25 de Feb de 2020

Cultura

Adriano Herrerabarría: El jinete del equipo guerrero

Una nueva mirada interpretativa de las Bellas Artes en Panamá

En el año 1978 escribí un cuento: El triángulo de las brujas de Veraguas , en el cual narré la audaz hazaña de las brujas de La Peña, cuando reunidas decidieron crear tres jinetes y un arcángel y a quienes les asignaron tareas que cumplir. Ahí describí al paisano Herrerabarría (uno de los jinetes) de la siguiente manera: ‘nacerá de un rayo en un día de ‘chaparrones', vivirá en el carbón ardiente en su adolescencia. Será fuerte y enérgico en las polémicas. Tendrá una tarea que cumplir: tumbar las tupidas selvas donde se abrirá caminos para construir los templos donde enseñar a obtener los fuegos de los colores del Arco Iris y los secretos del rojo de los achiotes; será fecundo. En su tercera edad tendrá que vivir ‘El Silencio'; caerá del cielo'.

Hoy, al regresar a escribir sobre Adriano, filtro mis emociones atravesando el adolescente escrito, para mirar el fondo de esta figura titánica, creador de las Escuelas de Artes Plásticas en el interior de la República de Panamá. Un hombre que no medió compromiso alguno, marcando pautas solitarias, que forjó a muchos pintores y que indicó, sin titubeo alguno, el viacrucis sufrido hacia la Maestría.

Así inicio mis reflexiones para tallar esta entrega periodística. ¡Que la sabiduría de las brujas de Santiago me acompañen!

Del conservado maestro, más allá de repetirnos los numerosos datos biográficos, sobre sus estudios, sus viajes y encargos gubernamentales, de redundar sobre las gustosas y bizarras anécdotas personales, nos interesa comprender el aporte efectivo en la pintura panameña, en años cuando el ejercicio artístico era una mortificada empresa en el afán por modelar un sentido común en los quehaceres del arte.

En ese entonces, guiñar el ojo al desesperado ‘presente modernismo abstracto' para quienes eran amamantados académicamente por una visión social de la pintura latinoamericana y del audaz expresionismo mexicano, era una ardua tarea.

Todo esto marcó pautas en la pintura de América Latina, y no podemos prescindir de anotar esa condición; pues no hay lectura veraz que dé un juicio histórico e interpretativo al trabajo artístico de aquellas intelectualidades que marcaron rutas en la cultura hispanoamericana.

HERRERABARRÍA EN MI MEMORIA

Las obras Psico paisajes y Paisajes telúricos que fueron presentadas al inicio de los años setenta en El Piramidal de Santiago, me presentaron por primera vez las pinceladas de Adriano. Cuadros goyescos, con veladuras oscuras, donde abstractas y coloridas caligrafías delataban una obra nerviosa que coqueteaba ingenuamente con divorciarse de la ‘representación descriptiva', para no abrazar definitivamente lo abstracto.

Sus pinceles iban poco a poco delineando los contornos de lejanas serranías y estrellados cielos nocturnos. En ese momento, sus intentos no definían las siluetas, más bien las desvestían e inventaban en ciertos momentos.

Numerosos empeños vibraban en su mente, entre ellos la manera genial en que utilizaba el blanco ‘a seco' para limitar los confines de imaginarias geografías, que eran cubiertas con veladuras mezcladas en ‘médium' líquido, amando las variaciones en rojos holandeses —tal vez Dan Dick— donde muchas veces se siente ausente cualquier referencia a la imagen humana, más bien denota bichos raros sumergidos en su mundo tropical.

El interés de Adriano era alcanzar la plasticidad sublime que dona la buena técnica en el ejercicio de la rigurosa pintura al óleo. Y es esto lo que captura a los conocedores de esta disciplina pictórica.

Dar cuerpo ‘al coqueteo', con su acercamiento al entonces triunfante movimiento abstracto. La mirada de Adriano se dirige a las polillas y al tiempo, a las obras chispeantes que conceptualizan la acción del momento, en un instante de deterioro… Sus puertas carcomidas por las termitas nos conducen a reflexiones íntimas y como paradoja, a la genialidad. Sirven de estímulo a los intelectuales istmeños para que derramaran textos sobre dichas obras; escritos y apreciaciones que quedaron a póstumo, para quienes buscan acertadas referencias y criterios sobre su evolución pictórica.

Las obras denominadas Las termitas en el tiempo son —sin duda alguna— de las pocas ‘obras Conceptuales' producidas en territorio istmeño, por artistas de la generación de mitad de siglo pasado. Y como tal, digno aporte del potencial creativo del hombre panameño… una joya.

ADRIANO HERRERABARRÍA

(Santiago de Veraguas, Panamá, 28 de diciembre de 1928) periodista, pintor y enseñante.

Su carrera: Se graduó como maestro de primaria en la Escuela Normal de Santiago, pero se dedicó al aprendizaje de la pintura con la técnica mural, obteniendo en 1955 una maestría en Artes Plásticas en la Academia de San Carlos de la Universidad Nacional Autónoma de México y un posgrado en Pedagogía de Artes Plásticas en la Escuela Normal Superior de México. Entre 1956 y 1960, realizó otros estudios de especialización en artes plásticas en varios museos, galerías y Escuelas de Bellas Artes de Europa, y en 1979 hizo una gira artística por Japón. Hacia 1981 fue nombrado oficialmente representante de la pintura panameña. Durante más de una década, fue director de la Escuela de Bellas Artes de Panamá y director de Educación Artística del Instituto Nacional de Cultura de Panamá.

HERRERABARRÍA: LA INTIMIDAD PICTÓRICA

La concepción académica siempre ha marcado el paso al ‘pintor de escuela', muchas veces condicionándolos, otras veces soportándolo en sus acciones innovativas. Son los conocimientos adquiridos las bases de las disciplinas académicas, por eso el pintor académico cuenta con bastas capacidades para variar en sus trabajos artísticos. Y en Herrerabarría es palpable tal variabilidad.

Las referencias a la pintura expresionista mexicana siempre estarán presentes en él, interpretadas de una forma personal y original, sin ser cautivo de ellas, donde sus temáticas focalizan ambientaciones del cotidiano vivir de los olvidados, de los marginados y de los desafortunados de nuestra sociedad. Horizontes muy claros que crean la plataforma donde reinventarse como artista plástico y desarrollar la visión criolla de dicha noción.

No existen soledades en estas intimidades, porque estos son pasos recorridos por muchos artistas plásticos panameños que abrazaron, tenazmente, el desafío ideológico impuesto por la razón patriótica de un bienestar común. Fruto de una pasada condición histórica presente en el continente americano: la llamada Guerra Fría, entre la concepciones marxistas y sistema capitalista, hoy día nos resulta más fácil descifrar. En esta retórica histórica, podemos dar valor a figuras como Carlos F. Changmarín, Eduardo Meneses Núñez (Malanga), Carlos González Palomino y otros. Reconocimientos que hoy día no son un afán, más bien la justa revisión histórica de las Artes Plásticas de Panamá.

Adriano Herrerabarría, eres fecundo artísticamente. Sigue pintando en tu taller en tu acompañada soledad.

Las brujas de Las Peñas te dotaron de un perfil poliédrico rico e incisivo que te permitió influir en muchas generaciones de pintores en Panamá, porque tendrás que aceptar ‘el silencio' en tu vejez, y seremos muchos los que te acompañemos cuando estés listo para ‘bajar de los cielos', para quedarte en nuestra historia, cumpliendo con el mandato para el que fuiste creado por el Triángulo de las Brujas de Veraguas'. ¡Amén!