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06 de Aug de 2020

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Fidel Castro, la guerra fría y ‘la gran traición soviética’

A 50 años de la crisis que colocó a EEUU y la antigua Unión Soviética al borde de una guerra nuclear por la instalación de misiles en Cu...

A 50 años de la crisis que colocó a EEUU y la antigua Unión Soviética al borde de una guerra nuclear por la instalación de misiles en Cuba, La Estrella publica una entrevista reveladora en la que Fidel Castro mostró su furia ante lo que consideró una traición de la exUnión Soviética. Para el líder, el aliado negoció ‘un acuerdo desgraciado’ con el expresidente John Kennedy, a espaldas suyas.

Castro concluyó que Moscú se habría cruzado de brazos si Washington hubiera decidido invadir Cuba. Fue en una conversación de cuatro horas en 1998. Aquí, revivimos la historia de la mano de su protagonista.

LOS INICIOS

El 14 de octubre de 1962 habían pasado 18 meses de la fallida invasión a Playa Girón y EEUU ya había decretado el bloqueo económico contra la isla y la había expulsado la Organización de Estados Americanos (OEA). Tras un encuentro en Viena a comienzos de 1962 entre exprimer ministro soviético Nikita Krushchev y Kennedy, los soviéticos concluyeron que Washington tenía intenciones de invadir Cuba. ‘Uno de sus argumento era que durante las conversaciones Kennedy habló de Hungría y de la intervención soviética en Hungría, lo que fue interpretado por Khushchev como una advertencia hacia Cuba’, dijo Castro. El líder cubano llegó entonces a la conclusión de que un espía comunicó a los soviéticos las instrucciones que había recibido el ejército estadounidense para invadir Cuba: ‘Ellos no se refirieron a esto, pero después he podido conocer todo y es probable que hayan tenido esa información. No me dijeron nada porque eran muy cautelosos sobre todo lo que tenía que ver con información obtenida a través del espionaje’.

Y dijo que hizo lo posible para no involucrarse en la guerra fría: ‘Nosotros no tomamos partido ni inventamos la guerra fría. Queríamos hacer una revolución radical en Cuba. Estábamos pensando en términos de una revolución socialista, pero en el futuro’, explicó.

En abril de 1961 se produjo el desembarco de mercenarios en Playa Girón, los que fueron derrotados en 72 horas, con un gran descrédito para la administración de Kennedy. Según Castro, Kennedy, que había llegado a la Casa Blanca dos meses antes y no era el responsable, asimiló pero no aceptó la idea de esa derrota: ‘Tuvo que soportarla. Fue honesto y valiente cuando dijo que la victoria tenía muchos padres, pero que la derrota era huérfana. La asumió pero no pudo conformase con esos resultados. De manera que inmediatamente comenzaron a fraguarse planes para destruir la revolución’, dijo.

Documentos desclasificados revelaron que el Pentágono consideraba crear un pretexto para culpar a Cuba. Algo como la voladura de un barco estadounidense en la bahía de Guantánamo, el derribo de un avión de pasajeros rumbo a EEUU o un foco terrorista dentro allí. Para Castro, la hostilidad aceleró el proceso revolucionario y la definición hacia el socialismo proclamado el 16 de abril de 1961.

LA GUERRA FRÍA

‘La guerra fría se introdujo en la revolución cubana. La trajo EEUU. Al momento del triunfo de la revolución no teníamos relaciones ni comercio con la Unión Soviética’, contó Castro. Y explicó: ‘Se nos llevó a la guerra fría porque no pudimos comprar armas en otros países, ni tampoco podíamos vender azúcar. Fue entonces que decidimos recurrir a los países socialistas por armas, porque necesitábamos defender la revolución, y así fue como llegaron a Cuba las primeras armas del campo socialista’.

En medio de las sospechas cubanas de que una invasión del ejército estadounidense podría ocurrir en cualquier momento, y la información del espionaje soviético de que esos planes eran inminentes, dos emisarios de Khrushchev llegaron a la Habana el 29 de mayo de 1962, el jefe de las Fuerzas Coheteriles Estratégicas y el Secretario del Partido Comunista de Uzbekistán.

LA IDEA DE LOS MISILES

Los enviados informaron a Castro sobre una posible agresión estadounidense y le preguntaron qué pensaba. Él respondió que la única forma de evitarla era que EEUU comprendiera que eso sería el equivalente a una guerra contra la Unión Soviética.

Entonces llegó otra pregunta: ‘¿Cómo demostrarlo?’. ‘En ese momento mencioné la posibilidad de la instalación de 42 misiles de mediano alcance en nuestro país y también el envio de cierto número de cohetes antiaéreos, fuerzas aéreas y terrestres’, recordó Castro.

Si bien Moscú se sentía moralmente comprometido con La Habana, a quien daba armas y petróleo a cambio de azúcar, la isla era una ventaja estratégica. EEUU había instalado misiles en Italia y Turquía, cerca del territorio soviético. El dilema era el efecto que tendría la presencia de misiles con cargas nucleares para la imagen de la revolución cubana.

‘Instalar una base soviética aquí -contó Castro en Cuba- haría perder a la revolución mucha influencia y el mundo nos señalaría como una base soviética. Estábamos tan preocupados por eso que no nos sentíamos atraídos por la garantía que podían dar los misiles’. Pese al riesgo, prevaleció la cuestión ética: ‘Si esperábamos que los soviéticos corrieran riesgos por nosotros, hubiera sido inmoral y cobarde negarnos a aceptar los misiles, lo que mejoraría la correlación de fuerzas a favor del campo socialista y la posición estratégica de ellos’, dijo.

En reuniones posteriores a la crisis de octubre de 1962 entre altos oficiales del ejército de la exUnión Soviética, de EEUU y Cuba, Castro llegó a la conclusión de que el número de misiles nucleares con que contaban los soviéticos era pequeño. Los emisarios de Khrushchev presentaron la solicitud para la instalación.

En una reunión entre el presidente Osvaldo Dorticos y Ernesto ‘Che’ Guevara, los principales líderes cubanos estuvieron ‘absolutamente’ de acuerdo con la posición de Castro, quien ese mismo día se entrevistó nuevamente con los enviados soviéticos. ‘No sabíamos qué misiles estratégicos tenían, ni les preguntamos. Asumimos que tenían un poco más de lo que después demostraron tener y les dije que si el propósito era fortalecer el campo socialista y defender la revolución cubana, estábamos dispuestos a aceptarlos’, planteó Castro. Allí llegó el acuerdo de facto.

LA TRAICIÓN

En agosto de 1962, Castro envió a Moscú una delegación encabezada por el Che con el proyecto final del convenio militar. ‘El primer proyecto estaba tan mal redactado que les dijimos que no podíamos aceptarlo. Volví a redactarlo con mi propio puño y letra porque ni los mecanógrafos participaron’, describió Castro.

Pese al secreto y la forma camuflada con que se desplazaron los 42 misiles con 99 ojivas nucleares hacia la isla, aviones espías de EEUU detectaron la rampa de lanzamiento y Washington se inquietó. Para Castro, Khrushchev manejó de una forma ‘extremadamente pobre’ el periodo previo y la crisis misma.

El enfoque soviético difería del cubano. Castro quería que se hiciera público el convenio militar suscrito como un acuerdo en consonancia con el derecho internacional. Khrushchev quería secreto.

Cuando Kennedy citó al embajador soviético en Washington para pedirle explicaciones, Anatoly Dobrynin contestó que en Cuba no había armas ofensivas. Lo mismo repitió Khrushchev. ‘Los soviéticos utilizaron el engaño, y en cualquier tipo de contienda el engaño está mal y desmoraliza a las partes. Lo peor de eso es que Kennedy creyó completamente en Khrushchev’, comentó Castro. Era un juego semántico sobre qué se entendía por armas ofensivas.

La crisis llegó al grado más caliente los últimos días de octubre. EEUU comenzó a concentrar tropas en La Florida y estados vecinos, sus aviones espías surcaban cielo cubano y bombarderos con vuelos rasantes violaban el espacio aéreo.

‘En la reunión del 26 de octubre de 1962 con el mando militar soviético, cuando me informaron sobre el estado de las fuerzas, el comandante dijo que el regimiento aéreo, los misiles tierra aire y la unidad de misiles nucleares tácticos estaban listos’, recordó Castro. Y agregó: ‘Esa noche le informé al mando militar que no íbamos a aceptar que se hiciera ningún vuelo rasante sobre Cuba, algo inconcebible en una situación de guerra porque podían atacar y destruir las bases de misiles’. Para contrarrestar la situación, ordenó movilizar cientos de piezas de artillería antiaérea, pues los misiles tierra aire soviéticos eran efectivos a más de 1,000 metros de altura. También avisó que la artillería comenzaría a disparar contra los aviones de EEUU al otro día.

Esa noche Castro redactó lo que calificó como ‘la carta más tremenda de la historia’: ‘La escribí en la embajada de la Unión Soviética en la Habana, con un lápiz. Taché algunas partes y la volví a escribir y se la dicté al embajador, que ni siquiera hablaba español’, recordó.

Castro le explicó a Khrushchev que al día siguiente dispararía contra los aviones estadounidenses. Y le dijo que si Washington invadía a Cuba, crearía el grave riesgo de que diera el segundo paso de lanzar un ataque nuclear contra la Unión Soviética.

Khrushchev recibió la carta en la mañana del 27 de octubre, cuando la artillería cubana ya había abierto fuego y derribado un U-2 del espionaje aéreo de EEUU.

Khrushchev contestó el 28 de octubre informándole que el 25 y 26 había comenzado a discutir con Kennedy sobre los misiles estadounidenses en Turquía. ‘Me dijo que el mensaje que había enviado a Kennedy le permitía resolver la situación a favor de Cuba y proteger a Cuba de una invasión’, explicó Castro.

El líder cubano le reclamó entonces que había tomado decisiones sobre Cuba sin consultarle y sugirió que incluyera en las negociaciones una demanda de cinco puntos: el fin del bloqueo económico, la devolución de Guantánamo -ocupando desde 1898-, el cese de la guerra sucia y de los ataques piratas. Las mismas demandas que mantiene hoy La Habana ante Washington.

El 30 de octubre Khrushchev le escribió nuevamente: ‘Usted propuso que debíamos ser los primeros en lanzar un ataque nuclear. Usted comprende a dónde nos llevaría esto. Eso sería el inicio de una guerra mundial termonuclear’.

‘Entiendo que una vez desatada la agresión -respondió Castro- a los agresores no debe darles el privilegio de decidir cuándo utilizar el arma nuclear. No le sugería, camarada, que la Unión Soviética debería ser la agresora porque eso sería más que incorrecto, sería inmoral y despreciable de mi parte. Pero desde el momento en que los imperialistas ataquen a Cuba, y en tanto hay fuerzas armadas soviéticas estacionadas en Cuba, se convertirían en agresores contra Cuba y contra la Unión Soviética, por lo que nosotros responderíamos. No hablo como un problemático, sino como un combatiente en la trinchera’.

Mientras Castro intercambiaba cartas, la Unión Soviética había alcanzado a un acuerdo con EEUU. Fue Robert Kennedy, sostuvo Castro, quien llegó a un entendimiento con el embajador Dobrynin acerca del retiro de los misiles de Cuba a cambio del desmantelamiento de los que Washington tenía en Turquía.

Castro, furioso, dijo que los soviéticos ‘cambiaron Cuba, misil por misil’ faltando a un convenio. Y lo único que consiguió Khrushchev fueron garantías verbales de que Cuba no sería invadida.

‘Fue un acuerdo desgraciado -dijo Castro-. Pienso que dado que Khrushchev estaba dispuesto a retirar los misiles, hubiera podido alcanzar un arreglo más honorable. Una palabra lo hubiera dicho todo ‘garantía satisfactoria’ para Cuba. Hubiera sido más honorable’.

Khrushchev se comprometió, además, a que EEUU inspeccionara los misiles en suelo cubano, a lo que Castro se negó. A Khrushchev le faltó ‘sentimiento común’, comentó Castro y ‘eso afectó las relaciones’.

‘Khrushchev pudiera haber dicho que no fue desleal, pudo alegar que así se eliminó el peligro de invasión. Sin embargo, las garantías que recibió fueron muy relativas’, señaló Castro.

‘Nunca hubiera habido una guerra termonuclear ni de ningún tipo. Cuba habría sido invadida, pero no hubiera pasado nada. Hubiera habido un gran escándalo público, pero nada más’, opinó con amargura Castro.

(*) Columnista de La Estrella, pasó más de 20 años como corresponsal extranjero en Centroamérica. Informó desde más de 50 países y trabajó, entre otros, para United Press Internacional, Latin American News Letter, La Nación, Excélsior, Univisión, Telemundo-CNN, Televisa, El Universal y Ámbito Financiero. Actualmente combina la labor periodística con la académica y el análisis político nacional e internacional.