25 de Oct de 2021

América

Economía del pesimismo

P odría haber llegado el momento de superar el pesimismo. Desde la crisis financiera, los norteamericanos se han sumergido en el miedo y...

P odría haber llegado el momento de superar el pesimismo. Desde la crisis financiera, los norteamericanos se han sumergido en el miedo y la ansiedad. Y es comprensible. Aunque la recuperación —tal como la definen los economistas académicos— se inició aproxima damente hace dos años, no se ha hecho sentir como tal. De los 8,7 millones de empleos de la nómina perdidos en la recesión, sólo se han recuperado 1,8 millones. La recuperación es una de las más lentas desde la Segunda Guerra Mundial y enfrenta amenazas continuas. Los altos precios del petróleo. La crisis de la deuda en Europa. Una inflación inesperada. Las peleas de Washington por el techo de la deuda federal.

Todo es cierto. Pero también es cierto que la recuperación parece estar, cada vez más, impulsada por sí misma. Los norteamericanos están comprando otra vez, aunque con menos fervor; las exportaciones están mejorando; las empresas están contratando. El gasto masivo del gobierno y las tasas de interés bajas de la Reserva Federal parecen menos esenciales para el crecimiento. Aunque son buenas noticias, el pesimismo generalizado posterior a la crisis nos impide reconocerlas.

A pesar de las diferencias, todas las recesiones comparten ciertas características. Una, es el papel de los ‘desequilibrios’ económicos. Algo en la economía alcanza un exceso, y la ‘corrección’ deprime la producción, los empleos y los ingresos. La inflación se eleva, y por lo tanto la Reserva la sofoca aumentando las tasas de interés. O las empresas invierten excesivamente en las fábricas y edificios de oficinas; los gastos de inversión se derrumban cuando los excedentes se vuelven obvios. O las acciones alcanzan alturas artificiales —y después, el derrumbe.

Las recuperaciones comienzan cuando se superan los desequilibrios por el paso del tiempo, por otras fuerzas en la economía o por políticas gubernamentales. Esto está ocurriendo ahora con tres enormes desequilibrios que ayudaron a la recesión: los gastos excesivos del consumidor (un desequilibrio entre las adquisiciones familiares y los ingresos); el déficit comercial (el desequilibrio entre las exportaciones y las importaciones); y la ‘burbuja’ de la vivienda.

Examinémoslos individualmente. Durante los años de auge, los norteamericanos obtuvieron muchos créditos, generalmente contra los valores más elevados de las viviendas; ahorraron menos y gastaron más. La tasa de ahorro personal —la porción ahorrada de los ingresos después de los impuestos— alcanzó un punto mínimo de un 1% en 2005. Los gastos en automóviles, electrónica, vacaciones y muchas otras cosas florecieron. Después, a comienzos de 2008, los gastos del consumidor cayeron agudamente durante 18 meses, cuando los precios de la vivienda cayeron y el crédito personal se apretó. Los norteamericanos pagaron sus créditos o entraron en mora; gastaron menos y ahorraron más.

Ahora, años de hacer esto han restaurado el poder adquisitivo. Las deudas se han reducido o eliminado; la tasa de ahorro se ha recuperado a entre un 5 y 6%. Los consumidores no tienen que desviar una creciente porción de sus ingresos de los gastos. Por ejemplo, el servicio de la deuda del consumidor (el pago del principal y el interés) es menos del 12% del ingreso disponible, mientras que en 2007 era casi de un 14%, informa la Reserva. La diferencia excede $200.000 millones en potencial poder adquisitivo anual.