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18 de Sep de 2020

Cultura

'Lo que la naturaleza no da, Salamanca no lo otorga'

Este proverbio se traduce en que una universidad no puede darle a nadie lo que le negó la naturaleza.

Es, probablemente, uno de mis proverbios favoritos: una universidad no puede darle a nadie lo que le negó la naturaleza.

'Lo que la naturaleza no da, Salamanca no lo otorga'Pixabay

De este modo, la inteligencia, la capacidad de aprendizaje, la pasión, la ética, los valores humanos, la integridad o cultura son fortalezas o habilidades que una universidad no puede ofrecer a sus alumnos más allá de sus paredes, más aún porque la mayoría de ellas ya deben venir de casa.

Llevo ya 12 años de docencia, entre licenciatura y maestría en dos casas de estudios superiores, y he tenido la oportunidad de preparar, guiar, aconsejar, promover o aplazar a estudiantes cuyo camino profesional apenas empieza. Ya perdí la cuenta de cuántos han sido, pero sí puedo decir que han sido pocos los que me han impresionado por su compromiso y valores humanos.

Y mucho más, aquellos que me han superado en el campo profesional, lo cual me enorgullece a mares.

Al final, la misión de todo docente no solo es heredar abiertamente sus conocimientos y estar actualizado de su entorno, sino retar al alumno para que lo supere en las aulas o en el campo profesional, y debo decir que pocos han aceptado el reto.

El principio de la educación es predicar con el ejemplo y, soy el primero, que siempre busca navegar al infinito y más allá, como dice Buzz Lightyear de Toy Story, con pasión desbordante y compromiso serio para estar a la vanguardia con conocimientos y causas para afrontar el reto de pararme enfrente de 20 o 30 alumnos.

Decía san Juan Pablo II: “Quien no se forma para formar, corre el riesgo de deformar gravemente”.

Siempre es frustrante cuando observo y escucho a jóvenes que, teniendo todos los privilegios del mundo, desaprovechan la oportunidad de estar en una universidad. No es para nada justo con aquellos que, teniendo grandes sueños y ganas de aprender, no pueden económicamente asistir a una universidad o escuela, o porque hubo circunstancias en su vida que les marcaron otro destino.

Me entristece grandemente el hecho de que, teniendo las facilidades tecnológicas de hoy, algunos “profesionales” las desestiman como medio de aprendizaje gratuito y las usan solo para nutrir la ignorancia, la falta de cultura e ineptitud, en vez de utilizarlas como herramientas de crecimiento profesional y personal para bien propio.

Si el talento, la pasión, el deseo e interés de crecer en estas dos vías (profesional y personal) no fluye como vocación real, es inútil estudiar, aunque lo haga en Salamanca. Qué importa tener doctorados, maestrías y cargos determinados, si más tarde pasa el tiempo en un devenir de faltas de destrezas humanas.

Sería como invitar a quien estudia música, pero sin pasión alguna, a que haga sonar un majestuoso Stradivarius. Si no deja que el arco seduzca al arce y al abeto para que le presten sus delicadas notas elevando el alma de quien toca y escucha, ciertamente hará ruido y nada más.

Así de cálida, selecta y exquisita debiera ser la cultura, pero no la que ofrece X casa de estudio, sino la que brota del alma. Ser ducho, crítico y acaudalado en conocimientos es un tesoro, pero ninguno mejor guardado que el que permanece exento de la violación que provoca en el ego la pereza, la mediocridad y la pérdida de valores una vez transformados en vulgaridad.

El ser humano tiende a seleccionar entre un cúmulo de posibilidades, aunque en apariencia, del mismo valor, y ciertamente permite ser manipulado por tendencias, y por ello tenemos inclinación a dejarnos llevar por lo que nuestro entorno personal, profesional y social nos marca en nuestra conducta y expresión. Todo sucede porque en el fondo necesitamos sentirnos aceptados “a pesar de”.

Nadie escribió un grupo de ideas para convertirlas en leyes, normas o conductas a seguir. Fue la propia sociedad la que decidió no decidir nada, para que alguien con deseos de poder se erigiera juez y verdugo de lo que aparentemente es correcto.

Sería muy aburrido que todos tocáramos el arpa, jugáramos al ajedrez o nos pasáramos el día entre Sodoma y Gomorra porque también es bueno en ocasiones, dejar correr al diablillo que cohabita con nosotros para reírnos hasta llorar. Pero ¿qué tal si regresamos al teatro, al libro de cabecera, a los museos o a cualquier expresión de arte que nos haga crecer? ¿Y si bailamos de nuevo un rock con Elvis o un tango como lo hiciera Al Pacino en la película Perfume de Mujer solo por el placer de sentir el arte a tus pies?

Y para aquellos a los que les fascina desacreditar, humillar y ostentar lo poco que saben ante el menos privilegiado... ¡Quod natura non dat, Salmantica non præstat! (Lo que la naturaleza no da, Salamanca no lo otorga). Tan cierto y tan diáfano. Cierro con esta frase de sir Bernard Shaw: “Los que no pueden cambiar sus mentes, no pueden cambiar nada”.