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01 de Jun de 2020

Redacción Digital La Estrella

Opinión

Docencia universitaria entre tradición y el cambio

El movimiento mundial de renovación de las universidades que asumen su auténtica misión en el Siglo XXI plantea la urgencia de revisar s...

El movimiento mundial de renovación de las universidades que asumen su auténtica misión en el Siglo XXI plantea la urgencia de revisar sus marcos pedagógicos y docentes. Se trata de una condición esencial en la formación del capital humano de alto nivel y calidad, que sea capaz de enfrentar las nuevas y complejas situaciones que les corresponderá vivir en los ámbitos personal, laboral y social.

Desde esta perspectiva, se pone cada vez más atención al modelo formativo de la universidad, especialmente en cuanto a la gestión de sus profesores. Pues, sin duda, la formación y desempeño de los docentes son factores decisivos en la motivación, aprendizajes y éxito académico de los estudiantes.

Los buenos docentes universitarios no se improvisan. Son profesionales que hacen de la enseñanza una ocupación fundamental en sus vidas. Están guiados por objetivos claros, una ética codificada y un compromiso personal genuino. Son personas profesionales con elevadas competencias, conocedoras profundas de su disciplina, interesadas en su actualización continua, poseedoras de métodos e instrumentos pedagógicos, curriculares y didácticos y un conocimiento global del mundo.

Esta condición profesional, en el pasado, no fue siempre exigida para ser profesor universitario. Bastaba con tener un título universitario mínimo de licenciatura y un declarado interés por enseñar. En efecto, algunos insignes profesores universitarios nunca pasaron por una preparación docente. La formación pedagógica fue establecida en las Escuelas Normales para los maestros de enseñanza primaria y, luego, en la universidades para los profesores de media.

Hace apenas unos cuantos años se inició la formación de docentes universitarios, y hoy es una exigencia en los procesos de acreditación institucional, en la mayor parte de los países de la región. Dos cambios pueden explicar el giro de esta perspectiva. El primero se deriva de un modelo de competencias que se asume en la educación superior, que demanda contar con un perfil de formación de sus graduados, más centrado en destrezas cognitivas, conocimientos y actitudes indispensables en las dimensiones laborales y ciudadanas, cuyos aprendizajes deben ser logrados y evidenciados. El segundo, se sustenta en los avances de las teorías contemporáneas del aprendizaje en el cerebro humano, que destacan más los procesos internos de construcción del conocimiento y menos la trasmisión y memorización mecánica de la información. Ambos cambios inducen a pensar que la docencia requiere profesionalizarse, de modo que los estudiantes puedan aprender y formarse integralmente, mediante un proceso pedagógico debidamente organizado por el profesor y sustentado en la institución universitaria.

La experiencia internacional muestra que la buena docencia universitaria es producto de una efectiva planificación, desarrollo y evaluación dentro de un horizonte de mediano y largo plazo. Diversos son los modelos utilizados que, en general, pasan por reconocer y reflexionar sobre las buenas prácticas y aquello que tienen en común los profesores exitosos que han dejado huellas en sus estudiantes. Todos estos docentes intentan influir de modo importante en el desarrollo intelectual y moral de sus alumnos. Les animan para que sean buenos estudiantes, logren éxito en sus estudios, adquieran disciplina de trabajo y tengan comportamientos responsables frente a sus compañeros. Logran que sus estudiantes sean creativos, integren diversas capacidades y consiguen resultados extraordinarios en sus aprendizajes. Es decir, los induce a pensar, actuar y sentir.

De estos profesores sobresalientes se puede rescatar que utilizan métodos y técnicas diversas y efectivas: clases expositivas y debates interesantes en el aula, desarrollo de los temas basados en casos y problemas, el uso de proyectos y de investigaciones. Son innovadores, se desenvuelven fuera de lo rutinario y convencional. Son verdaderos profesionales que conocen a fondo su materia. Han realizado estudios en profundidad en su especialidad (maestría, doctorado, postdoctorado), investigan, tienen publicaciones, están actualizados, se interesan en asistir a conferencias, también por conocer de otros temas vinculados o ajenos a su disciplina que le permiten adquirir una visión más amplia de la sociedad y de su profesión. Por eso se interesan en conocer los enfoques nuevos sobre los aprendizajes. Han desarrollado la capacidad de procesar, simplificar, organizar y razonar el conocimiento, para presentarlo de una manera que genere aprendizajes significativos en sus estudiantes. Reconocen que no basta con trasmitir el conocimiento para que el alumno aprenda, es importante usar métodos que permiten que éste construya su propio conocimiento.

Son cuidadosos en preparar sus clases. Buscan respuestas según el tamaño y características del grupo, los aprendizajes previos que tiene, los conocimiento nuevos por ofrecer, los métodos, recursos y medios que empleará, las lecturas que asignará, las evaluaciones que aplicará. Sus clases son espacios de aprendizaje. Allí se aprende a aprender resolviendo problemas, cuestionando hipótesis y paradigmas, analizando situaciones, debatiendo sobre ideas. Se apoyan en experiencias de sus estudiantes, no intentan saberlo todo, también cometen errores. Visto así, un desafío ambicioso de nuestras universidades es hacer de la docencia universitaria una auténtica profesión, en todo su cuerpo profesoral.

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