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15 de Nov de 2019

Cultura

La reivindicación de los wounaan

Los indígenas intentan recuperar su idioma y sus bailes, y lograr las tierras que el Estado siempre les negó

Maah Pöbör es una comunidad de vistosos llanos, enclavada en el corazón de Darién, conectada al resto del país por un estrecho camino de tierra que surca el Tapón, y por un río pedregoso y poco profundo. Tiene sesenta casas, seis tiendas y un centro cultural que esta noche está encendido: los wounaan, el pueblo indígena que lo ocupa, bailan el ñeque, una danza en la que la gente se mueve al son de la flauta dulce y una caja, y hace pasos que el resto debe imitar.

Clara se suma al baile, y con un poco de torpeza entiende cómo debe moverse. Lleva los brazos pintados con una tinta maderable y una falda colorida, que usan todas las mujeres del pueblo. La adolescente nació y vive en Arimae, una comunidad fuera de la comarca, ‘occidentalizada’, como casi todos los poblados wounaan. Por eso debe practicar el son casi como una primeriza. Y también por eso le sorprende que el pueblo en el que está no tenga un nombre en castellano.

De hecho, Maah Pöbör es el síntoma más claro del proceso reivindicativo que llevan estos indígenas. Es el único de trece poblados con nombre en wounaan. Significa ‘nuestro pueblo’, y según Chenier Carpio, líder de la comunidad, no es más que una postura clara de su etnia: los indígenas deben visibilizarse. Los wounaan tienen que hacerlo, ‘contrario a la lógica antigua’ del anonimato como método de supervivencia cultural. Es que ya no quieren ser más el apellido de los emberá.

LA LENGUA ‘RESISTENTE’

Ese es el principal argumento del pueblo que sobrevivió de milagro al exterminio colonial, después de plantarle cara a los europeos, cuando viajaban al sur en busca de la riqueza que se quedó en las grandes capitales del viejo mundo o en la profundidad de los océnaos. Los wounaan, una de las siete etnias indígenas del país, se replegaron a las montañas y cinco siglos después, en 1983, el Estado les reconoció como pueblo y les confinó a la comarca que comparten con los emberá.

Pero la política pública llegó hasta ahí. En la penumbra de sendas administraciones que si bien entienden que la bonanza debe permear a todos la ejecuta para unos cuantos. Cuando la capital aplaude por un metro de $2,100 millones, ahí, en el calor de un congreso cultural, los wounaan increpan al Gobierno por una donación de $2 mil para la gasolina. Aunque los representantes del Ejecutivo insisten con su retahíla: ‘la principal carta que podemos tener es la unidad de nuestros pueblos’.

Yoni Cárdenas los escucha desde lo lejos pero se desentiende del discurso para desnudar otra de las cruzadas de su pueblo: proteger y recuperar su idioma. Los indígenas hablan cruzado, mezclando palabras del español con el del lenguaje propio. Pero en esta reunión hacen lo imposible: las ponencias sólo pueden ser en wounaan. A un lado del púlpito hay un cartel con lo básico, por si las moscas: ‘el idioma wounaan tiene 16 vocales y 20 consonantes’.

Los indígenas empujan al Ministerio de Educación por la aprobación de un proyecto que permita la educación bilingüe intercultural en las escuelas donde viven wounaan. La tarea es titánica porque supone la impresión de libros y la preparación de la plantilla docente. Aunque más difícil es convencer a la gente de regresar a casa. Cárdenas dice que conoce de 45 profesores wounaan, aunque sólo 30 están comprometidos con la idea.

El problema es profundo. ‘Lastimosamente en los tiempos modernos los wounaan están aprendiendo primero el español’, se lamenta. ‘Y los que vienen de allá (de los poblados fuera de la comarca) difícilmente hablan nuestro idioma’, sigue.

El gobierno cree que el atraso significa que los indígenas se mantengan en los bosques

LOS RECURSOS DE TODOS

—Permiso—, irrumpe una mujer con avidez el debate sobre el desdén oficial.

—Hemos traído una piragua para bautizarla y hay que recordar decirle a los latinos que se alejen, porque según nuestra cultura no pueden estar—, arguye. Los wounaan se enfrentan aquí a su primera disyuntiva: abrirse o no. Aunque tienen razones para no hacerlo, han decidido que permitirán a los pocos foráneos observar el rito (la ‘champita de rogatismo’, le llaman) en el que a través de la piragüa, el Dios, dan gracias por lo que tienen. La naturaleza. Lo que el occidente que intenta colonizarles contradictoriamente desprecia.

‘Para el wounaan el bosque significa su subsistencia, la vida. De una manera u otra sin eso lo que queda es la extinción’, justifica Carpio. En el caso de Maah Pöbör, el río Membrillo es la fuente de agua potable, y de él depende la producción de hasta tres mil aguacates en verano, de las cabezas de plátano que comercian a $8 cada cien, o del café que negocian con los Durán. Del caudal del río también depende la exportación de la producción. La carretera es un trillo que, recorrido de extremo a extremo, tarda hora y media.

La lucha por los bosques, por sus tierras, y la tierra de todos, ha marcado a sangre y fuego a los wounaan. Y más en las zonas fuera de la comarca (ocho). En 2012 dos indígenas murieron en un enfrentamiento con colonos que disputaban la ocupación de tierras en Chimán, al considerarlas nacionales. Río Ondo, Platanares y Maje son los poblados más afectados. ‘Desde la creación de la comarca muchas tierras que estaban ocupadas por indígenas quedaron por fuera. Nos titularon las menos productivas’, insiste Carpio.

La ocupación foránea está intrínsecamente ligada con la tala de árboles comercialmente rentables, como el cocobolo y el espavé. En el camino hacia Maah Pöbör, entre el espesor de la jungla, se escuchan la caída de los arbustos. La escena publicita la idea de que la función social de los árboles está en los dientes de una sierra. En Río Ondo la Autoridad Nacional del Ambiente (hoy ministerio) decía haber controlado la situación, hasta que estalló el escándalo de tráfico ilegal de madera.

Marsha Kellogg, de la organización Native Future, que trabaja con una serie de grupos indígenas, asegura que la forma más eficiente de frenar este proceso devastador es protegiendo jurídicamente los territorios de los nativos.

‘Es una preocupación de todos’, advierte Christine Halboursong, activista de la Fundación Rights and Resources Institute. En agosto del año pasado el Instituto de Recursos Mundiales reveló que los indígenas son los mejores guardianes de los bosques: en las comarcas se devasta siete veces menos que fuera de ellas. El estudio insta a entregar a los nativos el control de los bosques como una estrategia para reducir la extinción animal y prevenir el cambio climático.

LANGUIDEZ OFICIAL

‘El gobierno cree que el atraso significa que los indígenas se mantengan en los bosques’, lanza Carpio. Sacro error, punza Kellogg, con un español bastante anglosajón: ‘tal vez nosotros somos los retrasados’.

Pero en Panamá, y con los wounaan, el asunto es complejo. ‘Nos hemos enfrentado a dos situaciones: los procesos administrativos de adjudicación de tierras se terminan en los la justicia por la oposición de los colonos, y las decisiones de la Anati quedan invalidadas’, denuncia Carpio.

Por eso el trabajo que llevan a cuestas las nuevas generaciones de wounaan es gigantesco. ‘Tenemos que alcanzar la protección de nuestros territorios, que se nos reconozcan nuestros derechos, vivir en el campo, mantener el bosque vivo, tener viva nuestra identidad: no solo ropa sino nuestro idioma’, aspira el cacique Rito Ismare Peña, antes de entregar el poder a Ángel Pizarro, un joven que aún no mide el peso que tiene sobre sus hombros, pero que promete ser viril. ‘Tenemos que hablar con el Gobierno’, asiente. Los wounaan quieren tener su propio apellido.

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PERFIL

¿Quiénes son los wounaan?

Se cree que migraron en el siglo XVIII a Darién, escapando del dominio español. Doscientos años después, el Estado los asoció con los emberá, en una comarca partida en dos y enclavada en Darién.

Si bien no hay cifras oficiales, las estimaciones apuntan a que los wounaan son el 60% de la comarca. La mayoría de la gente vive fuera, en ocho poblados que tienen un sistema de autogobierno. Son también famosos artesanos. Y la mayoría es evangelista.

Según el Censo de Población y Vivienda de 2010, el 41% de los residentes de la comarca va a la escuela, el 44% de la gente tiene no más de 15 años, y apenas el 2.6% está desocupada. En cada hogar se genera, en promedio, $110 mensuales.

Rito Ismare Peña,

CACIQUE SALIENTE

Marsha Kellogg,

ACTIVISTA