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07 de Jul de 2020

Columnistas

Panamá es el Chagres

“[...] Recomiendo la lectura del ensayo: Soy el Chagres, la matriz existencial del hombre panameño en mis libros 'La épica de la soberanía' y 'Memorias de mis memorias' [...]”

Soy el crisol de múltiples nacionalidades y del pluralismo étnico.

Soy la mágica confluencia de lo mítico con lo épico, lo histórico con lo profético.

Soy un ser vivo, tengo alma, mis pasiones son extremas.

Soy un poema en movimiento.

Soy un cauce eterno para calmar la sed de la vida.

Soy una metáfora encarnada de odios y amores, lágrimas y suspiros, ambiciones y renunciamientos, pecados y virtudes; vivo en permanente oscilación entre aconteceres de bonanza y violencia.

La cultura del Panamá ístmico tiene en mí sus orígenes milenarios, creencias, costumbres, mitos y leyendas, Si ansías penetrar en mis aguas y escuchar mis voces secretas, recuerdos y sombras, debes hacerlo al estilo de la novelista chilena Irene González Frei: buscando el olor del paraíso y las cenizas de la gloria.

Muchos navegan mis senderos, pero pocos permanecen, descuidan lo esencial: descubrir la sedimentación aluvional, creativa y fértil de lo vivido través de una estética del cambio. El don de renacer, lo tengo, como lo narra Laura Esquivel en La ley del amor. Ante cada adversidad recorro caminos prohibidos, sobrevivo a los grandes infortunios, poseo un manantial inagotable de aguas virginales y bíblicas para renovar las aguas teñidas en sangre con el agua viva preñada de esperanzas.

Cada una de mis inundaciones es un orgasmo ecológico, tiene la potencia genética de las acciones fundacionales, SOY PANAMÁ. En mi amplio y profundo cauce están las coordenadas patrióticas de una nación que luchó por recobrar su dignidad territorial y jurisdiccional, en la épica de la soberanía.

Nací cerca del nudo del Mamoní, en la cordillera de San Blas en la vertiente del Atlántico y desemboco en forma de estero en el mar Caribe, frente al majestuoso castillo de San Lorenzo en la costa abajo de la provincia de Colón. En mi intrincado curso penetro en el área del canal, en la colosal represa de Alajuela a través del lago artificial con el mismo nombre, me niego a llamarlo Madden.

Mi cuenca hidrográfica, la mejor definida del istmo panameño, comprende un área de drenaje de unos 2,670 kilómetros cuadrados con una longitud de 193 kilómetros, caracterizada por numerosos meandros. El curso alto es torrencial, montañoso y de rápida erosión; hoy, afortunadamente, se hace allí turismo ecológico y deportivo, guiados por los recientes poblados de emberaes wounam, como los de Tusi Pono, Parará Puru, Embera Drúa y San Juan de Pequení, con ellos descubrirás la misteriosa y hermosa cascada de la Quebrada Bonita, estoy feliz, pues esas comunidades aborígenes protegen mi majestuoso y selvático entorno. Mis rápidos son de vértigo. Mi antiguo y hermoso valle, hoy es sepultado por los lagos artificiales de Gatún y Miraflores.

Mi existencia, unida a la angostura mínima, bajo relieve, poca sismicidad y estratégica posición geográfica, hacen posible la ruta interoceánica e interhemisférica. Mi arquitectura es viviente, cada hecho o acontecer tan solo es un latido en el fluir milenario de las misteriosas aguas, hoy prisioneras. Soy la divinidad del Tacarcuna, el padre de Mama Chi.

Yo, El Chagres ¡SOY PANAMÁ!

Las primeras evidencias de asentamientos de grupos humanos en Panamá se encuentran a orillas de mi curso en el perímetro del actual lago Alajuela. Los paleonativos panameños eran cazadores de megafauna y recolectores. Dejaron allí puntas de lanza del tipo clovis, raspadores y cuchillos en las márgenes del río. Ello ocurrió hace aproximadamente 9,000 años.

SOY la matriz del devenir existencial del hombre panameño. Más que mariposas, peces y árboles, Panamá es un río, es el Chagres. Tengo suficientes brazos para acogerlos a todos y darles mis afectos.

SOY el cordón umbilical de la patria.

Sin el Chagres no hay Canal.

Soy parte vital de la frontera geopolítica de Estados Unidos de América.

Soy el CHAGRES, vivo sobre la tierra y como lo poetiza Changmarín:

Yo soy hecho de sal y de esperanza.

Duro para matar…

Soy medio tigre y a veces ruiseñor y serranía.

Soy también de los iniciados, tengo ritmos esotéricos y sueños místicos.

Soy el único río con poderes psíquicos tanto en el Atlántico como en el Pacífico: a través de las corrientes marinas me llega la fuerza espiritual de todos los ríos del mundo.

Soy un activo proceso de interfecundación cultural. Aún hay zonas inexploradas en mi cuenca, tierras vírgenes y fascinantes, como los paisajes del alma de Borges y Chesterton. Tengo recodos ocultos y secretos, allí moran los primitivos dioses en una extraña dimensión donde la vida y la muerte son parte de una misma realidad onírica. Tengo árboles cósmicos cuyos frutos son soles, lunas y estrellas.

Soy el varón-hembra del cual nos habla Augusto Roa Bastos en Yo el Supremo.

Soy la fantasía de Heráclito. Soy imprevisible. La Tulivieja de Tristán Solarte aún llora en mis remansos y los auténticos duendes de Antonio Paredes se esconden en mis bosques. Mi útero pare excentricidades…

Dedicado a Ramón Fonseca, con él, en helicóptero conozco el lugar donde nace el Chagres, recorro todo el cauce y siento la magia de un río milenario.

Nota: Recomiendo la lectura del ensayo: Soy el Chagres, la matriz existencial del hombre panameño en mis libros La épica de la soberanía y Memoria de mis memorias. El ensayo surge cuando viajo a la isla de Barro Colorado, gracias a un pase especial que me consigue una de mis alumnas de la Usma; en la lancha de los once pasajeros, solo tres panameños, mi hermano Luis y mi hijo Ricardo Arturo, los demás científicos de todas las latitudes. Gloria Guardia lo consideró en prosa tan valioso como 'Al Cerro Ancón' de Amelia Denis de Icaza.

Historiador, docente y escritor.