: aprehender la naturaleza del mundo físico y proyectarla mediante objetos concretos que expresen la subjetividad individual (en el caso de Calvit y otros) o colectiva...

El miedo al vacío de muchos artistas los previene del peligro de caer en la simpleza, pero Calvit ha decidido caminar sobre esa cuerda floja. En sus cuadros mejor logrados, la sensación de que algo falta, de que hay espacios no resueltos, tientan al espectador a completar la escena con la imaginación.