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27 de Sep de 2020

Planeta

El cementerio de Armero

PANAMÁ. La piel se me pone de gallina al tiempo que los vellos de los brazos y piernas se levantan sin poder evitarlo cuando frente a mí...

PANAMÁ. La piel se me pone de gallina al tiempo que los vellos de los brazos y piernas se levantan sin poder evitarlo cuando frente a mí se asoma una tumba pintada de blanco levantada en la entrada de un pueblo que hace 25 años era una de las economías más pujantes y prósperas de Colombia: Armero.

Está oscuro pero mis ojos alcanzan a ver que no era la única. A mi alrededor, como hongos, se levantaban cientos de ellas. ‘Es un cementerio’, fue lo primero que se me cruzó por la cabeza. ‘¡Ay..! ¿qué estoy haciendo aquí?’, pensé. Le tengo un pánico espantoso a los sitios de reposo de las almas. Y aunque quería no podía devolverme. Había llegado desde lejos para contarles esta historia.

De este pueblo solo sabía que había sido destruido tras una violenta erupción volcánica. Eran vagos datos históricos recabados en internet antes de mi viaje a Colombia para la cobertura de la Ruta Quetzal del BBVA. Pero una vez allí entendí que es distinto estar en el lugar de los hechos que leer acerca de algo que ha sucedido.

Era un sitio fantasmal donde la vegetación ha empezado a cubrir algunas edificaciones en ruinas, la de la cárcel, la de la iglesia, que intentan mantener viva la memoria de este poblado sepultado tras la avalancha de lodo, vegetación y piedras que viajaba a 60 kilómetros por hora desde el Nevado del Ruíz, el 12 de noviembre de 1985.

DESHABITADO

Sólo unos afiches con los nombres de algunas de las víctimas intenta recordar a los hijos de la que fue una región arrocera e industrial. Pero son las memorias de Omayra Sánchez, una adolescente de 13 años, que se convirtió en un símbolo de esta tragedia que acabó con la vida de 26 mil personas de las 31 que residían, la que retumba en la cabeza de chicos y grandes. No es para menos. Quedó atrapada hasta el cuello en el fango, agua y restos de su propia casa y sobre los cuerpos de sus familiares durante 60 horas. A pesar de que manifestaba que las paredes le tenían sus piernas aprisionadas tenía la esperanza de sobrevivir para presentar su último examen de ese año escolar. Pero su rescate fue imposible. Para sacarla hubiesen tenido que amputarle las piernas y pensar en una cirugía era descabellado en ese momento. ‘Hubo que dejarla morir’ recordó Alba Cruz, guía turística de Armero.

LA MUERTE

Ella humildemente se resignó a lo peor no sin antes anunciarle al mundo a través de las cámaras de televisión que al lugar donde iría estaría mucho mejor, ‘adiós madre’, dijo la pequeña. Las imágenes y sus últimas palabras recorrieron el mundo para inmortalizarla en las memoria de los colombianos. Hoy su tumba pintada de blanco y rodeada de una verja celeste es ruta de peregrinaje de muchos turistas nacionales y extranjeros que llegan para pedirle milagros, como si fuera una santa, o simplemente para escuchar este testimonio.

Los sobrevivientes se instalaron en un corregimiento cercano que fue rebautizado como ‘Armero Guayabal’, con la esperanza de recuperar la estabilidad económica pero no se ha logrado.

El día de la erupción no sólo sigue haciendo mella en los bolsillos de los colombianos sino también en la mente de ellos. Más aún en la de los que lograron salir ilesos de esta tragedia. Esther Julia Cárdenas, una colombiana que ha vivido seis décadas, es una de ellas. Y esta es la historia que quiso compartir con La Estrella.

Aquella terrible noche estaba acompañada de un amiga mientras conducía su auto rumbo a su residencia en San Sebastián de Mariquita. En un cambio repentino cambió de dirección para ir a visitar a los familiares de su acompañante en Armero.

Llovía muy fuerte y las llantas del auto patinaban. A la altura del puente de Lagunilla se encontró con la Cruz Roja que le avisó que la quebrada estaba creciendo. Bajo el mal tiempo llegó a Armero a las 11 p.m. A esa hora ‘todo estaba en calma’, dijo.

Una vez frente a la casa de los familiares de su amiga le sonó las bocinas. Pero como la calle estaba inundada decidió que no se bajaría. ‘Allí viene el río Lagunilla arrasando con todo’, le dijo a la gente de la casa en broma.

No demoró mucho tiempo. Se despidió. Quince minutos después, cuando estaba saliendo del pueblo, escuchó un ruido muy fuerte. ‘Sentimos como si fuera un temblor. Nos salvamos de a pelo’, recuerda. Era el volcán Nevado del Ruíz que vertía todo su furia a través del río Guali y Lagunilla. El puente de la quebrada se había roto dejando incomunicada a la región, explicó. Armero había sido borrado del mapa junto con sus habitantes. Hoy día sigue siendo un pueblo fantasma. Lo único nuevo es un monumento que muestra cómo era el pueblo en sus cuatro punto cardinales. Un recuerdo de que la vida se puede perder en un abrir y cerrar de ojos.

Han pasado 26 años. El temor de que la historia se vuelva a repetir renace entre los residentes de las zonas en riesgo tras la intensa actividad del volcán.