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26 de Jan de 2021

Economía

El poder aisla y corrompe

ESPAÑA. Seguro que ha oído hablar del multimillonario Bernard Madoff. El miércoles 10 de diciembre de 2008 era considerado un brillant...

ESPAÑA. Seguro que ha oído hablar del multimillonario Bernard Madoff. El miércoles 10 de diciembre de 2008 era considerado un brillante gestor de inversiones y tenía fama de filántropo. Pero, al día siguiente le confesó a sus hijos Andrew y Mark que su vida era “una gran mentira”.

El imperio económico que había construido a lo largo de las últimas décadas se sustentaba en la codicia, la estafa y la corrupción. Y al parecer, Madoff aseguró haberlo hecho solo. De ahí que incluso su mujer, Ruth, afirmara en un comunicado sentirse “avergonzada, apenada, confundida y traicionada”.

Lo cierto es que su caso lleva tiempo dando mucho que pensar. ¿Qué motiva a un hombre que lo tiene todo a querer todavía más? ¿Por qué tantas personas se vuelven corruptas, mezquinas y perversas cuando alcanzan el poder?

Para muchos psicólogos, la historia de Madoff representa la punta del iceberg de uno de los dramas contemporáneos más extendidos en la sociedad: “la corrupción del alma”. Así se denomina “la conducta de las personas que se traicionan a sí mismas, a su conciencia moral, pues en última instancia todos los seres humanos sabemos cuando estamos haciendo lo correcto y cuando no”, explica el psicólogo Iñaki Piñuel.

“Para cometer actos corruptos, primeramente uno se tiene que haber corrompido por dentro”.

Y esto implica “marginar sus valores esenciales, como la bondad y el altruismo, para lograr su propio beneficio”, añade el autor de Liderazgo cero (Lid Editorial).

“El exceso de egoísmo ciega, atrapando a las personas en una espiral que no se detiene nunca, marcada por el deseo, la ambición y la codicia”. Así es como “muchos altos directivos se van perdiendo”, sostiene. “Si bien van acumulando poder, prestigio, dinero y otro tipo de riquezas materiales, cada vez se sienten más desconectados , vacíos e insatisfechos”.

Lo paradójico es que una vez en la cima, “comienzan a ser esclavos del miedo a perder lo que han conseguido”, explica Piñuel. “Y se vuelven más inseguros y desconfiados, con lo que invierten mucho tiempo y dinero en protegerse y proteger lo que poseen”.

Con el tiempo, muchos directivos terminan perdiendo la perspectiva de su función profesional. “Al aislarse en la soledad de sus despachos, su grado de desconexión aumenta y su nivel de egocentrismo se multiplica, lo que tiene efectos muy nocivos tanto para sí mismos como para las organizaciones que dirigen”. Por eso muchos intentan “compensar su malestar con el placer a corto plazo que proporciona la vida material”.

Y para conseguirlo “necesitan cada vez más dinero, lo que les lleva a cometer todo tipo de estafas en sus propias empresas”, concluye Piñuel. Según un informe de Deloitte, “más de seis de cada 10 fraudes empresariales se cometen desde dentro”. Y se estima que muchos se planean en los despachos de la cúpula directiva. Que se desvele la corrupción y se haga pública, eso ya es otra historia. “Pero no es tanto el poder lo que corrompe a las personas como su falta de valores éticos y de consciencia sobre lo que de verdad importa”, señala François Pérez, director comercial del Instituto de Formación Avanzada (INFOVA).