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26 de Jun de 2022

Columnistas

No todo es COVID

“Hoy, vivimos más y mejor que en los 120 mil años de existencia del “Homo sapiens”, gracias [...] a las investigaciones de la comunidad científica. Saldremos victoriosos, una vez más...”

A más de dos años de pandemia, debemos empezar a retomar sin demora la normalidad en las actividades económicas, sociales, educativas y sanitarias que fueron impactadas profundamente en el mundo entero, con mayor o menor severidad, según las condiciones políticas y sanitarias presentes en cada país. Aunque el SARS-CoV-2 sigue circulando y seguramente estará con nosotros por muchos años, el esquema completo de vacunación (con los refuerzos periódicos) nos está permitiendo una mayor tranquilidad en la convivencia con los demás y en la probabilidad de padecer enfermedad grave cuando entremos en contacto con el virus. Contamos ahora, además, con un variado armamento de medicamentos antivirales efectivos que mejoran aún más el pronóstico de la infección. El Estado, por tanto, debe minimizar su prolongado paternalismo y apelar a que todo ciudadano sea también responsable de su propia salud. El uso de mascarilla debe ser ya opcional, particularmente al aire libre, y cada persona debe decidir su continua utilización con base en la vulnerabilidad individual. El enfoque exclusivista de los Gobiernos en el tema COVID ha provocado un importante abandono en asuntos diversos de gran relevancia para la humanidad. Es muy probable que, en los próximos años, seremos testigos del retroceso en los progresos que se habían alcanzado en materia de salud pública.

La cifra oficial de fallecidos que ha dejado la pandemia anda cerca de los 6.5 millones de individuos. Se estima, no obstante, que muchos países han tenido un significativo subregistro de defunciones, ya que el cálculo de exceso de mortalidad anual arroja una cifra superior a 18 millones de decesos globalmente. Tan solo este hecho ha propiciado la pérdida de casi dos años en la expectativa de vida actual de las poblaciones humanas. Por otra parte, el síndrome pos-COVID, padecido por al menos 30-50 % de los infectados, podría propiciar una oleada de enfermos crónicos con padecimientos sistémicos, principalmente de índole cardiovascular, cerebral, diabética y miscelánea. El buen control de otras comorbilidades se vio entorpecido durante la crisis, por lo que se espera ver la afluencia de pacientes con malignidades, trastornos metabólicos, problemas hipertensivos, anormalidades renales, entre otros, en el futuro cercano. La obesidad ha experimentado también incrementos porcentuales en la población. La salud mental ha sido severamente golpeada, tanto por las consecuencias de la pandemia como por los efectos de confinamientos, restricciones, estragos en empleos e ingresos, interrupciones en las ayudas psicológicas profesionales, discursos negacionistas y noticias falsas o manipuladas difundidas de manera malintencionada por ruines oportunistas en redes sociales y mensajerías electrónicas.

Sufriremos también repercusiones en el campo de las infecciones causadas por otros microorganismos. Debido a que numerosos patógenos se “escondieron” por las rigurosas estrategias de cuarentena, aislamiento, distanciamiento y mascarilla, resulta plausible que los mismos reaparezcan con mayor agresividad de la usual. Hemos visto, además, una reducción notable en los programas rutinarios de prevención de las infecciones inmunoprevenibles de la infancia y de otros grupos etarios. El desabastecimiento de algunas vacunas y medicinas ha sido también un obstáculo puntual. Estamos detectando casos de difteria, tosferina, sarampión, varicela, meningitis bacteriana, tétanos y hasta de poliomielitis paralítica, terribles enfermedades que estaban controladas o eliminadas en nuestra región latinoamericana y en muchos otros lugares del planeta. El virus salvaje de polio ha reaparecido en Paquistán después de más de un año de ausencia y de única presencia en Afganistán. La disminución mundial de las coberturas de inmunización está retrasando la hoja de ruta de erradicación de la poliomielitis en los continentes de Asia y África, algo que ya teníamos tan cerca. Los grupos antivacunas, sin duda, también están contribuyendo en gran medida, por su criminal desinformación, con este preocupante deterioro de las estadísticas de vacunación.

Recientemente, para colmo, está aconteciendo un brote de una hepatitis fulminante de origen desconocido en niños (la mayoría menores de 6 años), con casos reportados por ahora en Europa y Estados Unidos, sin relación causal aparente con la COVID (menos del 20 % ha tenido infección reciente por el SARS-CoV-2, ninguno vacunado). En este momento, alrededor de 200 casos han sido diagnosticados, con 17 requiriendo trasplante hepático y con un fallecido. La investigación etiológica parece implicar a una cepa inusualmente agresiva de adenovirus entérico (F tipo 41), aunque todavía la información científica es bastante preliminar. No se descarta que, debido a la relativa desaparición de la circulación habitual del adenovirus, al igual que la de otros patógenos, una mayor virulencia sea parte de las consecuencias de su retorno epidemiológico durante la creciente flexibilización de las medidas de mitigación pandémica. Otra hipótesis es que se trate de una forma autoinmune de afectación hepática, condicionada por la exposición al coronavirus en meses previos.

Microbios y humanos estamos destinados a vivir juntos. La ciencia es la mejor manera de saber los muy pocos que son perjudiciales y que debemos prevenir con vacunas o tratar con fármacos. Hoy, vivimos más y mejor que en los 120 mil años de existencia del “Homo sapiens”, gracias precisamente a las investigaciones de la comunidad científica. Saldremos victoriosos, una vez más...

Médico e investigador.