17 de Ago de 2022

Política

Las perspectivas de 2015, la crisis de la política panameña

La política tiene entre otros propósitos, hacer legibles las experiencias sociales de los individuos y grupos y organizan en ese sentid...

Solo es posible comprender la crisis de nuestra sociedad y sus posibles desenlaces, si la asumimos como parte de un movimiento social que vincula a actores sociales y políticos a su origen, como también a la pugna que establecen para incidir en su desarrollo.

No hay fatalidad ni determinaciones mecánicas en este conflictivo proceso que han iniciado sectores de la sociedad panameña en la recuperación de la institucionalidad democrática y colocarla al servicio de la única convivencia sostenible, aquella que se funda en la inclusión social. ¿Cuál es la estructura de la acción social que permite detectar el sentido de los cambios?, si es que los hay. ¿Qué aspectos de los procesos sociales nos lleva a reconocer aquello que caracteriza a la acción política en medio de la crisis?

DELINEANDO LA CRISIS

Según la CEPAL, el país percibió en el 2013, $4 mil 651 millones de la inversión extranjera directa que llega a Centroamérica (el 44%), $1,764 millones más que el año anterior. Sin embargo, pareciera que esta exorbitante inversión no se refleja en la estructura social, ya que para mediados del 2014 en Panamá, las clases vulnerables y pobres según el Banco Mundial representan el 56.5% de la población; una clase media que alcanza casi un 40%, mientras que la clase alta significa el 3,73%.

En este contexto de fuerte desigualdad social, es donde hay que poner en perspectiva que el tamaño de lo sustraído y dilapidado en los últimos años, está sin exagerar cercano a los mil millones de dólares.

Lo único que puede explicar esta otra exorbitante cifra, es una profunda crisis de la institucionalidad política del país que no permite corregir la desigualdad social, habilita el despilfarro y la corrupción, con expectativas de impunidad.

EL PATERNALISMO CLIENTELISTA

Aunque se ha hablado de clientelismo como una práctica benévola de las élites políticas preocupadas por las vulnerabilidades de los sectores desposeídos, lo cierto es que esta obscena práctica es el resultado de acciones intencionales tendientes a disolver las distinciones entre lo público y lo privado.

El clientelismo es una transacción entre un bien escaso— que en este caso son los votos—, contra un bien material o una ventaja económica, mediada por una degradada política que apela a la lealtad incondicional, a la gratitud eterna o al endoso absoluto de la consciencia (Yann Basset).

Sin embargo, el clientelismo se nutre tanto de instituciones deficientes, como del contexto económico social, específicamente de la desigualdad que le es tan funcional a los propósitos de la manipulación política, como para servirse de ella y perpetuarla. Uno de los elementos estructurales que ha contribuido a esta práctica – y que en nuestro país ha ido de menos a más—, ha sido la desregulación del mercado laboral que ha abonado a la inseguridad económica con los bajos salarios y la informalidad que ella crea. Esta inseguridad que ahonda la vulnerabilidad de los ciudadanos, hace que cualquier limosna sea vista como un acto generoso digno de lealtad eterna.

Este clientelismo que tiene como soporte a la desigualdad social, se ha articulado políticamente a otro obstáculo producto de nuestro subdesarrollo, la desarticulación regional.

Ésta propicia la segmentación espacial y la emergencia de pequeños caciques políticos, perpetuando el atraso y el bajo nivel de la cultura política regional, como ha quedado demostrado en las últimas elecciones circuitales en las provincias de Azuero y Chiriquí.

EL DÉFICIT INSTITUCIONAL

Douglas North manifiesta que las instituciones son ‘reglas del juego’ en una sociedad que organizan interacciones que suponen intercambios regulados entre individuos y colectivos en los ámbitos sociales, económicos y políticos, entre otros.

Los espacios de convivencia están delimitados por instituciones. Los del interés privado (el particular) y los del interés público (el general) marcan distinciones cruciales en la institucionalidad occidental. Es en este contexto que la política tiene entre otros propósitos, hacer legibles las experiencias sociales de los individuos y grupos y sistematiza con sentido nuestros intereses subordinando el logro particular al beneficio general.

Este paternalismo clientelista ha llevado a nuestra sociedad a disolver los límites entre lo público y lo privado, permitiéndole a una élite política y económica manejar los recursos del Estado como si fueran propiedad de quienes están en el poder.

Con ello se instaura una cultura de la simulación y de la mentira que se extiende desde la política, y que ha desdibujado el espacio público a través de la manipulación permanente de la realidad social.

La clientela, la prebenda, la transacción y la cooptación por medio de bienes públicos, se constituyen en los medios que permiten construir las falsas imágenes o apariencias de inclusión en la sociedad panameña del consumismo y de la ostentación.

LA CLEPTOCRACIA

El paternalismo clientelista engendró un sistema patrimonial de dominación donde se erige una cleptocracia (el establecimiento y desarrollo de una élite de poder basado en el robo de los bienes públicos) que instaura en el último lustro, la ‘fase superior’ de la corrupción institucionalizada en Panamá.

Desde esta perspectiva, sabemos que históricamente en el mundo, no sólo la corrupción se alimenta de la desigualdad social, del narcotráfico; también del fanatismo religioso.

Ellas generan violencia institucional y física, profundizando a su vez, las estructuras de inequidad que les dan origen.

Estos tres componentes de la perversidad social, distorsionan las aspiraciones de cohesión e integración social y bloquean toda política de cambio social en la dirección de una sociedad de equidad fundada en un Estado de Derecho.

Estas son las enseñanzas recientes de las masacres de estudiantes en México y de los caricaturistas en Francia. Una y otra atentan contra la dignidad humana y la convivencia ciudadana, además de tener la cualidad de profundizar la división social y política a niveles casi insuperables.

Como sociedad nos toca la corrupción y el narcotráfico, distorsiones que nos acercan de alguna manera a uno de los países mencionados. ¿Qué hacer? Atacar de raíz sus causas.

ALTERNATIVAS, EDUCACIÓN Y PRODUCTIVIDAD

Augusto de la Torre, economista jefe para América Latina del Banco Mundial, manifiesta que ‘el único camino que puede solucionar los dos problemas, el de crecimiento y de equidad es una mejora muy fuerte en la calidad de la educación y el acceso a la educación’.

Sin embargo, el análisis de las cifras económico-sociales muestran los límites que tiene nuestro crecimiento económico especialmente en lo que refiere a la calidad del empleo y el monto de los salarios.

Es importante considerar la diversificación económica, e invertir en encadenamientos productivos de alta tecnología articulados a la plataforma de logística y comunicaciones que constituye el Canal de Panamá; esta estrategia productiva es una alternativa a otro tipo de crecimiento y calidad del empleo.

Reconocer también, que la institucionalidad democrática importa y que en la defensa de lo público, responsabilidad ética y certeza del castigo es la única inversión posible.