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31 de Mar de 2020

Nacional

‘Viernes Negro’: una noche en La Modelo

PANAMÁ. El día 10 de julio de 1987, la Cruzada Civilista convocó cinco marchas, que partirían de distintos puntos de la capital para en...

PANAMÁ. El día 10 de julio de 1987, la Cruzada Civilista convocó cinco marchas, que partirían de distintos puntos de la capital para encontrarse en la Iglesia del Carmen. En la Vía España cientos de civilistas fueron detenidos aquel viernes. El siguiente extracto del libro Tiempo de Tiranos, por Guillermo Sánchez Borbón y R. M. Koster, describe lo que presenciaron en la Cárcel Modelo, donde el Dr. Algis Torres fue médico oficial.

La primera parada para los detenidos fue una gran celda de La Modelo, llamada La Preventiva. Allí, unos maleantes, a quienes se les había condonado el viaje a Coiba, los estaban esperando.

A medida que iban entrando a empellones de los guardias, a los presos políticos se les iba entregando su ‘ojo colombiano’ y/o un labio roto, o les robaban cualquier artículo de valor, y de repente hasta los zapatos y la camisa, de paso.

William Bright, de 33 años, empresario de La Chorrera, con doble nacionalidad —de Panamá y Estados Unidos— fue uno de los primeros en llegar. Pensó que iba a ser víctima de una agresión sexual; hay que ver que en el camino ya lo habían amenazado con violarlo, de manera que se resistió.

En un instante se encontró contra la pared con una navaja al cuello. El agresor era un hombre de 40 y tantos años —vestido con unos jeans pero que Bright había visto en la estación de Balboa con uniforme de sargento de las FFDD (Fuerzas de Defensa).

El sargento, que salía y entraba toda la noche de La Preventiva para supervisar a los criminales, aplacó rápidamente a Bright, quitándole su reloj, su anillo de matrimonio y todo su efectivo. La plata y los objetos de valor se entregaban por una rendija en la puerta para que los recibiera el guardia que se encontraba afuera, ya que los ladrones mismos recibían solo un pequeño porcentaje de las ganancias. Arriba de la rendija había una ventanilla desde donde los guardias presenciaban, entre risas y burlas, las escenas de brutalidad.

La Preventiva tenía unos 30 metros cuadrados, con una pluma de agua de un lado y dos inodoros de balde, es decir, vasijas sin plomería. El piso estaba limoso, con agua y excremento. Para el atardecer había 100 hombres hacinados allí adentro. El calor era intenso. La peste, increíble. Un solo bombillo alumbraba pálidamente desde las alturas del cielo raso y toda la noche los guardias se acercaban a la ventanilla y les gritaban que se levantaran, que se arrodillaran, que levantaran las manos, y así sucesivamente.

ESPECTÁCULO CARNAL

Un rato después de la medianoche cayó adentro una jovencita –por lo menos a los presos políticos les pareció de momento que era una jovencita con tacones altos, pescadores y blusa color rosa. En realidad se trataba de un travestido, frecuente huésped de La Modelo, a juzgar por cómo los maleantes lo llamaban por su nombre, Carolina.

De una vez comenzaron (siguiendo lo que parecía ser una jerarquía ya establecida) a hacer uso sexual de él. En un principio con su consentimiento, o por lo menos resignación, y entonces, a pesar de sus súplicas y protestas, gemidos y lágrimas, se dieron 20 o más actos de copulación oral o anal, con el acompañamiento de los pregones de quienes ya habían gozado o aún esperaban que les tocara, y pescozones, retorcidas de oreja, e improperios verbales. Todo esto ante el horror y vergüenza de los políticos, para beneficio de quienes sin duda se habría montado semejante espectáculo. Cada uno quedó sacudido, como testigo de aquella pesadilla carnal.

CONFUSIÓN

El doctor Andrés Berroa, radiólogo de 37 años, fue detenido camino hacia su casa, luego de haber terminado su turno en el Hospital Oncológico. Los Doberman confundieron su saco blanco de médico con el uniforme de los civilistas. Cuando lo de Carolina tendría unos 15 minutos de estar ocurriendo, llamaron al doctor Berroa atender un hombre cincuentón en una angustia evidente, que sudaba profusamente y se hiperventilaba. Sospechando que el hombre se estaba infartando, Berroa hizo un espacio para darle aire, se fue a la puerta y le dijo al guardia de afuera lo que estaba sucediendo. ¿Y qué?, fue la respuesta.

“Si es el corazón, se puede estar muriendo”. “Que se muera el hijuep... ¿A mí qué me importa?”.

Durante la próxima hora, hasta mucho después de que los maleantes habían acabado con Carolina, el doctor Berroa caminaba entre su paciente —a quien no podía ayudar— y el guardia, a quien no podía persuadir. Finalmente, este último cedió. Entró con un secuaz y sacaron al enfermo arrastrándolo por el suelo y por el escalón de la puerta de la celda. Cuando soltaron a Berroa, tres días después, supo que el hombre había muerto de un fallo cardiaco en el Hospital Santo Tomás, en la mañana del sábado 11 de julio.

La próxima parada de los prisioneros políticos fue en Las Galerías. Los metieron uno a uno. Una y otra vez les robaban, aunque para estas alturas a muy pocos les quedaba algo que valiera la pena robar, cosa que, de momento, enfurecía a los residentes regulares. Al menos dos hombres de los que fueron arrestados el 10 de julio fueron violados.

El Gobierno de Panamá se había convertido en una organización criminal de —por y para- sádicos degenerados.

“Más allá de todos los límites de lo necesario”, dijo el arzobispo (Marcos Gregorio) McGrath, (q.e.p.d.) y otros dentro y fuera de Panamá se unieron al coro. Todos los que habían quedado detenidos el día 10 fueron liberados el martes 14.