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06 de Aug de 2020

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Jaime Raúl Molina

Columnistas

Mascarillas para todos

Desde que fue noticia la epidemia de coronavirus en China, autoridades sanitarias y expertos en Occidente dijeron a la población que el uso de mascarillas por el público no cumplía un propósito de salud pública, que las mascarillas solo eran útiles para personal sanitario que estuviera atendiendo pacientes en hospitales, y que su uso por personas que no mostraran síntomas era no solo inútil sino contraproducente.

Desde que fue noticia la epidemia de coronavirus en China, autoridades sanitarias y expertos en Occidente dijeron a la población que el uso de mascarillas por el público no cumplía un propósito de salud pública, que las mascarillas solo eran útiles para personal sanitario que estuviera atendiendo pacientes en hospitales, y que su uso por personas que no mostraran síntomas era no solo inútil sino contraproducente. Las autoridades deben enviar un claro mensaje de que tal cosa fue un error y hacer giro de 180 grados para recomendar uso masivo de mascarillas en sitios públicos.

Se argumentaron varias cosas para desaconsejar el uso de mascarillas por la población. Primero, que las mascarillas no servían para quien no mostrara ya síntomas respiratorios. Segundo, que la población en general no debía comprar mascarillas porque el personal sanitario las requeriría para protegerse de contagio al atender pacientes enfermos de coronavirus. No se requiere un PhD en Lógica para identificar que entre los dos argumentos hay una contradicción. Si solo sirven para los que ya tienen síntomas, entonces, ¿cómo es que sí protegen al personal médico expuesto a personas contagiadas? La gente no es tonta y se da cuenta cuando algo no cuadra, por más que la información provenga de expertos. Por eso a medida que ha ido pasando el tiempo, más personas en sitios públicos están usando mascarillas.

Otro argumento era que no había evidencia robusta de que el uso de mascarillas protegiera al usuario, sino que servía más bien para proteger a terceros frente a contagio cuando son usadas por el enfermo. Primero, ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia. Después de todo, si dotamos de mascarillas al personal sanitario para no exponerlos de más, no tiene sentido decir que el público no debe usar mascarillas porque no haya evidencia científica robusta de que su uso en sitios públicos proteja frente a contagio. El interés de salud pública debió haber llevado a las autoridades a promover el uso masivo de mascarillas en lugar de desaconsejarlo. Sabemos desde hace meses que el coronavirus puede ser altamente contagioso antes de que la persona manifieste síntomas. Su período de incubación en mayoría de casos es de entre cinco y siete días, ello significa que cuando la persona muestra síntomas ya lleva una semana contagiando a otros sin saberlo. Si se hiciera obligatorio el uso de mascarillas en sitios públicos durante la pandemia, hay buenas razones para esperar que ello reduciría notablemente la transmisión comunitaria. Esto es lo que señalan investigadores de la Universidad de Oxford en una pieza reciente en The Lancet Respiratory Medicine [doi:10.1016/S2213-2600(20)30134-X].

Pero tampoco es cierto que no hubiera evidencia. Que no haya evidencia concluyente es una cosa, y otra muy distinta es que no haya en lo absoluto evidencia que a la luz de las circunstancias nos permita tomar decisiones basadas en evaluación razonable de beneficios contra riesgos. Existe alguna evidencia de que con el virus de la influenza, el uso de mascarillas reduce transmisión por aerosoles. Por ejemplo, un estudio [PLoS Pathog 9(3):e1003205] con el virus de la influenza concluye que el uso de mascarillas redujo en un factor de 3.4 la transmisión de virus por aerosoles. Eso es bastante. Los autores concluyen “la abundancia de copias virales en las finas partículas de aerosoles y la evidencia de su infecciosidad sugieren un importante papel en la transmisión de influenza”. Y las mascarillas en cuestión se trataban de las simples mascarillas quirúrgicas, no los respiradores N95. Aunque el coronavirus y el de la influenza sean virus distintos, también tienen muchos elementos en común, especialmente en modo de transmisión de persona a persona, por lo que desechar esa evidencia no parece prudente.

Otro argumento era que muchas personas no saben colocarse adecuadamente la mascarilla, lo que las llevaría a colocársela de forma incorrecta y así quedarían expuestos con una falsa sensación de seguridad. Este argumento parece razonable y prudente en la superficie, pero si lo examinamos un poco más allá, vemos que no tiene sustento. Una situación análoga es la del lavado de manos. Fíjese que no dijeron “no se lave las manos, pues podría usted lavárselas de forma incorrecta”, que habría sido el equivalente a lo que se hizo con las mascarillas, sino que se hizo campañas públicas sobre el correcto lavado de manos, con videos y fotos en redes sociales haciendo docencia sobre el lavado correcto de manos. Mucha gente tampoco hace uso correcto del cinturón de seguridad en automóviles, pero no por eso decimos “no use cinturón de seguridad”. La recomendación de no usar mascarillas, sobre la base de que no todos sabrían colocárselas, no tiene sustento como medida de salud pública.

Los países asiáticos tienen políticas sanitarias distintas a las de Occidente. Incluso sus hábitos culturales de saludo son más higiénicos que los nuestros. Uno de los hábitos que tienen es el de usar mascarillas cuando están enfermos. Pero además, en momentos de brotes epidémicos todos usan mascarillas en público, tengan o no síntomas, por la sencilla razón de que usted no puede tener certeza de que por no tener síntomas no esté contagiado ni contagiando a otros. Ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia, y en un brote epidémico uno tiene que aplicar principio precautorio.

El uso masivo de mascarillas reduce la transmisión comunitaria del virus, y combatir transmisión comunitaria es el objetivo principal de todas las medidas sanitarias en este momento. En la conferencia de prensa del jueves 26 de marzo del equipo de Gobierno para la crisis sanitaria, todas las personas llevaban sus mascarillas. Se explicó que ello obedecía a que estaban en espacios reducidos donde era difícil mantener las distancias mínimas. Pues bien, eso mismo pasa a toda persona cuando va al súper, usa el metro o metrobús, y en otras situaciones en que tiene que salir de casa. El Gobierno haría bien en instar la fabricación masiva de mascarillas por la empresa privada, y en establecer obligatoriedad de su uso en público desde ya. Mejor tarde que nunca.

Abogado