Temas Especiales

08 de May de 2021

Cultura

El sable en el anfiteatro de la poesía

“Siguieron unos instantes de silencio, de mutua ansiedad y de sorpresa. Si hubiésemos tenido armas adecuadas, era cosa hecha, y el batallón enemigo era penetrado y destruido”, escribió José María Paz, oficial patriota del regimiento de dragones rioplatense, narrando un momento insólito de la batalla de Vilcapugio el 1° de octubre de 1813 cuando estos jinetes fueron rechazados por la infantería de Pezuela, futuro trigésimo noveno virrey del Perú (Memorias Póstumas, 2000).

“Siguieron unos instantes de silencio, de mutua ansiedad y de sorpresa. Si hubiésemos tenido armas adecuadas, era cosa hecha, y el batallón enemigo era penetrado y destruido”, escribió José María Paz, oficial patriota del regimiento de dragones rioplatense, narrando un momento insólito de la batalla de Vilcapugio el 1° de octubre de 1813 cuando estos jinetes fueron rechazados por la infantería de Pezuela, futuro trigésimo noveno virrey del Perú (Memorias Póstumas, 2000).

El tránsito a la independencia política de las naciones que integraron la América española se caracterizó por una intensa actividad castrense. La mayor parte del territorio americano se volvió un vasto laboratorio donde viejas y nuevas formas de hacer la guerra debieron ser adaptadas a sociedades, climas y condiciones materiales específicas, muchas veces muy diversas de las que les dieron origen en Europa (Rabinovich, 2018). La caballería y su arma distintiva, el sable, no estuvieron exentos a este proceso de mestizaje de dispositivos militares europeos con armas, tácticas y prácticas de los pueblos indígenas americanos y de la tradición miliciana colonial como la de los morochucos de Ayacucho –civiles o milicianos patriotas de caballería auxiliar que cumplían labores de hostigamiento del enemigo– o de los lanceros indígenas seminómadas del Chaco (Rabinovich, 2009).

Las guerras napoleónicas imprimieron a su época una forma de hacer la guerra y ello significó, para la caballería, el uso de “la carga sable en mano” en el momento decisivo de la batalla. El Libertador San Martín aplicaría rigurosamente la nueva táctica francesa y exigiría al nuevo –y más tarde, famoso– regimiento de Granaderos a Caballo el entretenimiento descrito en el reglamento galo. Los jinetes portaban tercerola (arma más corta que la carabina), pero el Libertador prohibió su uso para acentuar el coraje y ardor revolucionario de los granaderos que se lanzaban a toda carrera, con arrojo temerario, en ataques frontales contra las líneas realistas. Esta innovación táctica fue pronto replicada por otras unidades de caballería de los ejércitos revolucionarios (Espejo, 1916).

El arma utilizada por los granaderos no era en sí misma diferente de la utilizada en otras unidades. Era un sable corvo de caballería, bastante pesado, de unos 90 centímetros de largo. Su particularidad residía más bien en su afilado, sobre el que los especialistas se explayan en diversas ocasiones (Espejo, 1916; Anschütz, 1945). La tarea del afilado recaía muchas veces en los barberos de la ciudad más cercana, contratados para tal efecto. Algunas de estas armas provenían de la armería rioplatense de Domingo Matheu, mientras que otras procedían de una fábrica de Tucumán que por razones estratégicas se trasladó a Caroya (Prina, 2015).

En cuanto a la dimensión simbólica implícita en el sable –y que explicaría su total aceptación por los jinetes patriotas, sean estos tropas regulares, milicianos urbanos o guerrilleros– esta nos “habla de un símbolo asociado a la muerte, del orden frente al caos, de la justicia por sobre la tiranía, y por ende, del honor que conlleva la búsqueda y defensa de la paz y el derecho” (Barra y Godoy, 2012).

En 1821, siguiendo el modelo promovido por San Martín, en el Perú se creó un escuadrón de húsares al mando del capitán francés Pedro Raule; estos 64 hombres llevaban sable, lanza y tercerola. Un año después eran ya dos contingentes y formaban parte de la “Legión Peruana de la Guardia” uno de cuyos escuadrones –al mando del coronel argentino Manuel Isidoro Suárez– tuvo una decisiva participación en la victoria alcanzada por Bolívar en la batalla de Junín el 6 de agosto de 1824. Fue un encuentro a 4 mil metros de altura en una planicie de los Andes en la que no resonó un solo tiro, y sobre el que, años más tarde, el brigadier español y senador vitalicio Andrés García Camba escribiría en sus “Memorias para la historia de las armas españolas en el Perú”, que “la brillante caballería del ejército real perdió todo el favorable prestigio y la ventajosa reputación que había sabido adquirirse en las gloriosas campañas anteriores” (Madrid, 1846). Bolívar premió a los húsares peruanos cambiándoles el nombre a “Húsares de Junín”, denominación que conservan hasta la actualidad. El escritor argentino Jorge Luis Borges escribió dos poemas sobre el coronel Suárez –su ilustre antepasado por línea materna– y “la carga sable en mano” de Junín quedó inmortalizada en las letras latinoamericanas. Con “Inscripción sepulcral” y “Página para recordar al coronel Suárez, vencedor en Junín”, Borges rinde un nostálgico homenaje a un mundo lejano donde la acción, el coraje y el heroísmo todavía eran posibles y que la modernidad modificó para siempre.

Embajador de Perú en Panamá