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14 de Jul de 2020

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Jaime Raúl Molina

Columnistas

Decisiones en tiempos de pandemia

Nadie puede saber, en este momento, cuál de todas las estrategias adoptadas por distintos Gobiernos en el mundo contra el COVID-19 resultará ser la óptima.

Nadie puede saber, en este momento, cuál de todas las estrategias adoptadas por distintos Gobiernos en el mundo contra el COVID-19 resultará ser la óptima. Eso podrá evaluarse, en todo caso, de forma retrospectiva. Sin embargo, ello no impide que sobre la marcha se mire alrededor para ver cómo lo están haciendo otros países, con el fin de evaluar variantes, incluyendo ajustar las medidas propias para corregir rumbo, ya que inevitablemente en medio de una tormenta, se deben monitorear continuamente las condiciones del mar y hacer las correcciones de rumbo que correspondan.

Lo primero: la data de exceso de mortalidad de múltiples países, que diversos medios internacionales, como The Economist, Financial Times o el New York Times, han venido publicando, es evidencia de que la mortalidad causada por el COVID19 es realmente extraordinaria. Esa data de exceso de muertes compara las muertes por semana en lo que va del año, con las muertes por semana de los cuatro (4) o cinco (5) años previos, pero sin mirar causalidad. Este análisis es importante para hallar si realmente está muriendo más personas, por consecuencia de COVID-19, o si dichas muertes atribuidas a COVID-19 son meramente de personas que, si no fuese por la pandemia, hubiesen muerto de todos modos, pero con atribución causal a otra cosa (neumonía, por ejemplo). Y esa data de exceso de muertes muestra una señal estadística muy fuerte de que en prácticamente todos los países se ha dado una cantidad de muertes que no puede ser barrida bajo la alfombra de la atribución causal específica.

Lo segundo: dicha señal estadística de exceso de muertes notablemente por encima de los rangos máximos de variabilidad de años previos, se da en el contexto de drásticas medidas de mitigación en la generalidad de esos países, medidas que en general incluyen distanciamiento social, prohibición de eventos masivos, cierres de escuelas, teletrabajo, cancelación en general de vuelos internacionales, y que en no pocos países –como el nuestro— incluyen también cierre de empresas en actividades consideradas no esenciales y confinamiento domiciliario obligatorio. Y de allí que algunas personas pueden ver esa data y decir “¿ves?, no murió tanta gente como habían proyectado, eso indica que sobreestimaron la gravedad del virus y por tanto hemos sobrerreaccionado”. Pero ese razonamiento es equivocado, por la sencilla razón de que la cantidad de muertes que se han producido no necesariamente habría sido la misma cantidad de muertes que hubieran resultado de no ser por la toma de esas medidas drásticas que fueron adoptadas en menor o mayor grado por la generalidad de los países afectados. Nunca sabremos cuántas personas habrían muerto ya, de no ser por las medidas drásticas adoptadas. Por otro lado, nunca sabremos tampoco, y esto hay que decirlo también, cuántas personas han muerto y morirán aún como consecuencia de, y no a pesar de, las medidas drásticas de mitigación adoptadas, pues ninguna intervención poblacional, como las que han sido adoptadas, está libre de efectos adversos. Sin embargo, a la luz de la información que teníamos en enero, febrero y marzo, es claro que había que adoptar una serie de medidas de cortafuegos que en muy pocos países fueron adoptadas temprano, pero que la mayoría de los países terminaron adoptando eventualmente, y hay sólida evidencia de que, si no hubiesen sido adoptadas del todo, la cantidad de muertes hubiese sido considerablemente mayor, de hecho, varios múltiplos mayor a la que ha sido, aunque no se puede tampoco medir el impacto individual de cada una de las medidas.

Hay una interesante variedad en las estrategias adoptadas por distintos países, que debe ser tomada en cuenta para informar la toma de decisiones, toda vez que dicha toma de decisiones ha de continuar. El recurso retórico de que la salud va primero que la economía, como si fuesen cada una variables aisladas, cada una en su burbuja, presenta una falsa dicotomía. Ni se puede tener una economía sin una población saludable ni puede haber salud con una economía destrozada. No olvidar aquello de los llamados determinantes sociales de la salud, que pueden constituir un 90 % de las variables de salud a largo plazo de una población.

Lamentablemente, en el mundo real las decisiones siempre implican compromisos. Muchos trabajamos ocho horas sentados frente a un monitor de computadora, a pesar de que sabemos que estar sentados por largos períodos de tiempo no es óptimo para la salud a largo plazo. Las personas lo hacen, no porque elijan economía sobre salud, sino porque tienen que poner sobre la balanza toda una serie de elementos para tomar decisiones en el mundo real. Pues lo mismo pasa con las decisiones de cuándo comenzar la vuelta a esa “nueva normalidad” que implicará, entre otras cosas, mascarillas en público, saludos sin contacto físico (adiós por el momento a los apretones de mano, y ni hablar de besos y abrazos), prohibición –por cierto tiempo— de eventos y reuniones masivas, restricciones de aforo en comercios, promoción del teletrabajo y otras restricciones que será necesario mantener por un tiempo que aún no puede ser precisado. Lo cierto es que, como toda intervención, el confinamiento también choca con los rendimientos marginales decrecientes y le aplica el principio de que aún lo bueno, cuando es aplicado más allá de cierto umbral de toxicidad, se torna más dañino que beneficioso.

No debemos olvidar que el objetivo de las medidas implementadas era aplanar la curva para evitar el colapso de los sistemas sanitarios, colapso que generaría terribles efectos de segundo orden, entre los que está que mueren muchas más personas por no poder ser atendidas en hospitales. Hubiera sido estupendo que con el confinamiento se lograse además la supresión de la propagación, pero es evidente que eso no se pudo lograr ni en Panamá ni en ningún país con transmisión comunitaria. Toca entonces recordar que, ya que no es viable suprimir por completo la transmisión, en algún momento tendremos que reabrir exponiéndonos al virus, con medidas de mitigación como las antes mencionadas. La decisión ahora es cuándo, pero es inevitable.

Abogado