07 de Oct de 2022

Publicando Historia

Las consecuencias del golpe de Acción Comunal

Artículo basado en el ensayo ”Paralelos entre la revolución de 1931 y el golpe de Estado de 1941, del abogado Oscar Vargas Velarde

Las consecuencias del golpe de Acción Comunal
Las consecuencias del golpe de Acción Comunal
Las consecuencias del golpe de Acción Comunal
Las consecuencias del golpe de Acción Comunal

A casi 100 años de la formación de Acción Comunal en 1923 y 92 años del golpe de estado de 1931, la que fuera una hermandad secreta de carácter nacionalista continúa capturando el interés y reacciones encontradas.

Ello se debe, en palabras del abogado Oscar Vargas Velarde, a “que el golpe de estado de Acción Comunal, en 1931, transformó sustancialmente la vida de los panameños”.

Vargas Velarde, profesor de la Facultad de Derecho de la Universidad de Panamá, es un incansable estudioso de la historia panameña, autor de un amplio número de obras, entre ellas Curso de Derecho Laboral (2021), Educación y Abogacía (2017), Domingo H. Turner: paladín de los obreros y de las luchas nacionales (2016), Juan Mendoza, líder del arrabal (2015) y otros más.

En uno de sus ensayos, titulado “Paralelos entre la revolución de 1931 y el golpe de Estado de 1941” (“Obra en homenaje al Dr. Jorge Fábrega P. Panamá 2019”, Instituto Colombo Panameño de Derecho Procesal; Panamá, 2019.), hace un estudio comparativo entre el primero (1931) y segundo golpe de estado de la historia del país (1941) y ofrece importantes conclusiones con respecto a ambos.

En cuando al golpe de Acción Comunal, el abogado e historiador sostiene que, además de 11 muertos y cinco heridos y la salida permanente del ingeniero Florencio Harmodio Arosemena de la política panameña, este movimiento tuvo otras implicaciones a corto, mediano y largo plazo, entre ellas el desmembramiento del Partido Liberal y una nueva inestabilidad en el sistema político, cuyos resultados se harían sentir en los próximos años en forma de numerosos movimientos golpistas (Ver tabla en esta misma página). A la postre, señala, el ciclo se cerraría con la Constitución Panameñista de 1941.

Florencio Harmodio

Atado al Partido Liberal que lo había llevado al poder, el gobierno de Florencio Harmodio Arosemena, un prestigioso ingeniero con poca o nula experiencia política, se inició en la polémica, pues llegó al poder en 1928 producto de unas elecciones en las que fue candidato único.

Su contrincante, el doctor Jorge E. Boyd, se había retirado días antes, alegando que el gobierno del presidente Rodolfo Chiari no ofrecía las garantías necesarias para la seguridad de los candidatos ni de los resultados.

Durante sus tres años de gobierno, se consideró a Arosemena, apenas un apéndice de Chiari, que mantenía el dominio del Gabinete con varios de sus fieles seguidores.

El país se caía a pedazos por efecto de la terrible crisis económica y las malas decisiones administrativas. La profunda molestia del pueblo se hacía sentir en las páginas de los diarios opositores que le adjudicaban a Chiari todo tipo de epítetos: “el tirano de calle décima”, “el hombre de maniobras y artes sombrías y reñidas con la honradez y la decencia” y “el hombre que imponía su voluntad al supuesto presidente de Panamá señor Arosemena” .

Por su parte, Florencio Harmodio Arosemena era “su testaferro”, “el hombre que prefirió sacrificar sus nexos de familia antes que desagradar al tirano que lo llevó a la presidencia mediante la estrangulación del voto popular”; y “el hombre que creó el dilema de 'lealtad o dimisión' con el único fin de justificar el robo del cinco por ciento” .

A ambos se le hacían acusaciones gravísimas de desaciertos, peculados, “saqueos de las haciendas”, persecuciones contra la prensa y particularmente el cobro del cinco por ciento del sueldo de los empleados públicos para engrosar las arcas del Partido Liberal, prosigue Vargas en su mencionado ensayo.

Eran críticas que se basaban en el rencor acumulado, no solo hacia el gobierno de turno, sino hacia el Partido Liberal, que venía imponiéndose en el poder desde 1910, cuando José Domingo de Obaldía, el segundo presidente de la república, fuera respaldado por este colectivo.

El partido Liberal

Entre 1904 y 1931, habían salido de las filas del Partido Liberal 12 de los 14 presidentes, descontando solo a Manuel Amador Guerrero y a Pedro Díaz, miembros ambos del Partido Conservador, aunque este último solo llevó la banda durante dos años.

La costumbre era que el presidente saliente eligiera a su sucesor (“candidato oficial”) y este resultaba invariablemente ganador en unas elecciones en las que se usaban a su favor todas las artimañas y recursos del estado.

De acuerdo con Vargas Velarde, era una situación que venía preocupando a varios miembros del partido, interesados más en el país que en la política, quienes habían vertido numerosas críticas contra sus dirigentes, por considerar que con sus prácticas politiqueras le hacían “daño a la doctrina, al colectivo y al Gobierno”.

“Ya todo el mundo está cansado de este Gobierno de ladrones desvergonzados y de políticos sin escrúpulos y sin con[1]ciencia” decía en 1930 el doctor Horario Alfaro, secretario de Relaciones Exteriores del gobierno de Chiari en una a su hermano Ricardo J., entonces ministro en Washington.

Alfaro añadía: “Los ataques incesantes al Tesoro Público; los negociados ilícitos con los parientes y los allegados del Presidente; el nepotismo entronizado y tantas cosas que ya se hacen sin el menor recato tienen ya colmado la medida y todos ansían un cambio en el personal dirigente de la cosa pública”.

Otro crítico del gobierno de Arosemena fue el doctor Jeptha Duncan, miembro del Partido Liberal y secretario de Instrucción Pública del gobierno de Arosemena, quien, al retirarse del gobierno, virtio serías críticas contra lo que consideraba eran los desafueros de ese régimen, señala Vargas Velarde.

Intención del golpe

Acción Comunal derrocó al gobierno de Arosemena con el fin de “imprimir a la nación un nuevo rumbo” que tuviera por base un gobierno netamente republicano, que prestara garantías a vidas y haciendas y fuera un escudo de defensa para los derechos que le son propios a los ciudadanos de una república”, decía un manifiesto emitido por la Hermandad.

Deseaban garantizar al mundo la restauración de “los derechos y las prerrogativas ciudadanas hasta ahora desconocidas” y prometían dotar al país “de una ley justa que asegure la libertad absoluta del voto”.

La sociedad secreta declaraba su respeto a “todos los compromisos adquiridos por los gobiernos del país,” y a “todas las obligaciones de carácter internacional que tenga la nación panameña con las demás del mundo”, frases destinadas a lograr el beneplácito de los acreedores del Estado y el reconocimiento de las demás naciones (Vargas Velarde).

“De esta actitud de orden, de desprendimiento y de patriotismo depende el éxito de este gesto altivímo de nuestro noble pueblo, ansioso de garantías y libertad”, concluía el mencionado manifiesto.

De acuerdo con D. De la Rosa (1999, citado por Vargas), la sociedad Acción Comunal fue un auténtico intérprete del estado de ánimo y las frustraciones sociales y económicas de la pequeña burguesía o clase media, conformada por los campesinos sin tierra, los profesionales con sus ingresos mermados, los empleados públicos cesantes, los oficinistas y los maestros con sueldos cercenados, los comerciantes ahogados en deu[1]das y los abogados carentes de pleitos.

Membamiento del Patido Liberal

Una de las consecuencias directas del golpe de Acción Comunal en 1931 fue el desmembramiento del Partido Liberal.

“Después de ocurrido este azaroso acontecimiento, el Partido perdió su nombre tradicional y se fragmentó en muchas partes”, sostiene Velarde, quien menciona varios de los partidos en los que devino. Uno de ellos fue el Liberal Doctrinario, formado por los ex liberales Ricardo J. Alfaro, Harmodio Arias Madrid, Francisco Arias Paredes, Enrique A. Jiménez y Domingo Días Arosemena.

“Pero más temprano que tarde, este colectivo político fue la expresión de las nuevas vertientes personalistas: el alfarismo, el harmodismo, el panchismo, el jimenismo y el dominguismo”, sostiene el autor.

Otros fueron el Partido Liberal Renovador, fundado por el empresario Francisco Arias Paredes; el Partido Liberal Demócrata, de Enrique A. Jiménez; el Partido Liberal Progresivo, de Octavio Méndez Pereira; el Partido Liberal Nacional, de Rodolfo Chiari; el Partido Liberal Unido, de Belisario Porras.

El Liberal Nacional, el Liberal Renovador y el Liberal Unido conformarían en 1935 la alianza Unión Liberal, para lanzar la candidatura de Porras, sin éxito.

Posteriormente, Porras, Chiari y Francisco Arias Paredes, “los jefes de tres poderosas facciones liberales”, propugnarían en muchas ocasiones por la reunificación liberal, llamando a “deponer rencillas entre los hermanos de la numerosa familia” y a “laborar tesoneramente y con lealtad por el triunfo de los principios que han sido siempre la divisa histórica del glorioso Partido”.

Pero los buenos propósitos y los esfuerzos realizados en algunas regiones del país fueron en vano. Cada uno siguió su curso.