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04 de Jun de 2020

Deportes

Con huellas de los cascos

P anamá es uno de los pocos países en el mundo que puede presumir de su hípica. De lucirla con orgullo, y mostrarla como una de sus acti...

P anamá es uno de los pocos países en el mundo que puede presumir de su hípica. De lucirla con orgullo, y mostrarla como una de sus actividades económicas y deportivas más importantes.

Aunque la fundación del Club Hípico de Panamá, el 15 de octubre de 1922, le dio a la hípica el marco organizativo y legal para desarrollarse plenamente, el amor por la competencia equina en Panamá se remonta hacia el siglo XIX, como un entretenimiento de los fines de semana.

Esta última práctica se mantiene en nuestros días... presentar las carreras de caballos en los fines de semana.

Y cada jornada, los amantes del espectáculo más hermoso del mundo se reunen para vivir la emoción que produce el paso de los equinos, el ruido de su soberbio andar acercándose a la meta para definir la victoria.

Si se le compara con la estadounidense, la francesa o la argentina, podemos afirmar que a sus 90 años, la hípica panameña es joven todavía, y que existe gracias a aquellos que decidieron lanzarse al ruedo y cristalizar una aspiración.

El sueño de aquellos zapadores vive en los trece caballos nacionales que han ganado el Clásico Internacional del Caribe; vive en los ganadores del Clásico Confraternidad, el Velocidad y el Dama del Caribe.

Vive en los grandes caballos nacidos y criados en prodigiosos planteles de crianza del purasangre, buscando el linaje exacto para producir campeones de la pista.

Vive en quienes viajaron fuera del país y trajeron equinos para verlos ganar las grandes carreras de la hípica panameña.

Vive en la sangre y el corazón de atrevidos muchachos, jinetes inspirados en las hazañas de aquellos que les abrieron el camino hacia la inmortalidad.

Vive en las plumas de los cronistas hípicos y en las voces emocionadas de los narradores de ayer y hoy. La hípica vive, y deja huellas de cascos.