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14 de Jul de 2020

Nacional

Los caminos que conducen a Roma

Ante la corrupción que se extiende en el orbe malignamente globalizada, Juan Pablo II interpuso su palabra de sanidad social. Su conducta lo proyectó como un defensor mundial de los oprimidos.

Si ayer se decía que todos los caminos conducen a Roma, hoy se ha precisado y convenido que son los caminos del espíritu. A nadie debe sorprender la congoja mundial que ha producido la muerte del papa Juan Pablo II. Era lo esperado porque las almas vivientes tenían la certeza de que moría un baluarte moral de la humanidad. En esa irrefutable verdad encontramos la explicación del tributo racional, no necesariamente emocional, de profunda solidaridad que los peregrinos y los dolientes de todo el mundo han rendido al Papa a la hora de su muerte.

Los caminos que conducen a Roma

Su condición de baluarte moral lo hizo universal. Su apego a los valores superiores de la sociedad, a esos valores que dan soporte y luz a la dignidad humana, hizo posible que su ministerio tan espiritual y humano encontrara cauces en el corazón de creyentes y agnósticos. Nunca fue un Papa sectario ni jamás se comprometió ni siquiera con la chispa de un fuego que laceraba a los pueblos por razón de sus pugnas o por agresiones foráneas. Su identificación con la paz convirtió su índice no en el dedo que acusa, sino en el armonizador, y su corazón fue bálsamo para los perseguidos. ¿Quién puede dudarlo? ¿Dónde hubo una controversia fratricida o de índole imperial que no recibiera la palabra justa o la solución adecuada del Papa? ¿Dónde identificó su palabra o su silencio con alguna complicidad?

Ante los poderosos dio prueba de la entereza de sus convicciones. “No tengan miedo”, dijo a los pueblos sometidos al totalitarismo ideológico o cuartelario. Denunció y condenó la agresión al pueblo iraquí y rindió homenaje al derecho internacional como instrumento de la paz.

Su conducta lo proyectó como un defensor mundial de los oprimidos. Más que representante de Dios en la Tierra, tenía la personería de apoderado de los pobres de la Tierra ante Dios. Más que un ministerio divino, ejercía un ministerio humano. Eso explica porqué, tantas lágrimas de ateos y creyentes cayeron sobre su tumba de guía espiritual de la humanidad.

El Papa sabía que los pueblos de la tierra tienen sed de justicia. Ante la corrupción que se extiende en el orbe malignamente globalizada, Juan Pablo II interpuso su palabra de sanidad social. Si hubiera sido él, el Papa en ejercicio durante la Segunda Guerra Mundial, si hubiera sido él, el sugerido por Roosevelt o Churchill para participar en los debates de la posguerra, Stalin no hubiera preguntado con tajante ironía ¿Cuántas divisiones bélicas tiene el Papa para que intervenga con algún poder en los diálogos de la posguerra? Porque Juan Pablo II se hubiera presentado con las divisiones de su autoridad moral, el único batallón invencible en las contiendas políticas y humanas. El conductor de ese batallón acaba de morir y en atención a su testamento al declarar que no posee un solo bien material, se agiganta su prestancia moral; el mundo se queda sin su más poderoso protector. Esa es la sensación de soledad o desamparo que hoy prevalece en el espíritu de la Tierra.

“Su apego a los valores superiores de la sociedad, a esos valores que dan soporte y luz a la dignidad humana, hizo posible que su ministerio tan espiritual y humano encontrara cauces en el corazón de creyentes y agnósticos”.

Alguna vez leí un pasaje que viene a cuento y que tiene sus propias proporciones, pero es lección que tiene su alcurnia por lo que hay en ella de nobleza y sensibilidad. En momentos en que el gran tribuno español Emilio Castelar hablaba en las Cortes, recibió una nota del presidente del debate. Castelar interrumpe su discurso magistral, lee el contenido del mensaje, respira profundamente, dirige su mirada a toda la amplitud del claustro, como buscando un auditorio global, y exclama con voz marchitada por el dolor intelectual, el más reflexivo de todos los dolores y exclama “Señorías: siento que el mundo pesa menos, ¡Víctor Hugo ha muerto!”.

¿Se puede dudar, acaso, que con la muerte de Juan Pablo II el mundo de la paz, el mundo del espíritu, el mundo de la solidaridad y del amor, el mundo del decoro y la amistad no pesa menos? Sobre todo, porque estos grandes muertos no tienen sustitutos inmediatos ni, tal vez, mediatos. Son líderes mundiales fraguados con el dolor y las ilusiones medidas por centurias, por muchísimas centurias. Estos hombres no podrán ser jamás clonados porque son hombres-espíritus, y jamás responden a la genética y mucho menos a las travesuras de la ciencia.

Sin embargo, queda su ejemplo, su palabra, y queda la conciencia colectiva, la que una vez supere el sollozo y el respiro suspirante debe rendir su homenaje a Juan Pablo II adecuando su conducta a los mandamientos éticos y sociales que sembró en todos los surcos de la Tierra.

Es natural que no se tenga una apreciación homogénea, pero presiento que la humanidad luego del velorio-llanto multitudinario y del sepelio universal de Juan Pablo II, ya la humanidad, repito, no es la misma. Es como cuando mueren los padres de la morada propia, entonces hay una búsqueda fraterna o filial de todas las raíces y de todos los sueños familiares, concebidos al calor de las tertulias con los ausentes y con ese arco –de raíz y cielo– nadie se apartará del sendero desbrozado por los padres, con su ejemplo y amor. Juan Pablo II dejó a la humanidad, y sobre todo a la juventud, libre de espinas el camino de la paz y de la solidaridad. Es el único camino que le queda a la humanidad para que la Tierra encuentre su propia gloria. Es el camino que nos deja pavimentado Juan Pablo II y quien tenga allí su andar sabrá llegar a la cúspide de sus sueños y compromisos morales porque, gracias a la prédica del Papa fallecido, en sus pasos tendrá la brújula que no admitirá ni el andar torcido ni las traiciones al espíritu. Si Jesús es Dios hecho hombre, Juan Pablo II fue hombre hecho paz, solidaridad, moral y amor. El mundo tiene razón para llorarlo y hasta para venerarlo.

(Publicado originalmente el 9 abril de 2005).

La delincuencia y sus crueldades
Carlos Iván Zuñiga Guardia

FICHA

Un vencedor en el campo de los ideales de libertad:

Nombre completo: Carlos Iván Zúñiga Guardia

Nacimiento: 1 de enero de 1926 Penonomé, Coclé

Fallecimiento: 14 de noviembre de 2008, ciudad de Panamá

Ocupación: Abogado, periodista, docente y político

Creencias religiosas: Católico

Viuda: Sydia Candanedo de Zúñiga

Resumen de su carrera: En 1947 empezó su vida política como un líder estudiantil que rechazó el acuerdo de bases Filós-Hines. Ocupó los cargos de ministro, diputado, presidente del Partido Acción Popular en 1981 y dirigente de la Cruzada Civilista Nacional. Fue reconocido por sus múltiples defensas penales y por su excelente oratoria. De 1991 a 1994 fue rector de la Universidad de Panamá. Ha recibido la Orden Manuel Amador Guerrero, la Justo Arosemena y la Orden del Sol de Perú.