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15 de Jan de 2021

Mundo

Racismo: Una herida abierta

Un capricho del destino quiso que la semana pasada tuviera lugar una sucesión de eventos que pusieron de relieve distintos episodios de ...

Un capricho del destino quiso que la semana pasada tuviera lugar una sucesión de eventos que pusieron de relieve distintos episodios de racismo, discriminación, genocidio y guerra. En Ginebra, la ONU celebró su segunda conferencia sobre el racismo, apodada “Durban II”, y cuyo objetivo era revisar los avances realizados desde la última conferencia llevada a cabo en esa ciudad sudafricana en 2001. A mitad de semana, los judíos conmemoraron el aniversario del Holocausto, que coincidió este año con el aniversario del nacimiento de Adolf Hitler. El jueves, la “comunidad internacional” se reunió para recaudar fondos para ayudar a Somalia, país sin Gobierno desde 1991. El viernes, Armenia recordó al millón y medio de personas que murieron a manos de los turcos otomanos en la Primera Guerra Mundial. A su vez, en Sri Lanka, la guerra más larga de Asia —que cuenta con un marcado tono étnico—, parecía aproximarse a su fin. No es para nada inoportuno recordar que, en esos mismos días hace 15 años, los machetes hutus en Ruanda estaban dejando unos 10,000 tutsis muertos por día, y en los Balcanes el mundo presenciaba cómo los ex yugoslavos, desde hace algunos años, ya se mataban entre ellos.

Estos eventos, analizados detenidamente, ofrecen una triste pero real visión de lo que es hoy nuestro planeta y de lo poco —o mucho— que el género humano ha avanzado hacia un mundo libre de racismo y discriminación.

FANTASMAS DE WASHINGTON

En la Cumbre de las Américas de Trinidad y Tobago, Barack Obama dijo que su presencia allí era la prueba de que Estados Unidos había “cambiado”. Casi al mismo tiempo, su país anunciaba el boicot a la conferencia de la ONU sobre el racismo, debido a su “tono antisionista y antiisraelí”. Varios países “occidentales” le siguieron, y sobra decir que Israel tampoco participó. En 2001, Estados Unidos e Israel ya se habían retirado anticipadamente de la conferencia de Durban. El motivo por todos conocido era la intención de muchos países de incluir referencias directas (y condenas) a la ocupación de los territorios palestinos —y el trato a los que en ellos habitan— por parte de Israel y de incluir el sionismo como una forma de racismo. Esta vez, EEUU aceptó –después de haberse negado— a participar en las negociaciones preliminares para la conferencia. En ellas, exigió que se eliminaran las referencias hacia Israel en el documento que declaraba las metas de la conferencia, lo cual le fue concedido. Pero no se detuvo allí. El gigante norteamericano exigió la eliminación del llamado a compensaciones para los afroamericanos e insistió en que la descripción del tráfico transatlántico de esclavos como un “crimen contra la humanidad” también fuera removida. El documento, sin embargo, en su versión final incluyó una dura condena a Israel por su trato a los palestinos. Esa fue la gota que derramó el vaso de Washington.

La actitud norteamericana –y de los países “occidentales” e Israel— dejó para muchos algo claro: el mundo “occidental” no está preparado para enfrentar sus propios fantasmas. Estados Unidos, un país que en su capital acoge un museo del Holocausto judío pero que nunca ha encontrado el valor para reconocer y enfrentar su rol en la esclavitud y el exterminio de los nativos americanos, perpetúa una cruel amnesia histórica. Por ello, no es casualidad que nunca haya participado completamente en ninguna conferencia de esta naturaleza (1978, 1983, 2001 y 2009), en las que el mundo colonial se enfrenta al colonizado en una posición de total igualdad.

ISRAEL, EN SU PROPIO MUNDO

Israel, el supuesto agravado de la conferencia, logró por momentos salir reforzada de la polémica cuando, al inaugurar la conferencia, las palabras del único jefe de Estado asistente a la cumbre, el presidente iraní Mahmud Ahmadinejad –quien calificó a Israel de Estado racista y dijo que el Holocausto había sido la “excusa” para su creación— provocaron la retirada de decenas de delegados de la sala. Sus palabras dieron la vuelta al mundo, provocando rabiosos editoriales e intervenciones de expertos que reivindicaban la perversidad de la República Islámica. Al día siguiente, el viceprimer ministro israelí dijo que Irán era “como la Alemania nazi” y el presidente del Parlamento israelí dijo que “el nuevo Hitler lleva barba y habla persa”. No está claro si ambos saben que en Irán reside la comunidad judía más grande de Oriente Medio (20.000 miembros), que cuenta con un escaño en el Parlamento en Teherán y, entre otras cosas, con tres sinagogas y tres escuelas. Los judíos de Irán, inclusive, no concuerdan con el Estado que dice hablar por ellos: “el boicoteo de algunos delegados nos ha parecido una ofensa hacia el pueblo iraní”, manifestó Cimmak Morsadegh, el representante judío en el Parlamento iraní, al diario español El País. Para muchos, la actitud israelí ante el foro de Ginebra, lejos de ensalzarlo, lo priva de una dosis más que necesaria de autocrítica y reconciliación. La manera como los árabes-israelíes (20% de la población) son tratados como ciudadanos de segunda clase y la brutalidad y crueldad mostradas durante el último ataque en Gaza, opina el veterano periodista Martin Jacques en la revista británica New Statesman , “son un testimonio elocuente del racismo endémico en Israel”. “Es irónico”, opina Jacques, “que un pueblo que ha sufrido el racismo a una escala tan enorme muestre la misma actitud hacia los palestinos y sus vecinos. Es un ejemplo de que las personas no necesariamente aprenden de sus errores”.

LA IRONÍA ARMENIA

Israel, además, es uno de los países que no reconoce el llamado genocidio armenio. Cuestionado sobre el tema, el académico Norman Finkelstein le dijo a La Estrella que era “por deferencia política con Turquía”, país que, si bien reconoce la muerte de muchos cristianos armenios durante la Primera Guerra Mundial, se rehúsa a usar la palabra “genocidio”. Lo irónico del caso es que existen indicios que sugieren que Hitler pudo haberse inspirado en la falta de justicia y reconocimiento de este crimen para llevar a cabo el genocidio nazi. Más allá de la necesidad israelí de mantener buenas relaciones con Turquía —que pertenece a la OTAN, cuyo espacio aéreo es vital para Israel y que ha servido de mediador en el conflicto con Siria— no deja de ser una cruel ironía que el Estado judío reproduzca la actitud que inspiró al Führer alemán.

El reciente aniversario del genocidio armenio sacó también las primeras chispas entre dos aliados. Como es tradición, el presidente de Estados Unidos emitió un comunicado conmemorando la fecha, y no logró contentar a ninguno de los dos bandos. Obama, que durante su campaña presidencial se había referido en su propio website al hecho como “genocidio”, prefirió no usar la palabra prohibida y se limitó a llamarlo “atrocidad”. Al día siguiente, Ankara expresaba su irritación al considerar “inaceptables” las palabras del presidente. Sin embargo, no todo es furia, ya que solo días antes Armenia y Turquía —que ya han mantenido incipientes contactos diplomáticos— habían anunciado un plan para normalizar relaciones.

OLVIDADOS POR LA HISTORIA

Pero quizás no haya racismo más fuerte que aquel que se trata con indiferencia y muere en el olvido. El hecho de que, por primera vez, los países poderosos se reunieran para destinar fondos para reconstruir el Estado somalí, llama poderosamente la atención. Somalia, cuyo gobierno colapsó en 1991, ha estado olvidada por largos años. Sus costas han sido utilizadas para verter desechos tóxicos y sus recursos marinos robados. Han tenido que ser los piratas, al poner en peligro las vidas y los bienes occidentales, los que han devuelto a Somalia y su situación a los titulares, y ahora, casi veinte años después, es que el mundo decide que hay que hacer algo. Otros episodios atroces como lo ocurrido en el llamado Estado Libre del Congo (1885-1908) —la finca-país personal del Rey Leopoldo II de Bélgica en la que murieron unos 5 millones de seres humanos y en donde le cortaban las manos a los que no cumplían la cuota de caucho— o el auténtico primer genocidio del siglo XX, la masacre de los pueblos Herero y Namaqua a manos de los alemanes en la actual Namibia (1904-1907), son crueles recordatorios de que ni siquiera en el dolor los seres humanos son tratados por igual. Un dato demoledor: existe solo un estudio académico (King Leopold's Ghost de Adam Hochschild) sobre lo ocurrido en el Estado Libre del Congo, mientras que la cifra estimada de estudios acerca del Holocausto nazi es de 10,000.

HERIDAS COLONIALISTAS

Otros fenómenos acontecidos esta semana y este mes pusieron de relieve algunos otros aspectos de la historia colonial y las profundas heridas que aún siguen abiertas. Las políticas de “divide y vencerás” practicadas por algunos colonizadores europeos jugaron papeles determinantes en desastres como el genocidio ruandés (1994) o la guerra que aún sigue en Sri Lanka. En ambos países, tanto tutsis como tamiles, respectivamente, fueron favorecidos por los colonizadores, en detrimento de las mayorías étnica del país: hutus en el caso de Ruanda y cingaleses en Sri Lanka, desembocando en odios, guerras, miseria, masacres y humillaciones que al día de hoy parecen no tener remedio.

Las profundas heridas abiertas por el racismo y la discriminación aún siguen abiertas en el mundo. Si bien es cierto que todas las razas y etnias experimentan el racismo, su daño ha dependido críticamente del poder económico y militar que posee el que lo practica. Las palabras del presidente iraní —con las que se puede estar de acuerdo o no— solo fueron excusa. Para los medios, sirvieron para no tener que hacer una reflexión de lo que de verdad se puso de relieve, que es un mundo triste y profundamente dividido en estos asuntos. Para EEUU, Israel y los países europeos, estas palabras sirvieron para no enfrentar los fantasmas de los abusos coloniales (y actuales), las matanzas, la esclavitud y las atrocidades cometidas a lo largo y ancho del planeta. Sin embargo, para las víctimas del pasado —los familiares de los masacrados, los descendientes de los esclavos, los representantes de las minorías exterminadas— y del presente —los palestinos, los presos en Guantánamo, Bagram y las cárceles de la CIA, los tamiles en Sri Lanka, los aborígenes australianos, los tibetanos o uigures en China, la casi totalidad de la población del África subsahariana y tantos, tantos otros—, fueron solo para confirmar que el infierno que viven día a día tiene pocos visos de terminar.