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25 de Feb de 2021

Economía

¿Puede EEUU competir?

WASHINGTON. Comenzando con el Sputnik en 1957, los norteamericanos hemos sufrido brotes periódicos de dudas sobre si podemos competir. ¿...

WASHINGTON. Comenzando con el Sputnik en 1957, los norteamericanos hemos sufrido brotes periódicos de dudas sobre si podemos competir. ¿Quién hubiera imaginado que los soviéticos iban a poner en órbita el primer satélite de la Tierra? Después de los soviéticos, fueron los alemanes en los años 70, después los japones y los coreanos del Sur en los años 80. Íbamos a la zaga en tecnología, administración y vitalidad económica en general. ¿Podríamos restaurar nuestra competitividad?

Y ahora está volviendo a suceder. Esta última ansiedad surge de una economía perezosa —especialmente de un obcecado desempleo consecuencia de la Gran Recesión— y del asombroso surgimiento de China. Ya, el 53% de los norteamericanos califica a China como ‘el principal poder económico’ del mundo, según una encuesta Gallup. Sólo el 33% ve a EEUU como líder.

NÚMEROS A FAVOR

Sin embargo, los ingresos per cápita en China representan sólo un sexto de los de EEUU, según cálculos del Banco Mundial. Como antes, los estudios y las conferencias sobre la competitividad se han propagado.

La última versión es una edición especial de Harvard Business Review (titulada: ‘La reinvención de Estados Unidos’).

‘Estamos en una situación muy seria, que es anterior y va mucho más atrás del reciente revés económico’, advierte el decano Nitin Nohria en la introducción. ‘No desaparecerá cuando se produzca la recuperación económica: de hecho …podría empeorar’.

Todo el que lea los 16 artículos se verá en apuros para diferir. Entre las aleccionadoras pruebas se presenta un estudio conducido por los profesores de ciencias empresariales Michael Porter y Jan Rivkin.

Porter y Rivkin interrogaron a graduados de la Escuela de Administración de Empresas de Harvard —entre ellos a muchos jefes ejecutivos y altos gerentes de importantes empresas globales— sobre la posible ubicación de empresas en Estados Unidos. Sólo en el 32% de los casos se eligió un sitio en Estados Unidos.

‘Aunque la empresas multinacionales norteamericanas continúan estableciendo la mayor parte de sus actividades en el país, se están expandiendo con mayor rapidez en el exterior’, escriben los economistas Matthew Slaughter, de Tuck School en Dartmouth, y Laura D’Andrea Tyson de la Escuela Empresarial Haas, en la Universidad de California en Berkeley.

EXPERIENCIA

He aquí lo que ocurrió entre 1989 y 2009: Las ventas en el exterior de estas multinacionales norteamericanas se elevaron de un 24.5% de su total a un 35%; el empleo en el exterior saltó de un 21.4% de su total a un 32.3%; y las investigaciones y desarrollo llevados a cabo en el exterior se elevaron de un 9 a un 15.6% de su total.

¿Qué explica el menguante atractivo de EEUU? En cierta medida, es la benigna consecuencia de un mundo más rico. Si se trata de Wal-Mart, Marriott o Dell, no puede atenderse la necesidad de los clientes de China, México y Brasil desde EEUU. Se necesitan tiendas, hoteles y centros de distribución locales. Eso da cuenta de parte de las expansión en el exterior de las multinacionales norteamericanas.

Pero el cambio también refleja los jornales bajos (citados por el 70% de los encuestados en el estudio Porter-Rivkin) y lo que se percibe como una calidad superior de los trabajadores extranjeros (citado por el 30%).

No está claro en qué medida la fabricación se ha trasladado al exterior, pero probablemente, sea menos de lo que se piensa. Un artículo de los economistas Robert Lawrence, de Harvard, y Lawrence Edwards, de la Universidad de Cape Town, estima que EEUU podría haber tenido 2.9 millones de puestos de fabricación adicionales, si no existiera un déficit comercial de productos manufacturados. Sin embargo, hay un problema: Aunque el número de puestos de trabajo sería mayor, ese número declinaría con el correr del tiempo. Los avances en la tecnología de fabricación significan que menos obreros producen más productos.

FUTURO

Lo que le falta al informe de Harvard es originalidad. El diagnóstico conduce a las soluciones habituales: mejores escuelas; más énfasis en ciencias y matemáticas; impuestos más simples; regulaciones menos onerosas; mercados financieros más transparentes; remuneraciones de ejecutivos más sensatas. Pocas sugerencias se aventuran más allá de las opiniones ya sabidas. Existen otras posibilidades: Quizás, por ejemplo, debemos abandonar la idea de que todo el mundo debe asistir a la universidad y debemos revivir, en cambio, la educación vocacional.

De alguna manera, debemos adaptarnos a un panorama competitivo que se ha modificado. En una época, el gran tamaño de los EEUU creó un beneficio singular para las empresas norteamericanas: un mercado masivo que fomentó enormes economías de escala. Esa ventaja ha desaparecido. La caída de las barreras comerciales, los costes más bajos de transporte y la emergencia de China y de la Unión Europea han creado múltiples mercados masivos.

En forma similar, ya no podemos alardear de contar con la fuerza laboral mejor educada; muchos países nos han alcanzado.

Pero no todas las tendencias son negativas. EEUU tiene más petróleo y gas natural de lo que sospechaban los expertos hace 10 años. Ya hay un auge de perforaciones y el gas natural más barato —que es el principal combustible de muchas industrias— podría incentivar las fabricaciones.

También los establecimientos agrícolas de EEUU tienen un brillante futuro en un mundo que clama por alimentos. Los episodios pasados de ansiedad competitiva tuvieron, generalmente, buenos resultados. Obligaron a las empresas, los obreros y el gobierno a reconsiderar los supuestos y prácticas habituales. Lo que está en cuestión ahora es si podemos aún renovarnos.