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27 de Nov de 2020

América

Islandia: tierra de volcanes y de fenómenos naturales

. Suiza. Como los pronósticos meteorológicos no eran muy favorables, lo cual nos habría obligado a subir a 16,000 pies de altura para ...

. Suiza. Como los pronósticos meteorológicos no eran muy favorables, lo cual nos habría obligado a subir a 16,000 pies de altura para evitar la capa de nubes y el hielo, y nuestra botella de oxígeno estaba vacía sin que pudiéramos llenarla por ser domingo, decidimos quedarnos en Reikiavik y hacer turismo local.

Islandia es un país de 300,000 habitantes en su mayoría de origen nórdico. La alta actividad volcánica con la que cuenta le ha permitido al país desarrollar el turismo y ofrecer excursiones realmente sorprendentes.

Tomamos un tour que nos llevó primero a Pingvellir National Park, lugar en donde el parlamento Islandés Alpingi fue fundado en el año 930, el más antiguo del mundo. En este parque pudimos igualmente ver el encuentro de las capas tectónicas de América con las de Europa, un escenario realmente sorprendente. Posteriormente visitamos la cascada Gullfoss, espectacular en donde caminando tan cerca de la caída se puede sentir el vapor del agua helada en el rostro. Finalmente visitamos el área geotermal en donde asistimos al fenómeno del géiser. El géiser es un tipo de fuente termal que eructa periódicamente, expulsando una columna de agua caliente y vapor en el aire. Es algo realmente impresionante. De repente el agua que estaba estable y de donde sólo salía vapor, comienza a desbordar y se va liberando siendo expulsada con fuerza hacia arriba.

DE ISLANDIA HASTA ESCOCIA

El lunes 10 de agosto, nos preparamos para realizar nuestra última travesía del Atlántico. Íbamos a cruzar 731 nm (1370 km) atravesando Islandia y el Atlántico antes de aterrizar en Escocia. Teníamos autonomía suficiente para poder lograr llegar hasta Prestwick, tierra original de Alan.

El cruce por Islandia fue tranquilo. Las nubes estaban quebradas y a 11,000 pies se podían ver los picos de las montañas cubiertas de nieve. Muy rápidamente abandonamos Islandia para cruzar una vez más el Atlántico. Nuevamente perdimos contacto con los controladores aunque por un tiempo menor. El cielo estaba despejado y el vuelo transcurrió tranquilamente.

De repente, a lo lejos, comenzamos a ver el continente europeo. ¡Qué emoción! Ahí estaba Escocia, sonriéndonos. Una capa de nubes se mantenía a unos 3,000 pies. “¿Qué tal si cancelamos el vuelo por instrumento y nos vamos en visual? Yo conozco bien la región,” me dijo Alan. Me pareció una excelente idea ya que si continuábamos en IFR no íbamos a ver mucho el paisaje. Valió la pena. El paisaje era maravilloso. El mar, montañas de intenso color verde cubiertas por una densa vegetación y bellísimos valles. Pequeñas ciudades iban apareciendo con sus casitas ordenadas, campos de golf, carreteras. A lo lejos apareció la ciudad de Prestwick y me fui preparando para el aterrizaje. ¡Lo habíamos logrado! ¡Habíamos cruzado el Atlántico! No lo podía creer. Me sentía feliz y realizada.

Al final de la tarde paseamos por los campos de golf que rodeaban el hotel donde nos hospedamos. Me sentía un poco triste. Esta maravillosa aventura estaba llegando a su fin.

LLEGANDO A SUIZA

Al día siguiente, emprendimos nuestro último viaje, de Prestwick a Suiza. Cruzamos Inglaterra a una altitud de 11,000 pies. La ruta que habíamos cuidadosamente planeado y obtenido la autorización, no paró de cambiar. Los controladores nos daban constantemente vectores con nuevas indicaciones de rumbo. No parábamos de hablar en la radio todo el tiempo, lo cual contrastaba mucho con nuestra travesía hacia Groenlandia. Cruzando Londres, se podía notar la intensidad del tráfico aéreo. El controlador parecía desbordado, hablando con aeronaves de diferentes aerolíneas. Y efectivamente, comenzamos a ver aparecer varios aviones cruzando lateralmente nuestra ruta.

Atravesamos el canal de La Mancha, y al llegar a Francia, me divirtió el terrible acento francés de los controladores cuando hablaban inglés (el idioma oficial de la aviación en Europa).

Fuimos cruzando Francia desde Lille, pasando muy cerca de París, después Dijon, hasta entrar a Suiza. Descendimos al pasar por encima de las montañas del Jura. Finalmente, luego de atravesar una espesa capa de nubes, apareció el lago Leman. A lo lejos, imponentes, surgieron los Alpes.

Cancelamos el vuelo por instrumento para llegar al aeropuerto de Lausanne que es un aeropuerto de acceso visual. ¡Habíamos llegado a nuestro destino! Al descender del avión hice el signo de la victoria. Lo habíamos logrado. Habíamos llegado finalmente a Suiza? ¡después de recorrer 5170 nm en un poco más de 35 horas de vuelo! ¡Me sentía emocionada! Ahí estaban llegando mi marido y mis hijos Eduardo y Carolina. Los abracé feliz de sentirme nuevamente en casa.

Le di gracias a Dios por haberme permitido llegar sana y salva a mi destino. Agradecía igualmente a todos cuantos me ayudaron a planear este viaje y muy en especial a Alan, quien me acompañó y me dio todo el apoyo necesario.

Antes de dejar el aeropuerto, me voltee para ver nuestro avioncito en la pista del aeropuerto de Lausanne. Se había comportado maravillosamente. ¿Qué nuevos desafíos encontraríamos en Suiza? El cruce de los Alpes o de los Pireneos? ¿Quién sabrá? Pero la travesía del Atlántico quedará sin lugar a duda como la aventura más extraordinaria de toda mi vida.