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11 de Jul de 2020

Nacional

Tras las huellas de nuestro Adán

Esa corriente interior que nos identifica y esa historia que prolonga los viejos caminos, definen nuestra condición de panameños. Esto quiere decir que las huellas de Adán en el campo del civismo no nos resultan extrañas y que están allí, como lámpara votiva, señalando senderos.

El hombre, intrigado y siempre afanoso en la búsqueda de la verdad, se ha dedicado por siglos a escudriñar todas las huellas históricas de su identidad. Una parcela humana encontró en las huellas de Adán su origen religioso y su propia procedencia. Otras parcelas encontraron en otras razones y creencias sus actas de nacimiento.

Tras las huellas de nuestro Adán

De modo paralelo el hombre fue aquilatando, buscando y encontrando sus identidades cívicas y sociales. Todo ha sido jornadas milenarias hasta que llegó a consolidarse una corriente interior que formalizó un perfil, una personalidad, un carácter, una identidad singular. Surgieron los pueblos y los hechos que apasionadamente, con sueños, ideales, sacrificios y principios esculpieron su propia historia.

Esa corriente interior que nos identifica y esa historia que prolonga los viejos caminos, definen nuestra condición de panameños. Esto quiere decir que las huellas de Adán en el campo del civismo, no nos resultan extrañas y que están allí, como lámpara votiva, señalando senderos.

“De modo que la conducta criminal y la cultura de la corrupción de que tanto se ufanan y divulgan los noticieros de la televisión y que estimulan las declaraciones impertinentes de algún diplomático, no las encontramos como identificadoras del panameño raizal e impoluto cuando transitamos en afán de estudio a lo largo de las huellas cívicas de nuestro Adán istmeño”.

No sé en qué momento de los siglos vividos aparecieron entre nosotros los ideales comunes y los recuerdos que estremecen nuestras vidas. Pero hubo un momento en que al cuajar el alma istmeña, la estampa nacional, la estampa de los panameños, ocupó un sitial en el espíritu colectivo.

Antes de la conquista ya existía una unidad identificadora entre el aborigen y su tierra. Se defendió lo propio ante la codicia fraterna y se defendió con bizarría el despojo ejecutado por los extraños. Los estallidos bélicos de resistencia solo cesaron cuando el imperio impuso la paz de la muerte. Pero en la conquista se selló un mensaje de rebelión y de posesión territorial y se abrieron los primeros surcos donde germinaría la semilla que dio al panameño su irrevocable vocación de libertad.

Esa es la corriente interior que históricamente nos ha vivificado y que es parte espiritual y rectora del país decente de todos los tiempos. Es la corriente interior, llena de valores que bañó la conciencia de los independentistas del siglo XIX y de los nacionalistas del siglo XX.

A lo largo del siglo XIX, esa conciencia tuvo sus cumbres hermosas, individuales y colectivas. Las individuales representadas por los pensadores y combatientes de la nacionalidad. Hubo una de especial significado y que constituye la más alta figura del idealismo y de los principios. Al morir Tomás Herrera, en las calles de Bogotá en defensa del estado de derecho, dejó para la posteridad un testamento cívico insuperable. Allí se fortaleció la cultura de la legalidad democrática, como cultura de las mayorías nacionales, siempre más fuerte, incluso por minoritaria, que la cultura de la corrupción, siempre estimulada por fuerzas disolventes extrañas.

Esa corriente cívica interior, a todo lo largo del siglo XX, inspiró la lucha perfeccionista de una independencia lograda con muchos sacrificios institucionales e hipotecas morales. En ese siglo se usó una arcilla perdurable en el campo de los principios para conformar la personalidad nacional e internacional del panameño.

En ese siglo se dieron las jornadas colectivas más cívicas y patrióticas en defensa de la nacionalidad que registra la historia. En ese siglo se perfeccionó la independencia que los próceres, fundados en la historia, dejaron como legado cívico al esfuerzo restaurador de las nuevas generaciones.

En los discursos de Belisario Porras, en los escritos patrióticos de Justo y Pablo Arosemena, en los ensayos serenos de Eusebio A. Morales, en las frases incorruptibles de Mateo Iturralde (¡Yo no vendo mi patria!) y de Octavio Méndez Pereira (¡Que se lleven el Canal, comeremos dignidad!) y en el pensamiento de tantos panameños encontramos el hilo conductor de aquella corriente cívica y moral que nunca se ha apartado del compromiso cívico del panameño decente de ayer y de hoy.

De modo que la conducta criminal y la cultura de la corrupción de que tanto se ufanan y divulgan los noticieros de la televisión y que estimulan las declaraciones impertinentes de algún diplomático, no las encontramos como identificadoras del panameño raizal e impoluto cuando transitamos en afán de estudio a lo largo de las huellas cívicas de nuestro Adán istmeño.

Lo que procede es resaltar –escolar e institucionalmente– los mensajes históricos del pasado, los mensajes que están llenos de una levadura espiritual perdurable, no solo como enseñanza para las nuevas generaciones, sino como ilustración para la nueva población flotante que va llegando a nuestra patria y que puede captar la pésima impresión que llega a un país mostrenco, sin padres tutelares y con una población expósita, sin huellas, sin principios y sin historia.

Publicado originalmente el 31 mayo de 2008.

Tras las huellas de nuestro Adán

FICHA

Un vencedor en el campo de los ideales de libertad:

Nombre completo: Carlos Iván Zúñiga Guardia

Nacimiento: 1 de enero de 1926 Penonomé, Coclé

Fallecimiento: 14 de noviembre de 2008, ciudad de Panamá

Ocupación: Abogado, periodista, docente y político

Creencias religiosas: Católico

Viuda: Sydia Candanedo de Zúñiga

Resumen de su carrera: En 1947 inició su vida política como un líder estudiantil que rechazó el acuerdo de bases Filós-Hines. Ocupó los cargos de ministro, diputado, presidente del Partido Acción Popular en 1981 y dirigente de la Cruzada Civilista Nacional. Fue reconocido por sus múltiples defensas penales y por su excelente oratoria. De 1991 a 1994 fue rector de la Universidad de Panamá. Ha recibido la Orden Manuel Amador Guerrero, la Justo Arosemena y la Orden del Sol de Perú.