29 de Nov de 2022

Nacional

La salud mental y educación para la vida

La Organización Mundial de la Salud define la salud mental como un estado de bienestar en el que la persona afronta el estrés usual de la vida en familia y en comunidad o como el desarrollo de las potencialidades de la persona.

La Organización Mundial de la Salud define la salud mental como un estado de bienestar en el que la persona afronta el estrés usual de la vida en familia y en comunidad o como el desarrollo de las potencialidades de la persona. Este planteamiento incluye muchas aristas; una de ellas se refiere al afrontamiento de situaciones conflictivas en el contexto educativo.

La educación es un derecho humano inalienable, innegable a ninguna persona e irrenunciable, que forma parte de la base ética y moral del ser humano. La educación es la precursora de un desarrollo social sostenible, que promueve la convivencia pacífica, inclusiva y equitativa.

Si bien este marco referencial es conocido ampliamente, también es evidente que en 2020 la pandemia de covid-19 desencadenó una crisis en el sistema educativo panameño, con un impacto inmensurable en la salud mental de todos los miembros de la comunidad educativa: Panamá no estaba preparada para cambiar drásticamente a la educación virtual a gran escala, como reemplazo de la educación tradicional y presencial.

Hoy, este escenario ha cambiado y paulatinamente el sistema está volviendo a la “normalidad”. Entendiendo que para la preservación de la salud mental, el sistema educativo brinda los escenarios para la formación, la socialización y el desarrollo de la personalidad en todos sus niveles, es inaceptable regresar a los modelos educativos tradicionales.

En otras palabras, tenemos como sociedad la excusa perfecta para que la educación cambie y se enfoque en el crecimiento emocional del individuo, en el fortalecimiento del área emocional y psicológica, en complemento a los contenidos curriculares impartidos en los distintos niveles de la educación panameña, tomando en cuenta sus retos, limitaciones y fortalezas.

Se abre el compás para proyectar a mediano y largo plazo un sistema educativo que procure la continuidad de la vida como prioridad, a través de la promoción completa e integral de competencias que no solo se enfoquen en la proyección profesional del individuo, sino más bien en la pertinencia comunitaria y social, es decir “competencias para la vida”.

Una tarea a corto plazo consiste en valorar la necesidad y la urgencia de vincular los contenidos curriculares con habilidades de aprendizaje socioemocionales en las aulas; por ejemplo, la escuela tradicional ha segmentado el aprendizaje en asignaturas que son materias que forman una carrera o un plan de estudio y, por otro lado, las habilidades socioemocionales llamadas también competencias blandas; en la vida diaria, todo es complementario; el contenido curricular de una asignatura nos ayuda a entender el mundo, el lenguaje nos relaciona con el entorno.

El sistema educativo público, en donde se concentra la mayor cantidad de la población estudiantil en todos los niveles, debe garantizar soporte psicológico en todas las instituciones educativas, alineado al sistema de salud estatal para afrontar los retos del sostenimiento de una salud mental colectiva favorable.

No se puede exigir una transformación externa, si no cambiamos primero a lo interno. Esto se traduce, por ejemplo, en la implementación de una estrategia de capacitación sostenida de los docentes a todos los niveles sobre los beneficios positivos de una buena salud mental frente a los cambios emocionales, el estrés colectivo, la adaptación social, el duelo, entre otros. Un docente también es padre o madre, es hijo o hija, es esposo o esposa, es tío o tía y en cualquiera de esos roles puede aplicar sus aprendizajes significativos, es decir, que se extrapolan a otros escenarios sociales, lo cual, a todas luces representa un ganar-ganar.

La tarea no es fácil ni lo ha sido ni lo será. Se trata de deponer posturas individuales o colectivas en pro del bienestar social. Especialistas plantean que estamos frente a una nueva pandemia, esta vez con implicaciones mentales debido a la crisis económica mundial. El panorama no es alentador, pero sí prometedor para actuar con resiliencia y retomar el camino hacia el Panamá que nos merecemos.

Psicólogo y docente universitario