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22 de Oct de 2019

Nacional

La chiricana que dejó huella en Arkansas

Daniela Araúz, bachiller en ciencias de un plantel estatal de Chiriquí, se graduó de ingeniera biomédica en la Universidad de Arkansas

Hace cuatro años y seis meses Daniela Araúz salió volando detrás de un sueño: estudiar en el extranjero. Hoy, egresada de la Facultad de Ingeniería Biomédica de la Universidad de Arkansas, Estados Unidos, narra sus angustias en un modelo educativo desconocido y su esfuerzos por alcanzar el éxito.

A su regreso, esta chiricana de 23 años se propone cambiar el deficiente sistema de salud panameño.

‘Sé que tengo una responsabilidad con Panamá. Mi país necesita cambios', dice a La Estrella de Panamá .

Cuando pequeña gritaba a los cuatro vientos que estudiaría idiomas, una idea que a pesar de los años no ha olvidado y que pretende combinar con la ingeniería biomédica.

Cuando alcanzó la adolescencia, cambió de opinión: decidió estudiar medicina impulsada por el ejemplo de una tía materna que es enfermera y el esposo de esta, que es doctor en medicina.

Todo comenzó durante una feria de salud, en un pueblito chiricano. Una señora le pidió al tío médico que le hiciera una receta. Antes de emitir la receta, el médico le pidió examinarla. La señora se enojó y se fue.

‘Me di cuenta de que si tuviéramos más personas comprometidas, las cosas fueran diferentes. Esas son las personas que necesitamos, no doctores que vendan las incapacidades y las recetas ', cuenta la joven.

Viéndose reflejada en el ejemplo de su tío, Daniela se inclinó por el estudio de las ciencias, a la que define como su ‘pasión', por lo que cree también que siempre sacaba cinco en biología.

Su madre contribuyó también a trazar sus líneas de estudios. ‘Mamá era profesora de comercio y me pedía que no siguiera su camino', dice.

Ingresó al bachillerato en ciencias en la escuela Beatriz Miranda de Cabal, en Dolega, Chiriquí. En este plantel encontró nuevos motores para seguir alimentando su pasión por la ciencia. Un profesor, el más difícil de todos y a quien tuvo miedo a reprobar, irónicamente sacó lo mejor de Daniela.

En dos años (V y VI de secundaria), el educador la incentivó a participar en ferias científicas para estudiantes, como la del ‘Ingenio Juvenil' organizadas por la Secretaría Nacional de Ciencia y Tecnología (Senacyt).

MAYONESA Y QUÍMICA

En una de estas ferias, ‘Química de la cocina', descubrió que no todo era sacar cinco en biología. Había que tener habilidades para cocinar y aplicar química biológica y, por supuesto, ciencia. En esa competencia le tocó preparar mayonesa y ron ponche. ‘Es fácil', pensó, pero se equivocó. ‘¡Ufff! es dificilísimo', dice frunciendo el ceño.

¿Qué pasó? A la hora de practicar la fórmula para ir diestra al concurso, le costó llegar a la conclusión que mezclar los tres elementos naturales de la mayonesa -agua, limón y aceite - no era posible.

‘La mayonesa es una de las cosas más difíciles que hay, porque es una emulsión', cuenta .

¿Qué hacía falta? La fórmula necesitaba algo que los uniera: la yema del huevo.

Pero este no fue el único tropiezo que tuvo la pequeña científica para preparar la salsa. Una vez mezclados los tres elementos con la yema del huevo, Daniela recordó un elemento que no podía faltar: la sal. Y allí se enfrentó a un nuevo dilema. Un chef, que junto a un profesor de biología y uno de química guiaba el procedimiento, preguntó: ‘¿Y la sal?'.

Una compañera del equipo tomó una pizca de sal y la tiró a la mezcla de mayonesa, que se diluyó instantáneamente. ¡Ay, Dios!, exclamó frustrada por el fallo del procedimiento. ‘Háganlo de nuevo', dijo el chef.

A la mayonesa se le echa sal cuando se están mezclando los elementos; de lo contrario, se ‘agua', se disuelve, dice mientras deja escapar una sonrisa con la que intenta expresar la complejidad de los procedimientos científicos.

Fue precisamente en una de las ferias organizadas por Senacyt en la que observaron su talento. Mientras buscaba becas para estudiar medicina en Cuba o en cualquier otro país, le ofrecieron una para ingeniería biomédica. A ella no le interesó la propuesta. Prefería seguir esperando que se abriera una oportunidad, que nunca llegó. Los concursos para medicina se habían cerrado. Fue entonces cuando conversó con su madre y decidió aplicar a la beca para estudiantes de excelencia de escuelas oficiales, en 2013, para biomedicina. ‘Yo quería estudiar en el extranjero, ese era mi sueño'.

Senacyt buscaba estudiantes que quisieran prepararse y regresar a su país y cambiarlo, ‘eso también me impulsó a alzar el vuelo', añade.

Un grupo de treinta estudiantes aplicó para la misma beca, de los cuales veintidós eran chiricanos. Veintiséis se fueron a Arkansas, un año después de haber obtenido el aporte económico y tras un largo entrenamiento en el idioma inglés, cuenta orgullosa del talento que hay en su tierra natal.

En 2014, salió por primera vez de su país rumbo a Estados Unidos. Todos los estudiantes panameños tomaron otro curso de seis meses para adaptarse al inglés de Arkansas antes de ingresar a la universidad. Hasta aquí todo iba perfecto: los muchachos se apoyaban entre sí, siempre estaban juntos.

La tecnología también fue crucial para la adaptación de la joven panameña porque le permitía estar conectada diariamente con su familia durante los años de estudios.

Los problemas empezaron con el ingreso a la universidad. La deficiencia del sistema educativo panameño salió a relucir en una universidad del primer mundo. A Daniela le costó un año y medio de estudios sentar las bases de la carrera. Por más que estudiaba de lunes a lunes, no sabía nada de física ni de química. ‘Estaba en cero', dice, mientras sus compañeros estaban ‘sobrados'.

A pesar del estrés, nunca pensó en abandonar su sueño de estudiar en el extranjero para regresar a su país y aportar su talento. Ella tenía claro que había que llegar hasta el final.

El tiempo le dio la razón: nunca fracasó y terminó graduándose en mayo pasado con un índice de 3.48, donde el máximo es 4.0.

Daniela cultivó amistades y superó sus propias expectativas a punto de evaluar la experiencia como ‘completa'. Se inscribió en asociaciones, llegó a ser tesorera del gremio panameño de ingeniería biomédica de la Universidad de Arkansas. También fue vicepresidenta del grupo. En su último año de carrera, la panameña fue nominada como ‘estudiante significativa' y por ‘méritos latinos'.

En Arkansas aprendió portugués y hoy habla tres idiomas que le permiten mantener y continuar con su sueño de aprender lenguas.

EL PROYECTO FINAL

Uno de sus grandes logros fue su proyecto final: ‘Diseño de una cámara del ventrículo izquierdo para una simulación computacional'. En palabras sencillas, ella y otros tres estudiantes americanos idearon un equipo para entender el funcionamiento de la válvula mitral para aprender a repararla.

El proyecto de graduación creó un modelo artificial biomecánicamente correcto de una cámara de la arteria cardiaca, que tiene como función que la sangre en el lado izquierdo del órgano fluya en una dirección contraria y que no se regrese al mismo.

Este prototipo obtuvo el segundo lugar en el certamen ‘Senior Capstone Design Poster Competition', que organizó la Universidad de Arkansas, el pasado 27 de abril. La premiación se celebró el 5 de mayo.

El prototipo que diseñó la ingeniera biomédica panameña demostró tener la capacidad de soportar la fuerza de la presión de dos botellas de agua cada vez que el corazón late; es decir, unas 100 mil veces al día.

La competencia contó con la exposición de cerca de ciento diez propuestas de investigación, creadas por estudiantes de ingeniería, como la biomédica, industrial, química, mecánica, biológica, computacional, eléctrica, entre otros.

‘¡Misión cumplida!', dice diploma en mano la ingeniera biomédica que está de vuelta en Panamá en busca de un trabajo que le permita cumplir su más importante sueño: ‘ayudar a los demás y servir a mi país'.