La Estrella de Panamá
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22 de Oct de 2019

Cultura

Lo político en la arquitectura

El esfuerzo de Montañez por decodificar la arquitectura vernacular puede ser valioso para un campo aún embrionario en Panamá

Hace poco intentaba averiguar si se ha investigado sobre la arquitectura panameña desde los Estudios Culturales. Al parecer no, pero encontré una entrevista del arquitecto panameño Darién Montañez, publicada en este mismo diario en 2016. Recuerdo haberlo escuchado en un Pecha Kucha allá por el 2010, donde expuso sobre una maña arquitectónica común en Panamá, a la que llama ‘feoclásico': la imitación inescrupulosa del estilo clásico grecorromano en las fachadas de casas y edificios (aunque bien podría llamarse simplemente kitsch). En la entrevista, donde también la menciona, Montañez amplía que esta práctica es un ‘producto de nuestra cultura de la apropiación', y que ‘en Panamá se construye mucho, pero no hay mucho discurso detrás de lo que se hace'. Es cierto que tal vez no haya mayor reflexión o intención más que obedecer al gusto y los caprichos del propietario, pero no por ello el discurso deja de estar presente en las edificaciones, como lo está en toda la cultura y en toda creación o expresión humana.

El esfuerzo de Montañez por decodificar la arquitectura vernacular puede ser valioso para un campo aún embrionario en Panamá, como los estudios sobre la cultura visual, por lo que valdría la pena profundizar con investigaciones interdisciplinares que hagan cruces entre la arquitectura y otros campos como la Geografía, la Sociología o los Estudios Culturales. En contraste, las afirmaciones de Montañez sobre una arquitectura sin discurso me recordaron a lo que escribiera Anabella Nahem en una edición de la revista Selecta (julio de 2017): que Panamá es ‘una urbe moderna y cosmopolita, con edificaciones acristaladas que nos hablan del concepto más moderno en la construcción y la arquitectura'. También dice que ‘Panamá se lleva el premio como la ciudad con los edificios más altos de Latinoamérica, y es llamada por muchos la Dubai de las Américas. Grandes firmas de arquitectos hacen realidad este panorama que tanto nos enaltece'. Falacias aparte, tiene razón en que las edificaciones ‘hablan'.

Contrario a la neutralidad que podría atribuírsele a la arquitectura, ésta también tiene una dimensión política cuyo discurso no tiene que ser verbal, consciente ni intencional para existir, para manifestarse o para tener un efecto en la subjetividad y la identidad de quienes se exponen a ella. La arquitectura, al igual que otras formas de arte, tiene su propio lenguaje, sus propios códigos y retóricas que se manifiestan en el espacio físico y dan cuenta de las luchas, las costumbres y las prácticas culturales de un país, e inclusive de su idiosincrasia y sus clases sociales en determinada época. En la Alemania Nazi, al igual que en las antiguas Grecia y Roma (por mencionar poquísimos ejemplos), la arquitectura fue un instrumento de poder tanto como lo fue el panóptico de Jeremy Bentham, y aunque hoy se intenta hacer de ella una disciplina al servicio de las personas, ésta siempre legitima un tipo de discurso.

Del mismo modo en que el Art Nouveau apelaba a una vuelta a la naturaleza rellenando cada superficie con plantas y diseños florales como respuesta (tal vez más ética que estética) a la frialdad del diseño industrializado, todo estilo (gráfico, industrial, arquitectónico o inclusive identitario) responde a una función y a los modos de producción en los que haya surgido. En otras palabras, como lo resume la famosa máxima del arquitecto funcionalista Louis Sullivan, ‘la forma obedece a la función'. Del mismo modo, en el caso de Panamá, las formas que moldean la ciudad materializan la racionalidad de un Estado gobernado por el poder empresarial; son la expresión ideológica de una sociedad tardocapitalista con una identidad difusa, territorialmente fragmentada por el enclave colonial gringo, y sostenida en su función de tránsito, de negocios y de centro bancario. Las torres acristaladas que se erigen en el centro de la ciudad, y que producen gran admiración en turistas y nativos, son en sí mismas metáforas visuales que refuerzan la narrativa (persistente en algunos sectores sociales) de que los rascacielos equivalen a modernidad, progreso y desarrollo; una ficción funcional al poder y al orden social hegemónico.

Del mismo modo, la depredacción del espacio público con plazas comerciales infinitas, el arte y la arquitectura al servicio de la gentrificación, o los complejos turísticos que arrasan con las reservas naturales, dejan claro que en Panamá el capital pesa más que la vida humana. Pero la arquitectura y el espacio público, en su dimensión política, pueden ser medios para la emancipación y el bienestar colectivo. Los recientes intentos que han surgido por priorizar al ser humano en el espacio urbano, no deben ser secuestrados por la especulación de un sector inmobiliario que históricamente ha controlado la dinámica de la ciudad de Panamá.

COLUMNISTA